La trucha abre al cielo una boca de cristal
seminundada. Una garganta limita como fondo y, en las
paredes, los dientes son cementos brutos. ¡Chuach!,   
¡chuach!, ¡chuach!: los surcos de las agallas son
restos de flotas, testimonios de cucharetazos
repartidos con inclemencia.

Esa es ahora mi casa: un vaso de cristal abandonado
encima de un computador. Un vaso, una cárcel con
arrugas de calcio en las mediaslunas. Un vaso de
cristal con un agua inerte. El cielo de mi casa es un
techo desesperado. En el nuevo huerto ya no cantan
los pájaros ni chillan las libélulas. Se escuchan
voces; voces de gente que ruega un certificado, que
ajusta una fecha, que ha olviado un nombre.

En mi nueva casa me duele la frente a pesar de que no


hago otra cosa que mirar hacia abajo. Yo observo sus
manos pulsar teclas, limpiar lentes y arreglar, antes
de cada presencia, un pelo nocturnalmente brilloso.

Esta es ahora mi casa. Soy un adorno. Una rosa
condenada a quien todo el mundo observa pero a quien
nadie toma en serio. Soy ahora una rosa con una
función y un precio que dismuye cada minuto, según
vayan cayendo mis pétalos y se disparen de alegría
las nuevas flores con sus  fragancias y sus
libertades.

Soy una rosa que sirve. Soy un pretexto que se ha
vuelto muy poco interesante. Soy una rosa sin
importancia, pero también tuve mi historia.

No fuí, como otras, una rosa de invernadero. Mi madre
no visitó jamás un laboratorio y, según me cuenta el
cuervo que habita el sauce memorioso, la semilla de
mi padre fue transportada por un viento salvaje que
cruzó la montaña. Yo nací en la frontera del bosque:
gané mis colores junto al musgo, removió mi tierra la
pisada del lobo y fueron restos de alces, muertos en
legítima batalla, los abonos de mi crecimiento.

Me durmió el silencio del cisne y me despertó el
graznido de un ánade bajo encantamiento.

Yo soy ahora una rosa condenada. Pero fuí alguna vez
una flor libre y fuerte que resistía seguir el camino
más trillado de la encucijada. Era, hasta podría
decirse, una rosa feliz. Lo fuí hasta el día que
alguien se atrevió a decir que yo estaba sola, y
triste de estar sola, y brillante de estar sola, y
hermosa de estar sola. Y fue entonces que me buscaron
compañía entre once rosas más. La tristeza, igual que
el fracaso (en consecuencia la alegría y el éxito),
son estados de ánimo con valor comparativo, y eso se
puede inducir.

Me cortaron el cuello (este resto de cuello que ahora
mismo trata de no hundirse en la trucha de cristal) y
me llevaron  a un raro jardín de mármol, con grises
en el techo y luces en el suelo.

No me asustaba morir allí. Lejos quedaron mis manos,
lejos mi hogar, lejos todo lo que era yo. No me
asustaba morir, solo no haber hecho algo importante
para merecer la muerte. Mi angustia debió ser
tremenda, intenso el carmín de mis pétalos y difícil
mi mirada. Un hombre que pasaba por allí miró mis
fuentes, sonrió amablemente a mi compañía y saludó.
Yo creo que ese hombre me reconoció. Se reconoció.

Cuando me cargó hacia la mesa sentí el bosque sonar
entre sus dedos, el frío de la nieve en sus palabras
y un miedo enorme en su tanta precipitación. “Tres
dólares la rosa”, le impusieron. “Muy bien”, y me
llevó.

Lo que pasó después fue inexplicable. De sus manos
pasé a unas manos otras, y de ahí a un bolso negro
que chirriaba en la misma medida en que corría y
corría más. Y después a esta cárcel, a esta trucha de
vidrio que hace como que me devora y ni siquiera me
asusta.

Las manos segundas, creo que de mujer, esas manos que
me tomaron apenas por unos segundos abandonándome de
verguenza y miedo, han sido uno de los seres más
extraños que me tocaron en esta cárcel transparente.
Tanta calidez y tanto miedo, todo a la vez, es
muestra de una incipiente locura. O mejor, de una
irresponsabilidad; pero eso son cosas de mis
carceleros: yo, a pesar de todo, solo soy una flor.


Decía que yo soy ahora una rosa cualquiera, pero
también tuve mi historia. Yo soy una rosa bastante
ordinaria con un destino aterrador. No quiero que me
lloren, pero sí que me recuerden, me gustaría que
algún día la gente que ha marcado mi vida respete
tanta participación. Quiero que ellos, intrusos
protagonistas de vida, sean capaces de recordar: yo
soy el viento que la trajo; yo, la bestia que le dio
de comer; yo el llanto que la despertó; yo soy el
campesino que le cortó el cuello; yo, el hombre que
la compró, nosotras las manos que la traicionamos y
yo la secretaria que la recogió.

Si me recuerdan así cada uno de ustedes, cada cual de
los señores que determinaron sobre  la vida mía,
podría ser todavía una rosa sin importancia, sin
demasiada importancia pero, en cierta medida, una
rosa feliz.

Emilio Ichikawa.
Mayo-2004.