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Tornado.
La tristeza es un machete tibio.
Primero es como una piel. Un frío convicente. Y un silencio.
Sin el silencio no habría el trote de caballos que carga sobre los bohíos ingenuos. Pisadas torrenciales, un río que adviene lleno de deseos. Un afluente que atrapa. Un beso que envuelve a las criaturas fundantes y persuade a los frutos para alistarse en el viaje.
Y no es el sol es mi mirada. Y no es al cielo es mi pecho. Y no es el volcán soy yo mismo.
La primera contracción de un suspiro del cielo: ese es el tornado. La aspiración. La furia que cae sobre las mentiras del mundo. Sobre todo las blancas, que son mentiras sin categoría; falsedades sin seriedad, alejadas de la vida y de la muerte. Prefiero la muerte que me da el angel natural que la herida leve del pájaro que susurra sin atreverse a gritar. Adoro más este corazón expectante y roto que el consuelo del angel part time que come y procrea en cautiverio.
El telón se detiene unas decenas de metros encima del horizonte. Y una lágrima nubosa afila su más pesada espuma. Será un puñal, después una lanza, un punzón descontento rectificando el paisaje.
Danza en redondo. Se contonea al ritmo de un deseo antes encargado a vírgenes playeras, sudadas ya encima de los tabloncillos. Una rosa duerme sobre la cadera izquierda. Entre la mano y el ritmo hay un deseo enjaulado. Y el torbellino avanza disputándole a la tierra cada memoria.
Se fugan, primero, los olores. El mar plomizo carga contra la guayaba
El tornado se agacha, frota los tobillos considerando la falta de humedad que los haría invencibles. Tira el cable a la estrella y, en esta tarde sin ángeles, se ahorca de revés. El tornado soy yo. Llevo en el pecho un agua sólida que me impide respirar; la fiebre anda disparada, estoy tan caliente que los vientos que vomité me suben. Me alcanzan el mundo, sus zonas.
Recojo en redondo, todo en Redondo, el manojo de olores del Callejón de los Perros. Calzada, alameda llena de rabias. De colmillos: cuartos de lunas que acarician las babas.
Al tornado me entran los olores de entonces. Al remolino me entra la nube de fruta que certifica que la prima Mirella ejerce el derecho a la simple fórmula de los postres cubanos: frutas hirviendo en agua con azúcar. Y tal vez una cascarita de canela. Esta vez de nuevo la guayaba, no la almendra. Detrás de ella corre el jazmín que el novio de mi prima confunde con una variante de alcanfor. Así dice él, para evitar la delicadeza de remitirse a una flor.
Al lado del recuerdo pasa Purucho quien discute con el tío Alberto cuál era la talla del pez en fuga. Y señala la locomotora que huele a caña, a medialuna azucarada, a cristalina de almíbar. Caña y carbón rompen un cuero en la casa de al lado. Y Manengue señala el olor del café: “Ahí va, ningún grano lo opaca. Resuma madrugada entre los carbones. El olor es lo más rico. Molerlo trae dinero. Y mala suerte.”
Y me chupo el olor a cerdo, a sancocho espumeante; generalmente malsano. El tornado me tiño los ojos, me pongo la máscara para robarme la fuerza de los jardines. Dice Alberto que el que pasó por Catalina de Guines grabó sobre el asfalto las iniciales de su peor enemigo y regaló biajacas de Mampostón desde Zaragoza hasta Madruga.
Me llevo la ingenuidad, la gracia. Me llevo el ingrediente fundamental de aquella muchacha: el brillo de sus ojos. Sabe que no es merecido ser feliz con un viento tan fuerte. Y para ayudarle el tornado le hurto la niñez y le confieso que se terminó la espera. Yo cuelgo esta tarde de los pies. Soy todo soplidos, un viento solitario que se asfixia. Soy un volcán de espumas con el cráter invertido. Un túnel de lava que atrae el mundo allá abajo.
Mezclados vienen el mango y el aguacate denso; el jiquí y el bejuco; la ciencia y el duende; el hueco y el amor; la distancia y la lealtad; el dolor; el miedo; el cansancio de un soplo a la inversa.
Un tornado sobre una ola es una paloma sin noticia; un orificio en la penca por el que entra otra vez la desconfianza. Si yo pudiera creer mandaría todo esto de regreso. Unos ojos color de lo que arde, unos labios amasados con el corazón de una fruta, una seguridad capaz de arder desde el propio instante en que la pala le rescata y unos labios formados con el dulce corazón de un lunes.
El tornado estoy aquí. Tragando bocabajo. Ahorcado. Las nubes son látigos que zanjan las mandarinas de la Tía Mhoto; correas que abusan del zún-zún y las abejas de Mariana. La sangre me viene a la cabeza y casi pierdo el chance de huir. El tornado se deshace, la respiración se acorta. Si soy capaz de dar un giro al revés, les devuelvo toda la simiente en mi ráfaga.
Emilio Ichikawa. Julio-2004.
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