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Sin temor a Virginia Wolff.

                                        The  poet will die.
                                        The visionary.

O este pueblo ignoto, o la muerte. O este vientre de avispa, amarillo y negro, o la muerte. O este
Londres veloz, de Támesis laborioso, o la muerte. O La Habana con su fétido Almendares, o la
muerte.

La muerte. La muerte. La muerte.

El mar, el río, el canal. El agua mansa o el espacio de fondo limitado. La esquina  maquillada de
grasa y petróleo. El techo del auto malogrando el descenso.

La muerte es el pastel del marido eterno. La falta de palabra, no el silencio. Es la soledad.

La muerte aceptada y gozada en cada rincón limpio de la sala, en la vajilla lustrosa, en el olor a  
ropa lavada. La muerte disimulada en el pastel azul de su cumpleños. Los hijos soplan las
llamitas, quizás los cirios, mientras busco servilletas para recoger el merengue. Meryl se sienta al
borde de la cama y me suplica: “No vayas. No aguantes más.” Le beso la frente y saco del
bolsillo el metro de encaje que le prometí.

La cortina, ayer, dejó de ser blanca. Hoy es gris y juega con la luz de mis ojos. “Espérenme.
Ahora regreso.” La muerte con su lazo. “La cinta la compré ayer en la tienda de la esquina. Las
gafas de sol, en el aeropuerto. Gasté todo el dinero que exige un buen cumpleaños.”

Cristales ahumados para ti y para ti. Tú y tú. El y ella. Ustedes. No pueden mirar el sol de frente.

La muerte en forma de amor a la estrella distante. La muerte como un flujo intermitente, un beso
interrumpido que promete un tiempo que acaso vendrá. La luz de la estrella se cansa y se
duerme en tus brazos. Un letargo que es muerte veloz; una muerte de cientos de miles de
kilómetros por segundo.

Sentado en la frontera de su nido, de mañana en mañana, el amigo solía leer los dictados del
sueño. Veía sin esfuerzo esta inmensa soledad. Y yo la escribía. Yo alertaba en libros inútiles que
fueron leídos años, décadas, siglos después de tanta muerte. Y esa soledad contada en trazos
de dolor, no pudo evitar la otra soledad, las otras soledades de los años, las décadas y los siglos
por venir.

La prima besa a la prima. El sobrino se entrega al tío. El perro al perro y la perra a la otra perra.

Y Virginia se tira en el sillón tan como siempre. Sola. Tan muerta como siempre. Muerta de
siempre y de jamás. Su mejor aliado le pregunta: ¿pasa algo? Ella se sonríe.

Y ella le sonríe.

El aire está fresco. El remolino del río se torna cariñoso. Las olas susurran un “te amo” y un pez  
salta en el canal mientras por el dique se filtra el agua que exigen los nuevos retoños.

Abajo, sobre el limo, una cuerda femoral le llora a su pierna. En un segundo se cumplirá la
profecía:

The poet will die. The visionary.