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El boulevardito.     

Así, con un alarmante diminutivo, bautizó el amigo Ed Sarasola a un paseo condominial de hermosa posibilidad en la
ciudad de Miami. Se trata de la calle 9, amojonada entre la 1ra avenida y la Miami ave del North West.    

A la manera del santo bebedor de Josehp Roth, los “homeless” que habitan ese espacio se cubren con periódicos locales;
especialmente con el New Times, que tiene la ventaja de ser más voluminoso que el resto y, además, gratis. Algunos
estanquillos se ubican tan cerca del boulevardito que pudiera decirse que están guardados en la bilblioteca de casa. Sobre
el hedredón, el periódico permite al “callejero” llevar la cuenta de los días, o las semanas; estar medianamente informado y
disfrutar de la calidez de un material combustible que sirve también como paraguas.

Al leer las noticias con unas 20 horas de retraso, el “homeless” tiene una visión más distanciada de los hechos. Objetiva,
digamos, pero igualmente visceral. Se trata de un universo competitivo, desgarrador, con sus escalas de distribución de
prestigio, ascensos o descensos, como el Vaticano, Harvard o Wall Street. Se trata de “la calle”, o de “la esquina”, para ser
más preciso.

El boulevardito se encuentra muy cerca del viejo Miami Arena, donde los colores naranja y verdeMiami auguran abandono,
que es peor que la ruina. Está también próximo al Technology Center of the Americas y a las estaciones Overtown Arena,
del metro de la ciudad y de la estación Park West, del Omni Loap. Desde aquí, buscándolo por la 11 calle en cualquier
amanecer, uno encuentra un vecindario que despierta en las aceras. Hay haitianos, ghaneses, afroamericanos… y algún
cubano que igualmente trata de ser “triunfador” en el medio en que le ha tocado competir. Diría cualquiera que pujante y
luchador, como buen criollo, es José Alberto C., quien exhibe con orgullo el carrito del supermercado Publix  más repleto de
pertenencias y bienes de la zona. “Pepe”, además, sabe mendigar adelantando historias, con cierta insolencia, lo que le
garantiza desafiar con su nueva mentalidad postmoderna un viejo refrán: “(Oye Pepe) No se pide limosna con escopeta.”

Pepe duerme junto a otros vecinos; tan feos e inofensivos como él. Su despertar es lento, descarado, solidario. Una
amabilidad gremial, socialista quizás, les permite sortear la globalización desde el contén de la acera. Orinan en orden
junto a la palma pública, o cuando hay más suerte detrás del flamboyant. El “flam” tiene más tronco: garantiza mayor
privacidad; más fronda: lo que significa mayor confort.

De las bolsas sacan el café, de los papeles de aluminio algunos bocados y se van congregando en marcha semoviente en
el boulevardito. Ed Sarasola, con una intuición nacional incontestable, descubre a Pepe: “Tú eres cubano”. Pero este lo
niega. Y se dirige entonces a Mr. Merton, un afroamerican que comparte con él parecida asimetría: Ed es cubanamerican,
criado en New York, radicado en Miami y casado con una emprendedora catalana. ?Alguien quiere más?.

Ed ha bautizado al residente Mr. Merton como “el doctor”, pues le ha asegurado que tiene veinte doctorados de los cuales el
único que le interesa es el de “busssiness administration”. Y se ríe. Tiene unos libros a su lado que avalan la idea, o el
sueño, de que le han truncado la carrera ejecutiva por envidia: “Soy muy bueno para ellos”. Ed le pregunta si tiene interés
en la política y le da un “sí”. Que si conoce al profesor Cornell West y le da otro “yes”. Y Mr. Merton, sin dudar, le comenta el
último libro del ilustre intelectual afroamericano. Ed, quien conoce el mundo de los negocios, le hace algunas consultas y
permanecen parte de la mañana conspirando.

Pero no se ha olvidado que Pepe es cubano y le extiende unos dólares. Y Pepe acepta su criollez y abre el capítulo diez de
sus historias asegurando que ha sido liberado hace poco en Atlanta, que otro cubano le ha robado la identidad y que vino a
Miami a luchar para prosperar. Los ojos le brillan, llenos de ansias, sin inocencia. Ojos rojinegros, con rara señal.

Parece que a Ed que le gusta mucho una anciana, una señora legendaria como aquella negra regenta de Perico,
Matanzas, matriarca de la elegante  familia Suset. Y le disgusta esa otra vieja que amenaza a los presentes con un mundo
mejor donde deben protegerse los derechos de todos y las cosas se reparten entre camaradas y compañeros.

En el boulevardito hay una Oficina de Incometax, otra de la policía de Miami, y un trío de amantes trasnochados que se
besan detrás de la patrulla K-9 Unit, aprovechando la oscura silueta del Warning Police Work Dog. A un costado un edificio
con gentes con facha de ex-clase media sudamericana que atraviesan con espanto su propia calle; al otro, el condominio
The Tower at Parkwest protegido por la compañía Bryant Security. Asegura Ed que hay signos inequívocos de que está
habitado por bailarinas y trabajadores de la noche: demasiado silencio en la mañana, trajín al mediodía, y solitarias
“femmes” paseando perritos “de raza” y conversando por teléfonos celulares el resto de la tarde.

El parque de autos del boulavardito es incoherente: lo mismo un Mercedes Benz que un Toyota que alguien usa como
“transporteichon”. Palomas baratas, gente barata, huellas baratas. Unos bellos mosaicos incrustados en las aceras y
firmados en 1991 por Escarleth Solis, Jovan Marshall, Diego Martínez, todos del 3rd Grade de la Douglas Elementary
School. También un obelisco de metal, en conmemoración a nada.

Pepe regresa alarmado y dice que alguien le ha robado el dinero que Ed le diera unas horas antes. Pide más. Demasiada
viveza, harta habilidad cubana en el asunto. No sé si esta vez se abrirán los bolsillos para Pepe Céspedes: el “homeless”
de la patria.


Emilio Ichikawa.
Junio-2005.