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Exceso de confianza..


       
           La historia existe cuando crees en ella;
                  no cuando demuestras que es verdad.

                                         Edgar Quelonius.
                    
                  

                                                        I.

Cuando el estudioso Roger Avila trabajaba en el Centro de Promoción Cultural Alejo Carpentier,
ubicado en una casa blanquiazul de La Habana Vieja, junto a la Bodeguita del Medio, solía
visitarle con cierta frecuencia para disfrutar su conversación y cargar con algunos libros. Roger,
siguiendo un conocido estilo, gustaba citar volúmenes rarísimos como si fueran obligaciones de
oficio: No se puede entender la cultura afrocubana de la región central de Matanzas si no se ha
leído el manuscrito de Kwanda Nñánda… en su original Bantú, aseguró un día. Eran
provocaciones amables y, al menos para mí, muy estimulantes.

En una de esas ocasiones conocí a la Señora Lilia Esteban, ya por entonces “viuda de
Carpentier”, quien se refería a la necesidad de aligerar un poco la imagen que se había creado
del escritor como una persona solemne, atrapado entre la historia y la revolución, entre las tareas
burocráticas y las intenciones políticas. Alejo tenía un gran sentido del humor, aseguró la Señora
con resolución; aunque la gente no le creyó mucho.

Mas era cierto. Al menos a mí me hizo reír bastante. Un día me entregaron un vídeo que contenía
algunas de sus charlas informales. Tremendo. En una de ellas hacía la historia de un misionero
asignado a algún paraje del monte Americano. Un trabajador del espíritu tan persuasivo que había
convertido al cristianismo, en un par de días, a la primea tribu de indios que se encontró.

Los buenos salvajes estaban entusiasmados con el relato de la creación, la divina concepción, la
traición de Judas, la crucifixión… tan positivo era el ambiente que al iluminista le dió una suerte
de ataque de seguridad en sí mismo y, para rematar con la clásica guinda mostró una imagen del
paraíso donde aparecían Adán y Eva junto a una serpiente que apretaba en su boca la tentadora
manzana.

Fue entonces cuando uno de los conversos objetó:

-Mire amigo, hasta ahora le habíamos creído todo lo que nos había dicho. Le aceptamos eso del
Señor Cristo en la cruz, su tragedia en el cantero de Getsemaní y hasta lo del tremendo agucero.
Pero ahora, después de mostrarnos esa gente con el bicho, ya sabemos que usted dice mentira.

-?De mostrarles qué?.

-Pues eso, eso que tiene en las manos; las dos gentes con esa cosa que se enrosca en la mata
con la boca abierta.

-?Y qué tiene de malo?.

-Pues que el que miente una vez miente varias. !Y nadie ha visto nunca a un majá comiendo
mango…!

                                        
                                         II.

Ayer necesité un taxi para irme al aeropuerto de Fort Lauderdale, donde vuela Jet Blue, mi
aerolínea favorita para viajar a New York. Por alguna razón no llega a Miami.

Mi prima, especialista en Comparative Difamation (no habla mal de nadie si previamente no ha
estudiado la cantidad de basura que se habló de ella), me recomendó a un vecino suyo que hacía
viajes muy baratos al centro de La Florida. Tiene un Dodge muy confortable con música de bajo
perfil. Además, es amable y puntual. La sugerencia  parecía inobjetable. Pero tiene un problemita;
digamos que un atributo: es un poco fantasioso. Mitómano. Mentirosito, vaya. Como dije, parecía
inobjetable la recomendación; después de esto, ya no tanto.

Pero no me importaba alquilar al tipo y soportar algunas parrafadas audaces. Además, mi prima
me aseguró que hablaría con él para advertirle sobre el mal carácter de su pasajero.

Salimos a las 11 en punto de la mañana de Cuttler Ridge y nos encaramamos en el Turnpike por
la 9. Había pasado la hora del tranque, del tapón boricua, del rush hour, por lo que planificamos
una calmada y segura travesía de unos cincuenta minutos hasta el condado de Broward.

Superamos los dos primeros Sunpass en una armonía que tenía al silencio como fundamento; y
no fue hasta que nos metimos en las caracolescas supervías del Downtown cuando me dijo sus
primeras palabras. Se inauguraba así una charla aparentemente normal que terminaría con mi
lanzamiento hacia una de las cunetas del expressway.

-Bueno, así que a New York… New York… a mí me gusta mucho esa ciudad; no he vuelto desde
hace unos seis años porque con esto de la enfermedad…

-?Enfermo Ud.? Pues se le ve muy bien.

-No se trata de una enfermedad exactamente, es que me tengo que operar.

-Ah…

-De las amígdalas. Ya sabe, es muy doloroso.

-Dicen que es una operación difícil. Y bastante cara.
-Sí, así es, pero a mí me va a salir muy barata.

-Imagino, le cubre el Medicaid, ?verdad?.

-Bueno, tengo seguro, pero no es por eso que me saldrá barata. No.

“No”. La negación en ese momento del diálogo significaba algo así como “pregúntame una cosa
más y te haré la gran revelación”. Un recurso ordinario. Yo lo había utilizado varias veces en la
semana. Así que decidí no dilatar más la improvisada charla.

-?No? Entonces, ?por qué?.

-Es que me voy a operar yo mismo.

-?Ud. mismo? !?de amigdalitis?!.
-Sí.

Aquello era demasiado. Me había preparado bastante tras la advertencia, pero no esperaba que
el vicio de mentir llegaría tan lejos. No sabía que hacer, pensé desmentirle descaradamente,
había escuchado que una buena terapia de choque funcionaba en algunas mitomanías; pero igual
sabía que en otros el desenmascaramiento puede provocar una destrucción sucesiva, la violencia
y hasta el suicidio colectivo. Opté, como Sancho en la ínsula, por la solución más moderada y
proseguí el diálogo.

-De amigdalitis… Ud. mismo… sí, entiendo que será una intervención muy barata.

-Y segura, muy segura.

-?Si? ?Segura? Sí, sí, imagino que segura también.

-Por supuesto, esta va a ser la tercera. Precisamente la semana pasada me acabo extraer el
apéndice.

-Pues tiene que cuidarse, yo a lo que más he llegado es a curarme una herida que tebgo aquí en
el brazo.

-En el brazo derecho, ?verdad?.

-Sí, ?cómo lo sabía?.

-Es que soy un experto en amputaciones, tuve que cortarme uno de los míos cuando era chico.
Por eso manejo con una sola mano.

Y no aguanté más, me tiré del taxi hacia la zanja que bordea la vía sin importarme el viaje en Jet
Blue ni mi propia vida. Sobreviví por milagro. A pesar de todo, no voy a decir nada de lo
sucedido; el hombre tiene que vivir y, además, yo fuí el culpable de toda esta situación por no
parar el insólito entusiasmo del narrador.

Emilio Ichikawa.
Junio-2004.