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La señora paradójica.

              “solo aquello de que carecía le gustaba…”
                            (Maupassant. El collar).

                                        I.
De la novela El paseante cándido (La Habana, 2001), de Jorge Angel Pérez, no debe ser el
sentido del humor lo último que se elogie. Hay en ella, no en abundancia sino en excelencia,
gestos de hilaridad que alcanzan lo irónico aleccionador; la inteligencia de un lance de Wilde o
Shaw sin afectar gravedad. La ocurrencia de un Behemaras, pero con más altura.

Hay quien me ha dicho (no quiero discutir esto ahora) que la vida en pareja puede describirse con
una sola palabra: guerra. En la contienda, y otra vez según este informante, hay dos motivos
fundamentales:   

a-El dinero.

b-El prestigio.

A su vez, la batalla por el prestigio se libra en un doble frente:

a-El social.

b-El intelectual.

Puede resultar utópico, pero albergo la más genuina esperanza de que nadie objete: ?pero es
que acaso lo intelectual no es también social, y viceversa?. La diferencia es tan obvia, que es
casi imposible establecer.

En El paseante cándido, donde los personajes desfilan con mucho interés y demasiada
velocidad, Jorge Angel presenta (de manera subordinada) el matrimonio formado entre Carmen
(Rodríguez Castellanos) y  Sigifredo, que padeció una tensión del segundo tipo en su variante
intelectual.

Ella es una bailarina. El, un falso cantor que llegó a adquirir ciertos bienes, incluída una casa con
escalera de mármol italiano que le daba sentido a su existencia; o “poder”, para retomar un
término gastado pero elocuente.

La relación, ocasionalmente nivelada, dio un bandazo cuando el American Ballet Theatre invitó a
Carmen al Metropolitan de New York a bailar Giselle. Saltó, voló, flotó sobre el escenario de
manera tan convincente que junto a las nuevas invitaciones recibió un hermoso diamante como
regalo. Hubiera sido una noche de éxito, dura para el marido celoso pero igual de soportable.
Apenas eso. Solamente aquello. Pero a Carmen se le ocurrió establecer una comparación
demoledora para Sigifrido: el diamante, que era una porción de una noche de trabajo en New
York, valía más que su dichosa escalera de toda una vida.

Carmen, muy bien lo sabía su marido, era incontenible ante el chocolate. Sobre esa adicción se
maquinó la venganza. Cada noche, en la mesa aledaña a la almohada de la bailarina, Sigifrido
dejaba una caja de seductores chocolates; dulces que ella tragaba sin piedad hasta lograr
aumentar unos seis kilos. Quizás más. Lo cierto es que el día de la nueva presentación, mientras
trataba de encaramarse encima de su partenaire, se sonó un pedo tan descomunal que la llevó a
una silla de ruedas.

Mas logró cierta compensación: hubo que convertir la escalera de Sigifredo en un liso plano que
permitiera a Carmen bajar a las comidas después de recibir el impulso de un par de perros.

                                                        II.

No sé qué hilo narrativo inicia esta historia, pero lo cierto es que inmediatamente después de leer
la versión original de estos “hechos” en la novela de Jorge Angel Pérez, un amigo me contó un
singular asesinato que tuvo lugar en Oaxaca a mediados de los años `80.

Resulta que, cansado del entrometimiento de la suegra en su matrimonio, un imaginativo esposo
decidió matarla por malnutrición. Así, cada lunes, le ofrecía dos o tres kilos de carne de cerdo,
bien salada y grasienta, envuelta en unas tortillas amasadas con no sé qué nitrato. Comida que le
repetía viernes y sábado.

Pero la vieja rebosaba alegría y, por si fuera poco, hasta bajaba de peso con razonable ritmo.

Optó entonces por ponerle el domingo unos chicharrones de pollo repletos de hormonas y hasta
con algunas plumas, junto a media docena de huevos fritos en manteca sobresaturada. Sin
embargo, esto no hizo sino mejorarle el ánimo a la vieja y perfilarle las nalgas y las caderas como
si hubiera regresado a los veinte.

Fue entonces que recurrió a un veneno extremo: tamales con aguacate a las tres de la
madrugada, leche fría con Tabasco y, de postre, torrejas refritas con grasa de pelo. Eso, cada
martes y miércoles. Y a la señora, que casi había sido vieja, le empezó a brillar el cabello y sus
canas desaparecieron.

Según mi amigo, el malintencionado esposo se deprimió tanto que cayó en un estado de
culpabilidad bajo el que le confesó sus intenciones a la suegra. Mientras, prometió  que a partir
de ese momento le ofrecería la comida más delicada que manteles de hilo han visto: caviar de los
Urales, fibras de aves del paraíso, cresta de fénix, vapor de vírgenes, elíxires de amazonas, rape
en salsa verde y uno que otro faisán de la India.

La calidad de estos selectos manjares contrastaba con la cantidad en que eran servidos;
fracciones de gramos, onzas, milímetros de grosor. La suegra debió poner una cara parecida a la
que el angel de Temuco y la princesa de Galaxy pusieron el día que se enfrentaron en el Calle 8
Restaurant, en medio de Manhattan, a unos párpados de tuna fish y a un microscópico tamal con
ropa vieja.
Pero a veces el resultado es paradójico comparado con los intereses previstos en la acción.
Resulta que, al ver tan poca comida en su mesa, a la rejuvenecida señora le empezó a llegar una
tristeza “muy mala”. La angustia del bocado que se ausenta, la posibilidad del hambre, o no se
sabe qué sombra la llevaron a un marasmo que la liquidó en un par de semanas.

“La mató de buen gusto”, concluyó mi amigo mientras arrimaba su auto a la acera.

Emilio Ichikawa.
Junio-2004.