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La Bestia.

Los cráteres que le faltan a la luna tienen la intensidad de manchas; de algún derramamiento sombrío que,
sin embargo, refleja pesares mayores. Las máculas que se fugaron de la luna están cinceladas en sus
pómulos.  Tiene, para ser piel, un color demasiado irregular esa epidermis suya. Perdonable en el plumaje
de los pájaros, en las escamas de algún pez australiano, pero inaceptable en lo que debe responder, por
lo menos, a  dos criterios aduanales básicos: blaco o negro.

La Bestia corre de un lado a otro. Logra hacer las cosas a la tercera o cuarta pretensión. A veces se
desmaya de intento. Gasta tres pasos en dar un paso, piensa ocho veces una multiplicación por la unidad
antes de repetir el número persistente.

Ayer la llevaba por el cuello a tomar un helado de frambuesas cuando una niña se quedó espantada. “No
hace nada”, le dije, “Si hasta supo traducir `apio` al inglés, como no lo hizo ninguno de sus amigos. “A ver,
a ver… a… ver… ?Cierto? La bestia no hace nada”. “!!!Saluda a la niña!!!” “Buenas tardes, niñita”.

La Bestia me recuerda aquellos días en que alguna tía me hacía acompañarle a la peluquería donde se
arreglaba las uñas. La Bestia huele a la acetona que deshace la vanidad de las manos: gloria digital de la
mujer de barrio. Se baña, en efecto, pero lleva el ácido acoplado a sus entrañas. Cuando le dicen su
nombre la Bestia se asusta, se aterroriza de respeto. No concibe el cariño de nadie sino la compasión de
una sola persona.

Emilio Ichikawa.
Abril-2005.