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| Día tras días. Estaciones de retorno acarician sus miradas A lo lejos la luz (Anónimo) Día tras días: según la vieja Irene, gallega cuya sabiduría desmiente el estereotipo insular sobre la invidencia de “el gaito” (ensayaremos una vez más sobre la ceguera postsaramaguiana), constituye este el más eficaz remedio del mundo. Más aún que cualquiera de los que puede expedir el médico chino. Y así, en esa cuota de días que suceden a los días, trabajos que siguen a otros trabajos, un par de años después de mi llegada a los Estados Unidos, volví a escuchar las canciones de Pablo Milanés. Con alguna discreción entre cubanos, de manera un poco exhibicionista en Long Island, donde un par de amigas me regalaron algunas de sus canciones, “comboyadas”, claro está: en un caso con dos poemas de Andrés Trapiello y una carta sobre el tema cubano; en el otro, con un DC de Les Luthiers, una genial agrupación que, comprobé con alarma, ya no me hace reír. ?Qué tiempo arruinador es el que tengo dentro que me mata las cosas y las deja ahí, frías, como despojos?. Es el día tras días. Día tras días. Un singular que se monta sobre una avalancha de trancurrires. Un día que se vive sin más constancia que el propio ser vivido; veinticuatro horas que se enseñorean de realidad sobre un pasado evidente. Muerto. Dicen algunas amigas que respetan mi pasado, que es interesante: raro amor por los muertos. Pasajeros de mi mundo otro que, como verán, a veces toman el pasaje de vuelta. Y eso que… “uno se crée…” Pablo Milanés fue otra víctima de la política cubana; un sonero malogrado que, sin embargo, poco tenía que hacer en el gremio con su afán de poesía. Pablo Milanés es autor de una de las odas más convincentes a la resignación: “La prefiero compartida, antes que cambiar mi vida”. Un día, de esos que dije se suman a otros, el pintor de las ciudades abstractas me regaló un CD de Pablo Milanés al cual asignó una curiosa virtud: “El último de Pablo”. Atributo cuestionable, don que hay que tomar con dudas, como todas las noticias que se dan en Kendall sobre los aconteceres de La Habana. Se titula Días de Gloria. El membrete es exacto: al decir “días”, y no “día”, significa que se está refriendo al continente, no al añadido; al frasco, no a la posión; a la nube, no a la lágrima. En efecto, el disco es un homenaje al pasado. El pasado que nos hace feliz, niños y niñas resucitadas que Dios estimula a que nos asistan ante la turbadora mediocridad del presente: “Señor, las criaturas que enviaste ya están aquí, revoloteando sobre mi cabeza”, aseguró un día Dulce María Loynaz; “mediocridad bendita”, digo yo, evadiendo la carga peyorativa que inutiliza tan frecuente condición. Cuando revisé el repertorio, Días de Gloria se me hizo harto sospechoso: para empezar repetía “Masa”, un poema de Vallejo que popularizó en Cuba el Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC y sirvió de tema musical a una serie de aventuras titulada Los comandos del silencio. Entre balas y amor, ahí estaba la sublimación del guerrillero urbano; la cara joven y la exquisita boca de la actriz Ania Linares empaquetaron una heroína de izquierda que, a pesar de vestir al descuido, de no peinarse bien y mostrar una “delgadez extrema”, impresionaba como un semidiós travieso. La invención eficaz del angel inconforme. Lo aparté, con desgano mas sin convicción. Descansó junto a músicas pretendidamente mejores. Hasta hace un rato. Buscando aliados lo llevé a caminar un poco bajo la lluvia de este cuesionable mes sin “erre”. Me sorprendieron algunas cosas: la canción número dos, que suena y habla bonito con la sencillez de cualquiera de los números de los peores baladistas hispanos; y sin embargo… Por su parte, la versión anacrónica de “Masa” no sonaba tan mal y le sucede una suerte de evocación de los días en este día que me puso a recordar. Recordar a algunos amigos y, mientras el andar, me entraron ganas de reconocerle a los míos ciertos signos inolvidables. Algunos de ellos, lo sé, me serán atruídos sin pertenecerme; ellos saben que no los usurpo sino que los atesoro. La canción evocatoria se titular “Exodo” y es un archivo de los que se fueron y los que se quedaron. No sé si varados; en todo caso amados, incomprendidos, ya aplazados en sus deseos y en sus amores. Minutos dedicados a recordar lo que dieron los amigos; lo que perdimos por tanto dejar; por este arte de aplazar sin esperanza. Por este mentirnos, que es la única manera de enfrentar la esperanza. Y está en Pablo también la sanción al olvido. Un olvido que apenas recordamos por haber flexionado sobre uno mismo. Yo, por ejemplo, apenas he recordado que Eliades me decía que un poeta puede vivir en cualquier sitio, pero debe morir en su pueblo. Y que Roger acotaba que un poeta, si quiere serlo de veras, puede haber nacido en cualquier sitio, pero debe vivir en una gran ciudad. ?O decía novelista?. Y Francisco me cuidaba mostrándome que en una reunión, cuando es delicada, debo hablar solo si “el cuerpo me lo pide”. O que Abilio me asustaba con aquello de que las promesas tenían enemigos y me bautizaba la sentencia con un libro de Connolly. Y Antonio José no falta, por incitarme a escribir, a crear por crear, porque los buenos escritores deben tener una literartura “de cajón” para cuando lleguen los tiempos. Y Vicky que no creyera en mujeres que dicen odiar las tiendas; o Reinaldo que uno debería callarse la boca hasta después de los 50 años porque, de cualquier manera, nadie nos iba a creer. Y me dijo Marcia que una buena “galleta” vale más que mil imágenes, para no hablar ya de las palabras; o Rosario que había que usar los mismos zapatos en todos los exámenes; y Odalys, la cienfueguera (que es de Cienfuegos, provincia del sur insular), que debíamos hacer una estatua a Adonis, el pinero, para después rompérsela en la cabeza. Y Juan Carlos que anuláramos el azúcar y que Silvio era mejor. Y Geandy que qué abuso, eh?, como una extrambótica pero convincente expresión de admiración. Otras cosas se me escapan. Otros amigos no alcanzan el final. Ya el disco va terminando y la lluvia me sale de adentro (!oh chuva, oh chuva tristeza!). Me humede y me exige llegar. Y descansar. EI. Julio-2004. |
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