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Caballos.

                        
                    Para Orlando, que atraviesa la campiña bajo un kimono de yute.

                                 “No era la magia de entonces, pero todavía sucede.”
                                                                                    (PM).


Los caballos de mi niñez eran fuertes, pero lentos. El que jineteaba Angelo era de color canela. Marchaba
sereno por la guardarraya, perseguido por una manada de perros y poblada la guijada por moscas itinerantes;
lo hacía tirando de un carretón repleto de bejucos. Angelo era un viejo honesto de machete en cintura y yarey
sudado en su frente; dicen que hasta masón, pero hoy dudo de la inocencia de aquellas yerbas. Quizás
escondían armas, libros secretos o carne de vaca, un alimento prohibido en la época de la dictadura.

Mi tío Alberto, el de Catalina de Guines, montaba un caballo manso a cuya piel negrirroja  se cosieron manchas
blancas. Las dos huellas que marcaban sus cuatro patas dejaban hoyos en los caminos; huecos de brillo y
fango como esos amores que hieren nuestro relieve y que empezamos a embellecer en el recuerdo solo cuando
aparece otro amor.

Una vez, cuando el tío noviaba (?pololeaba?) con esa recia mujer que  aún llaman “la negra”, se acercó a su
portal  llevando al animal por las bridas. Antes de dirigirse al Sr. Marín para pedirle la mano de la hija, se
empezaron a besar de una forma tan apasionada que el caballo se irritó enfangando ligeramente el pantalón
del tío. Es verdad, aunque ustedes no lo crean, es verdad, asegura la que es hoy su esposa, en ese momento
Alberto se disgustó tanto, que le dió un bofetón al caballo y lo dejó muerto. Uno de los que no le creyó fue el
primo Leonardo que, aunque no murió de otro golpe, recibió una tunda como para bestias.

Gracias a ese incidente el tío Alberto ganó una licencia familiar para mentir o, para quedar bien tranquilo en
sus recuerdos, para “fabular”.

Los caballos se desbocaron de mi entorno y libros, música y visiones poblaron los establos. Por los verdes
potreros trotaban Verne, Coleridge y Martí, mientras el mago oscuro domaba a las brujas que volaban en arcos
y arlequines equilibrados bregaban entre cuerdas de azufre y llaves de café.

Pero ellos regresaron; hace poco regresaron los caballos de entonces (o sus hijos, quizás sus nietos); peinaban
la magia aquella que ahora sucedía entre lanzas vanas y rebeliones. Llegaron a mi puerta de la mano de una
mujer y me contaron, casi rumiando, sobre un caballo muy famoso que había triunfado en las pistas y en el
cine: Seabiscuit, se llamaba. Los caballos de allá sí tienen oportunidad porque son caballos libres. Son bestias
privilegiadas y pastan rosas, claveles y amapolas sobre cuyos pétalos deposita la noche lágrimas de mostaza y
entomatados sudores.

Pero no cesa, desde hace unos dias, la ronda de caballos en mi vida. Es la vuelta de rueda, el círculo, el viaje de
regreso que no incluye a la novia primera, por haber olvidado ya la risa temerosa de futuros y plena de
responsabilidades.

Me llegó un poco en un viaje a Occala, donde dicen algunos se crían las mejores razas del mundo. Y en el
“subject” de un correo donde un amigo se identificaba como “The second Atila`s horse”. El segundo caballo de
Atila, esa insolente modestia solo podía provenir de la imaginación del Peco, amigo de los solares y las galerías.

Fue así entonces que, ya intencionalmente, quise regalarle a mi sobrino los caballos que serán alguna vez de su
recuerdo. “Quarterhorses” y andaluces diestros, elegantes, rítmicos. Sillas de cuero sobre sus lomos, tratados con
gel y cremas de las más pensadas; y sobre las monturas amazonas altivas, elegantes, orgullosas.

Le regalé caballos al pequeño James en el Championship Evens del sur americano donde suena el banjo y
crujen sobre parrillas peces y cocodrilos. Sin darse cuenta de que ya no eran los acordes del Baby Mozart o la
cursi versión de Vivaldi que se dispara en el radio cuando explota la tapa de su  compota, sino las voces
rasgadas que se escapan por la Thunder Country 100.3 FM, James ofrecía pasto a un ejemplar de cebú y
derrumbaba la progapanda de abonos, regadíos y arados que racionaliza hasta el ocio de estos hombres y
mujeres fuertes. Gente universal, encerrada en sí misma, inspiración de alados poetas y coreógrafos de
Broadway.

Señor, los caballos de mi infancia han regresado aquí; bañados de sol, ungidos de acuarelas. Déjalos un tiempo
más, que lo mediocre avanza, y necesitamos velocidad en la fuga.

Emilio Ichikawa.
Enero 12/04.