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Cuando los kubiches asustaron al KKK.
Algunos entusiastas de la hazaña la calificaron como “primera derrota del imperialismo norteamericano en Norteamérica”, pero no sé si el evento alcance la altura del honor. Hay que reconocer que Pepe, que había sido miliciano en Playa Girón, tuvo la modestia de dudar del título.
-Para mí sería un exceso. La verdad que no puedo decir que haya sido muy afortunado en esta vida, por eso tantas victorias me resultan sospechosas. Así que yo, el Pepe de Manicaragua, primero vence a un dictador que le había ganado por plantilla a los alemanes, los japoneses y los italianos; después, maneja la antiaérea en la primera derrota del imperialismo yanqui en América Latina; luego derrota al imperialismo en Africa sin ayuda soviética y por último protagoniza su derrota doméstica. !Que va!, ni yo mismo me lo creo. Además, esos gringos siguen ahí, mandando como si nada.
Pero a la par que decía esto, a Pepe se le notaba el raro orgullo del que vence como visitador. Que el KKK corrió delante de la legión kubishe pudo ser una equivocación, pero es también un hecho.
-“Vieja, agarra aquí…” le dijo Pepe a su esposa la tarde del triunfo.
Había llegado a los Estados Unidos hacia 1980, y su primer sueño perdido fue la expulsión del Orange Bowl de Miami, el parque verdinaranja que sirvió de sede a Kennedy y a los Dolphins. Pepe andaba con su novia, una mulata fibrosa y brillante que le metía salud a la asepsia; por lo que no podía demostrar un desvalimiento suficiente como para quedarse en esa suerte de patria alternativa que, para los cubanos, significa el sur de La Florida.
Fue enviado a Fort Chaffee, Arkansas, donde gobernaba la persona que más ha influído en los destinos cubanos. Después de Dios. En las barracas del fuerte los acompañaban unas parejas con igual mala suerte, además de unos cuantos centenares de vehementes que habían sacado de sus celdas, salas y talleres para ponerlos a navegar rumbo norte.
Tras un par de semanas de hamburguesas y pollo, acompañados de pan fresco y puré artificial, el hambre se convirtió en apetito y la necesidad en ambición. Hay gente que nace para nada y monta su venganza en unas papas fritas de más. “Me la debías desde Cuba cabrón”, dijo aquel tipo de piel empercudida mientras lanzaba su hartura a la cara de su enemigo. El chorro de mostaza corrió de vuelta opacando unos ojos hasta ese instante en vilo.
Esa fue la gloriosa acción que dió origen a los titulares que yacen hoy en archivos. Anuncios, contrapropaganda, alardes y fugas de unos cubanos que, se desmostró, estaban más hartos de sí mismos que de Castro.Y no se quisieron los de la barraca 4 y los de la 9-A; ni los que tenían mujer y tía soportaron a los solteros; ni los rebeldes a los pacíficos; ni los unos a los otros; ni aquellos a esos.
El diferendo de origen gastronómico ascendió a nivel de batalla cuando se pasó a la fase verbal. Y se armó la gorda apocalíptica cuando alguien amenazó con que todo aquello se iba a saber en La Habana. Fueron días enteros de gritos y fragor físico, de un neviosismo impúdico que pasaba la televisión de costa a costo, de borde a carestía.
Algo muy tenso se estaba gestando, el desierto tenía el polvo tan estirado, que estaba por abrirse un abismo entre los granos. Una inmensa guardia puertorriqueña se plantó a la entrada del Fuerte mientras anunciaba sus propósitos en dos idiomas: Pace & Paz. No Pace sin Pace. Muéstrelo al entrar.
La gente de los pueblos cercanos al Fuerte, incómodas ante el despliegue publicitario, empezaron a considerar los escándalos de los concentrados como un desprestigio. Hubo oraciones dominicales por la paz, un intento de crear una Fundación por el Sociego del Advenimento Cubano, un incipiente movimiento académico para concebir los eventos y una reunión urgente del Klan.
Unas tres decenas de estos, los más convencidos o los más extremistas, según se quiera, abordaron sus camiones rumbo al Fuerte. Iban con su escalofriante atuendo: bata blanca y capucha pálida. Se detuvieron en la entrada consiguiendo mostrar su desprecio y no llegaron a más gracias a la persuación de la barrera bilingue.
Entre tanto, la presencia del Klan se lograba traducir de manera confusa al interior del Fuerte: “Allá afuera está el KKK que vino a lincharnos”. Se acabó la discusión. Centenares, algunos dicen que un par de miles de isleños se armaron con bates y rastrillos de los campos deportivos, con latas de las máquinas, cucharones, platos y tenedores del comedor y bajaron como una desaliñada pero dispuesta legión en busca de los Kukus.
En medio del corre corre se escuchó una frase histórica:
-!Vieja, agarra aquí que llegó el KKK!.
Pepe entregaba a su amor, prensada entre los dedos del medio y pulgar (el índice hacia arriba, con mucho orgullo), su dentadura postiza para que no fuera dañada en la batalla.
Los Kukus se asustaron tanto que montaron en sus carros y se retiraron al pueblo donde, se dice, comenzaron a recolectar armas y voluntarios. Hasta el mismo borde del pueblo llegó la legión kubishe.
Solo un personaje, que después tendría relevancia mundial, pudo convencer a los amotinados para que se retiraran a su base.
Los bates, cucharones y demás implementos volvieron a su sitio. Pepe recuperó su dentadura. Entre los concentrados, después de recapacitar la proeza, se aliviaron muchas de las asperezas de entonces.
Ese fué un día glorioso para la historia épica cubana. Los pormenores están en los archivos. Quizás algún día la verdad pueda conocerse.
Emilio Ichikawa. Junio-2004.
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