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El efecto Ricardo.

Ricardo Rivero Castillo: Kike, como alias. O “El Kike”, cuando alguna de sus travesuras obligaba a las tías a poner el
artículo para tomar distancia. Distancia que, sin embargo, jamás alcanzaba para convertirle en un “amigote” o
“machango”, palabras con que la familia designaba a la mala “juntera”. Kike siempre sabía guardar, incluso en sus
peores temporadas, un ingrediente de ternura que atraía a la gente. Tenía un ángel muy especial, el ángel de la
ingenuidad, que le permitió hacer, en sentido general, lo que le dio la gana. Por eso a la gente le disgustó tanto
aquel castigo que le dieron.  

Kike es mi primo. O no lo es, porque no compartimos una consanguinidad. Es primo de mis primos: de Nélida y
José Leonardo, Pepito, el Pachucho. Pero entre Kike y yo siempre hubo una amistad especial. Un día nos fajamos a
pedradas a dos bandos: Pepito y yo acuartelados en el portal de su casa; Kike y Landy, a quien también le dijeron
“Negrada”, atrincherados en casa del abuelo Alipio, o del tío Ito, como se le dijo después.

Yo juro que lanzaba las piedras que recogíamos del gallinero de Nena y Rolando casi sin mirar, hacia la terraza de
Ito; pero siempre rogando a Dios: “Padre mío, haz que esta le rompa la cabeza a uno de los dos, preferiblemente a
Landy. A Landy, a Kike no.” Pepito tiraba los proyectiles al azar, porque ese sí no tiene compasión con nadie. Más
que un Lechón ese es un Jabalí.Unos meses antes de la batalla el buena perla del Pachucho se había rajado una
mano despedazando la puerta del baño, en el que la Nélida se había demorado demasiado; pero el tipo tiraba duro.


Kike y yo teníamos secretos que ni  Negrada ni el Pachucho conocían. Hicimos un viaje en motocicleta a
Manicaragua, con escala en Perico, que hasta al mismo Guevara le hubiera dado pavor. Pescábamos,
conversábamos y creo que hasta nos robamos alguna cosa una vez. Pero esto me da un poco de vergüenza, así que
me lo callo.

Kike se apareció un día en casa de tío Ito montado en una yegua para informar que había dejado la escuela. Tuvo
que cabalgar unas cuantas veces más, pues la familia siempre trataba de regresarlo. Nidia e Israel, su madre y su
compañero, insistían en que continuara en la escuela. Mirado desde ahora uno comprende que aquellos fueron
esfuerzos inútiles, y no porque a Kike no le gustara estudiar (que no le gustaba), sino porque eso de usar uniforme y
cumplir con órdenes y horarios tontos no estaba en su naturaleza. Kike es un espíritu libre, un soñador, tiene algo
como de nube entregada al heliotropo.

Esa resistencia a estudiar sabía compensarla con una suerte de amistad y sana admiración a un primo que no salía
de sus libros. Kike sabía compartir cosas de nuestra farándula intelectual a veces hasta con una pasión
desmesurada. Pepito me contaba que tras sus viajes a la Universidad de La Habana, a donde iba a visitarme, Kike
se encerraba peligrosamente en casa del tío Ito donde consumía, durante una semana completa, cubetas repletas
de té negro que enviaban los soviéticos con la compañía de un casette de Silvio Rodríguez que sonaba las 24 horas
del día. Como el té era cosa de intelectuales, pues a mares de té salvaba Kike su desgano por la escuela.

Con el tiempo llegué a ser profesor de la Universidad de La Habana. De esa etapa recuerdo una de las más grandes
osadías intelectuales de Kike. Yo estaba dando clases en el aula 4 de la Facultad de Filosofía e Historia. Una clase
pesada, de esas de la tarde. Me pongo de tan mala suerte que a los 5 minutos entra una señora encargada de
hacerme un control. Llega ella muy segura de sí misma y se sienta al fondo. No me había repuesto de esta sorpresa
cuando veo entrar también a un tipo de porte intelectual, con una maletica y un sombrero muy raro en términos
habaneros. Llega con descaro y se sienta justo detrás de la señora. Por supuesto, el tipo aquel era Kike. El Kike.
Se la pasó toda la clase tomando notas y haciendo algunas consultas con la otra visita.

Dí gracias a Dios cuando llegó el fnal de la clase. Esos 10 minutos de relajamiento donde uno recomienda alguna
bibliografía y hace una obligada e insensata pregunta: “Bueno, ¿algún otro comentario?.” Esperaba, claro está, que
no hubiera alguno. Esa abstención forma parte de una ética de solidaridad no escrita entre los estudiantes y su
profesor cuando hay sapos en la clase. Así que me disponía a guardar mis notas cuando veo que una mano se
levanta pidiendo permiso para hacer un comentario. Era la mano de Kike. Un El Kike que se puso a disgregar sobre
la necesidad de estudiar arte y literatura si de verdad se quiere aprender filosofía de cara a los nuevos tiempos.

Casi me desmayo cuando la señora que revisó mi clase me dijo, después de una evaluación muy satisfactoria: “Ah,
y muy buena la idea de invitar al guitarrista de Silvio Rodríguez a la clase, para la revolución el arte y la ideología
están muy ligados.  Excelente la intervención del maestro Ricardo”

Con Kike toda relación era muy libre. Le gustaba a la gente. Es cierto que a veces trataba de agradar con
intencionalidad, pero en lo fundamental esto se le daba espontáneamente. Hacía el mono caminando, manejando
bicicleta o aquella inmortal CZ que los checos habían enviado a sus hermanos cubanos. Cuenta Uva, otro de los
tipos fuera de serie del pueblo, que en la curva del Saracho, ¿o era en los mangos?, un grupo como de ocho
personas le hizo señas a Kike para que los llevara a la playa de Baracoa en la CZ.Una broma, porque el mismo Kike
ya llevaba a alguien en el asiento trasero. Pues de eso nada, Kike paró, los montó a los 8 y llegaron como pudieron
a Las Delicias, la primera estación marina.

Kike era jugador principal entre los participantes de la competencia de comilones que se hacía en el Círculo Social
de Bauta o en el techo de la cafetería de la Playita Habana, Baracoa. Devoraba lo que hubiera, desde un quintal de
gaceñiga a un hectolitro de yogurt. Un día le arrancó de un mordisco la cabeza a una gallina en el parque del pueblo
para ganar una apuesta. Kike se jactaba del triunfo mientras la sangre... Ya saben.

Una vez se zampó 123 marquesitas en “La Sociedad” ayudado con tres litros de agua. Media Universidad había ido a
verlo. Y se reía ganador momentos antes de que Landy defendiera a Martica por haber sido ofendida por un líquido
perverso mientras Irakere tocaba Bacalao con Pan. Martha y su hermana habían dejado el lugar a toda carrera, sin
saber que el descalabro que se veía a una cuadra de distancia había sido por su causa. Ese día, hay que
reconocerlo, Landy se lució; repartió golpes a las dos manos, sin recibir ni uno. La única noche, además de aquella
en que rodó por el asfalto raspándose la vida, en que pudo ser más famoso que su hermano. (Sé que no he sido
justo con Landy, famoso un tiempo por la belleza de las novias que tuvo; pero esta no es su historia. Se la debo).


Con Kike íbamos a la presa a pescar biajacas, a la Laguna del Gato a tirar con escopetas, a la playa en madrugadas
donde se escondía en la arena como una caguama. Kike vivía como quien está en su verdadero elemento. Hasta
donde conozco, ha sido el único que discutió su derecho a ir a Angola renegando de una legítima baja médica. Era
tan espontáneo, que para él la guerra pudo haber sido como un juego; y le armó un escándalo a Nidia en una tienda
porque pensaba que estaba conspirando con un médico para que lo invalidaran de la tropa.

En sus delirios, Kike soñaba con ser el chofer de un alto cargo militar para tener a su disposición un Alfa Romeo
color vino al que pudiera instalar dos largas antenas. Ellas serían encajadas en la parte trasera del auto, cada una
con un muelle en la base y una piedra de fosforera en la punta para que, al chillar las gomas en el arranque, tocaran
el suelo y soltaran chispas durante el trayecto.

Fundó una Academia de Artes Marciales en el patio del tío Ito. Bajo la mata de chirimoya un Tatami improvisado
acogía a las 4 de la tarde a los niños que salían de la escuela, mientras las madres miraban desde un cercano
murito lo que parecía un juego. Parecía, porque lo cierto es que Kike había estudiado judo con un maestro llamado
Quijano y un amigo cinta verde apodado El Duke, y pudo enseñar a los muchachos bastante bien como barría el Tai
O Toshi.

Una de esas tardes, mientras las madres fumaban su Aroma detrás del murito, Pavel sacó de equilibrio a Henry, lo
subió hasta la altura de los hombros y casi lo revienta contra el piso. Henry boqueaba en busca de aire, mientras las
madres gritaban y Kike, orgulloso con el ejercicio de su discípulo, tomaba a Pavel entre sus brazos mientras le
decía: “!Qué lindo, qué estrallón más lindo!”.

Kike, por supuesto, fue obligado a cerrar su escuela. Un mediodía llegó a la casa de la tía Nana y le contó que había
decidido dejar el Kung Fu porque el karate le parecía más sólido. Trataba de entrenar a la tía, pero su vieja pasión
había echado tan hondas raíces que a cada minuto tenía que disculparse: “Oh, tía, me fui para el Kung Fu.”

Por estas cosas de Kike fue que cayó tan mal aquel castigo. El no se lo merecía. Claro que no.

Había ido a Varadero a nadar un poco y, de paso, a cambiar unos dólares en la época en que esta moneda era “fula”,
“fao”, “fault”. Allí lo sorprendieron cambiando unos billetes y lo guardaron sin otro motivo que el de querer prosperar
un poco. Un tiempo después el propio gobierno despenalizaba la posesión de divisas extranjeras; es decir, el dólar
ya no era “fula” sino la utopía más fuerte que se había propuesto en la isla. Pero la nueva ley, cosas de Cuba, no
tenía efecto retroactivo, por lo que Kike debió seguir cumpliendo su castigo.

Su estrella, no obstante, no lo abandonaría. Dada la futilidad de su pena comenzaron a llevarlo a trabajar a un
campamento agrícola del sur donde un día, por cosas que tiene el cuerpo,  cayó en la enfermería. Allí fue atendido
por una hermosa e inteligente doctora de la que se enamoró al instante. Y ella de él. Aura, como se llamaba, llegó a
casarse finalmente con Kike.