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           El gesto.

El día que empezó la revolución en el pueblo Juan se alzó en la montaña. A Vladimir lo enviaron a la ciudad.

Asistían a la misma escuela. Vivían en esquinas diferentes.

Dos años después, cuando la propaganda guerrillera logró que el dictador fuera abandonado, Juan
regresó protegido por un cabello largo y un crucifijo en medio de los pulmones.

En la calle una multitud esperaba que descendiera del jeep, mientras en su casa unos  periodistas
reportaban las atenciones que durante el alzamiento tuvo Vladimir con la madre del rebelde. La foto que
guarda la familia en Key West data del 30 de diciembre de 1958 y aparecen en ella una anciana feliz y dos
jóvenes de verdeolivo, a quienes entonces llamaron “el hijo biológico” y “el hijo por la revolución”.

Ese mismo día, el día del triunfo antes del triunfo, el padre de Juan le dijo que tenía que irse del país.

Por el trío de años que demoró la fuga, Juan y Vladimir desarrollaron un duelo de gestos.

A las 7 de la mañana Juan salía al portal con un tabaco encendido cuyo amargor le estimulaba una
abundante salivación y controlaba una espera breve pero interminable.

A las 7: 03 minutos, es decir, a los dos de la salida de Juan, doblaba por la esquina Vladimir conduciendo
una moto “Ural”, de fabricación soviética, que un meteórico asesor ruso le había entregado.

Unos metros antes de cruzarse con el “hermano” el ciclista aceleraba el vehículo de cuatro pistones y tres
ruedas hasta nivel de alarido. Al tiempo que el otro embalaba en varios lenguazos un opaco gargajo y lo
lanzaba al asfalto.

Después del disparo Juan entraba a su casa hasta las seis de la tarde, cuando se repetía el gesto pero
con un advenimiento de Vladimir en sentido contrario.

En cada instante de ocio de su exilio, Juan se preguntaba por qué aquel tipo, el exitoso condiscípulo que el
partido había llamado a la capital mientras a él le tocaban los tiros con una San Cristóbal robada, torcía
hasta el fondo el acelerador de su motocicleta rusa justo en el instante en que él se limpiaba la lengua
para absorver el humo sin resistencias linfáticas. El enigma era además una obsesión.

Un día, 37 años contaban desde su partida, Juan regresó al pueblo. Llegó en la madrugada por el
aeropuerto de Santiago y alcanzó su casa al amanecer. Observaba los cambios del barrio en el momento
en que un Toyota malva de seis pistones dobló por la esquina a su encuentro. Juan redondeó una goma
de mascar a la que apenas quedaba sabor a menta y la llevó a la punta de la lengua. El auto se detuvo.
Juan cargó el “chiclet” y apuntó.

Segundos después un humo oscuro de kerosene ardiente ambientaba la entrada de Juan a la casa de
familia. La goma marcaba en el piso el comienzo de un nuevo ciclo: los dos  regresarían la semana
siguiente a la escuela.

Emilio Ichikawa.