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El angel de plomo.

Ayer he tirado el angel a la basura.

El exilio, el estar aquí, no es solo cuestión de recordar: es también asunto de ir dejando (I`m leaving). Tras la primera
partida, uno ya no acaba de irse jamás. “No voy a irme del periódico, ya estoy cansado de dejar, es mejor esperar a que me
echen.” Pero esta es solo una filosofía posible, ajena a quien ha emprendido el camino. Y entonces uno redacta una nota y
la tira al vacío del entendimiento del nuevo funcionario. Y vuelve a irse.

Se va dejando cualquier cosa, esto y aquello. Todo.

Ella encontró el angel de plomo en Saint John The Divine. Un angel en oferta: “!Compre este angel, el más barato y sentido
de cuantos pueda hallar!”. Venía envuelto en papel fino. Preso en una caja de cartón. Ví a mi angel por primera vez en un
restaurante vietnamita de la calle 60 en NYC; emergió entre olores de coco y desatinos de comida internacional. Muy cerca
del develado la Columbia University anunciaba una facultad de medicina estética. Muy esperanzador esto de que el arte
entre al campus del brazo de la enfermedad. La cara del angel no era hermosa pero era sana: sin ojos ni boca ni nariz;
ergo: sin mirada, sin palabras, sin gripe.

Desde ese instante adquirió licencia para acompañarme en honrosas tareas: a cortar una cinta amarilla con la que la
policía acordonaba un crimen (un regalo para un amigo); a revisar “8 millas de libros” donde no se encuentra una nueva
verdad; a vigilar el viaje en tren a la isla larga; en el regreso a la ciudad del doble sur donde siempre estuve. Una ciudad tan
al sur que Hialeah le queda al norte.

Ayer lo he tirado a la basura. Al angel, quiero decir. Lo he lanzado después de torcerle sus piecesitos grises; bases suaves
que cedían con obediencia a cada olvido de mis manos.

Un rollo de plomo y cristal ha comenzado su viaje a la gran pirámide del condado.

Me siento menos bueno pero más ligero. Hay entre los recursos de la mesa más soledad, pero menos mentira.

EI-julio2005.