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Las voces y el poeta.

          Al poeta Eddy Campa, in memoriam.


                   “…la poesía te habla y te llega a primera vista
                   o no te llegará nunca. Hay un destello de revelación
                   y un destello reflejo de respuesta. Es como el rayo.
                  Como enamorarse.”
                                                                (Coetzee).


Conocí al poeta a través de otro poeta cuyo nombre ha quedado en el olvido. Transcurrían mis
primeros días en Mami y era la estación de conocer muchas gentes. Mi libro de notas crecía de
atrás hacia delante. Direcciones y más direcciones, teléfonos y más e-mails. Apunta ahí recién
llegado: www.buenvecino.com; y toma este otro: graciasporvenir@sweetjutía.net,
neciomeloso@frogmail.com y etcéteras.

Un montón de amistades sin historia que se fueron desinflando con el tiempo; algunas de
aquellas son ya inolvidables, casi ubicuas, y no me queda más alternativa que mantener con ellas
una relación muy equitativa, semejante a la que, dicen, tenía Demócrito con los abderitas:
desprecio mutuo.

Cada año nuevo, cuando me siento a transcribir de una agenda a otra las direcciones de los
amigos adquiridos en el tiempo vencido, solo queda vigente un 10 % de los registrados. Lo
demás permanevce entre las páginas de mi anecdotario, esperando una inspiración, una
avalancha de rabia o amor para renacer: ?renacerán en literatura o imagen aquellas sombras
que sepulté en el 2003?.

Antes de venir aquí, cuando se me deshacía una amistad, pasaba una temporada de tristeza por
el cariño mutilado. Siento ahora que algo ha cambiado en mí: me deshago de las personas que
no me gustan sin el menor dolor. Lo constato con horror: me estoy endureciendo. Me están
endureciendo.

Pero entre tanta resbalonería también sucede que de un año a otro, ya con peligro de no vencer
este 2004, pasa triunfal y constante la dirección de aquella señora que me presentó un día a Ed,
the poet of the Little Havana. Ella tiene otra historia, la de él es esta.

Ed fue un poeta elegante. Me gustaba más como leía que como escribía; algo que me sucede
con la mayoría de los poetas andaluces, García Lorca incluído. Su voz era grave y pausada, su
verso convincente; solo me repelía aquella saliva deseante que se acumulaba en sus gruesos
labios; espectáculo que por demás soy capaz de considerar en el caso de una sola persona.

Ed era un gran señor perseguido por eventos esperpénticos que no estaban a su altura. Una
sensibilidad que el ambiente desesperado de una de las fronteras del exilio acabó por confundir.
Un pintor amigo, re-exiliado en Florida City, me contó que vendía joyas de aluminio en las aceras
del Down Town con la misma dignidad que una anoréxica de Tiffany`s.

“Yo soy Ed, el poeta de la Pequeña Habana”, me dijo cuando le conocí en aquella exposición de
los fotógrafos Portal y Gabino. “Mucho gusto poeta. Mire, esta es mi hermana, y queremos dar un
paseo por la zona. ?me puede decir cuál es la dirección más segura?”. Nos dió la espalda con
mustia cortesía y después de ensayar unos pasos aseguró: “Ninguna”.

Un día en que el poeta estaba de imágenes que ya no daba más decidió acudir al párroco del
barrio, pero el buen hombre no le quiso recibir. Ed le parecía una sombra maldita con vocación
sublime para la ironía, y el demasiado escepticismo aterra al dogma. Así que tuvo que buscar la
ayuda de un psicólogo, quien tuvo la antiheróica obligación de atenderlo.

Fue a él a quien Ed contó que escuchaba voces, voces de gentes que querían matarlo por haber
roto las reglas del sistema: en las calles de Miami no pueden vagabundear personas con aires
de dignidad: ?cómo explicar la insolencia de un hombre que no tiene dinero y que, a la vez, no
solo se niega a robarlo sino también a pedirlo?, ?en qué esquema acopla un poeta amable, sin
amigos, y con el ego a punto?. Las voces que escuchaba Ed eran las voces del orden, de
aquellos hombres cuyos atributos eran sencillamente previsibles: el fracasado que se resiente, el
empresario con prisa, el católico que castiga, el galerista que adula, el poeta que apesta.

El poeta de la Pequeña Habana también era lo anterior, pero a su manera; combinaba los
elementos al azar habitando ese colmo de la temeridad que es la incomprensión.

El coro de oceánides triviales con su letanía de voces:

“No debiste abandonar la isla cantor maldito”.
“Vete de Miami tipo feliz”.
“Ya venciste a tu madre. Mata ahora a tu padre”.
“Dedícate a otra cosa y basta de garabatear”.
“Aborta, aborta”.

El psicólogo le dice que no puede seguir escuchando, que se levante de la silla y no se tienda ya
jamás sobre el diván. Quizás las voces tienen razón Ed, tanta, que debemos callarlas. Toma este
vaso de agua y esta media pastillita, apenas 5 milígramos Ed de alguna piedra del grupo celexa,
o un precipitado con aliento a prosac. Tómate esa pildorita Ed pero la semana que viene,
cuando  las voces ya no griten sino solo susurren bajo el efecto del duro polvo blanco, vete a ver
a un psiquiatra.

No necesita ni mirarle de frente, el psiquiatra infeliz y paliducho que ha obtenido el Medical
Doctor en cualquier sitio, esa loca reprimida que todos apodan Madame Bovary, capaz de
cambiar su MD por cualquier caricia sincera, sabe que Ed escucha voces. Suerte que tienes
poeta, mi cabeza está calada de soledad, tiene ganas de decirle pero lo calla. Le sonríe, le abre
la puerta de salida y le dice a su asistente: “20 milígramos de lo mismo. Y que vaya a ver a
Thomas”.

Thomas es un neurólogo aficionado a la filatelia. Con una suficiente colección de imágenes viaja
sus mundos posibles y atrae a gente que le ayuda a compensar la cordialidad de un matrimonio
aburrido. Su libertad vendida: un regalo que le hiciera a su padre en los límites de la juventud.

Una decena de adolescentes de la ciudad vive de vender sellos malos a Thomas. Pero aquí no
hay mentiras: el Dr. sabe que las estampillas son falsas y los vendedores saben que él sabe de
dicha falsedad. Enarbolando una pieza de la primera edición de “La ocupación de Moscú”, que
los aduladores de Napoleón imprimieran precipitadamente aquel 26 Brumario, un Thomas
paternalista le dice a un Ed resignado: “Aquí tienes, te alcanza para seis meses, son 100
milígramos diarios. No hay otra cosa que hacer, como decía el novelista asilado”.

Seis meses, unos 180 días blowing. Para Ed se trataba de mucho, demasiado tiempo. Dicen
que tiró el sobre con las  píldoras desde lo alto del Puente y que los círculos hendidos dibujaron
un mapa demasido atractivo sobre el verde.

El poeta de la Pequeña Habana dejó muda a la chusma enloquecedora, sobre todo a la jauría
letrada que le indujo la locura. Ayer su sombra conversaba con un librero de origen francés
justificando la grosería del marido celoso. Pensé que esos gestos confirmaban su locura, pero
entre la fosforescencia del brazo y el cuerpo disecado se podía distinguir el cable de un teléfono
celular.


Emilio Ichikawa.
Febrero-2002.