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                                        I. El alba destinal.

Tú eres libre pero tu pueblo no puede pensar. Ha resuelto danzar como el bambú y ofrecer de verano en verano
una yema al panda; flor que vive entre dos tonos y una lentitud. Al norte de la cumbre está la fuerza y al oeste
una curiosidad que tuerce mitos en un logos entrañable. Mileto, Efeso, Elea, Abdera, Atenas, Megara, Sinope,
Agrigento... lúcidos horizontes a donde llegará la muerte. La historia cabalgando encima del poder, el sexo, el
crimen y el arte.

                                                  II-Tales de Mileto.

El agua. La marea le sube al aritista hasta el umbral de su labio inferior. Le tengo fe a esa agua que porta
navidades, que se duerme en grietas con sangre contenida. Todo es húmedo. Todas las cosas vienen y vuelven
del agua. Incluso el cielo donde están los dioses, que es agua vaporizada. Y la tierra, que es agua endurecida. Y
el fuego, que es tierra ardiente. Y el agua que es agua es agua.
Sobre los techos de mis lienzos cae un líquido oscuro. Y corre por las calles de una ciudad donde las pisadas de
mis tenis le obligan a la inversa.
Mientras me hundía, corriente al lado, yo les hablé de eclipses, imanes y ciertos teoremas de geometría. No lo
olviden.

                                                 III. Anaxímenes.
El aire. Mi destino es aláudico. Mis ángeles son la alondra, el ruiseñor y el sinsonte. "Blowing in the wing" cubre
mi ausencia y me sostiene el alma. Mi cuerpo es soplo y el pneuma lo que circunda al mundo entero. Dirá
Teofastro que mi aire es nada y es todo. Cada cosa que rarifica es aire; así el amor, la guerra, la prisa; todo
menos la ternura, que es viento reparador. Casi brisa.
Yo un aire que cuando respira muere en fuego, y en nube, y el tierra, y después desaparece en piedra inerte
herida de escritura.

                                                 IV. Anaximandro.
Apeiron. Quizás tierra. Hay nada a la vista. Lo siento, pero no alcanzo a pronunciar la esperanza. ?De qué
altura, de qué reino de sinceridad he caído yo para errar aquí, por la tierra, entre los mortales?. No saben. En
mi mundo yo vestía mantos rosas y calzaba pieles de sirenas mientras cortaba cabezas para beber la sangre de
mis enemigos. Yo fui niño y niña. Le hice crecer las orejas a los burros y desolliné de tópicos el cráter del Etna.
La escalera se hunde en un manto de diez capas. Insisto en las imágenes. Mancho y mancho la tela hasta
hacerla invencible. Mis manos se encadenan a grilletes de terciopelo.

                                                  V. Anaxágoras.
Semillas y nous. Me escapaba hacia lo sublime de la misma manera en que me enterraba en el fango. Pericles
magnánimo y rebajador; protección que en la misma medida en que engordaba mi cuerpo clausuraba
visitaciones de agoreras mariposas. Dentro de mi brazo está mi mano. Un dedo en ella y la uña en mi falange.
Una semilla aguarda en la más mínima postura y lo esencial está aún por nacer. El éter ígneo y el aire frío giran
sobre ellos mismos. Somos escoria de esa cópula fundacional; y lo es esta piedra, este escarabajo y esta perra
que fideliza a mi lado.
Lo es la reunión de gentes que han venido a admirar al pintor y meten las  manos en los portafolios antes de
seguir la ruta de la hormiga.


                                                VI. Heráclito.
El fuego. Esta higuera me quema. A veces disgrego y ofrezco abandonar los hijos de la ciudad. Pero soy bueno.
Verifico el fuego por todas partes, siempre distinto y siempre igual: aburrido y apasionante. No quiero ir a Persia
a reincidir en lenguas amarillas y columnas rojas. Aquí tengo el arco y tengo la lira. La armonía en el desastre.
No me quiero mover y acepto transcurrir en este pozo absoluto.
Algún día, sin embargo, iré a la playa y enterraré al espontáneo Homero de revés, con las piernas en alto, como
si de verdad estuviera cantando una victoria.

                                                 VII. Parménides.
El ser. He dejado unos versos bajo el vaso de aceite. Las machas no son de vino sino de inteligencia; son huellas
de sangre abstracta donde está disuelto el contundente. Me gustan los juicios definitivos: el ser es. El no-ser... Y
me gusta la plenitud, el círculo, el reposo. Más la pintura que el teatro. Odio lo que me hace reír; aborrezco la
multiplicidad, el coro de voces, las nubes y las ranas. Mi mundo se eterniza en letras. El tiempo justo es el
instante absoluto, aquel segundo intranscurrido entre el nacimiento y la reincorporación.

                                                  VIII. Meliso.
La doxa. Yo lo que veo es un lugar sin límites. La nada inagotable. Miles de opiniones entre las que me es
imposible diferenciar. No asisto a banquetes porque me percibo tonto: siempre acato la sentencia de quien
acaba de hablar. Cada voz que escucho es una voz que me persuade. Soy de isla. De Samos. No creo que una
ola sea mejor que otra y cualquier cosa es creíble excepto la verdad. Me importa que el mundo sea saludable;
quiero pensar un ser sin dolor y siempre aquí. Como dicen que estoy yo en Jenófanes.

                                                 IX. Zenón.
El movimiento. El dardo sin posión se clavó en el hombre que observaba los destinos. Yo sé quien es el culpable.
El culpable es la víctima ordinaria cuyo dolor compartido le hace anhelar una muerte mayor. Tiene culpa el
cadáver en la fosa, no el mártir cuyas entrañas son servidas en el convite; culpa, lo que se dice culpa, la
arrastra el sabio citado en los pergaminos del templo, no el maestro degollado por sus discípulos.
La tortuga venció a Aquiles y el grillo a Orfeo. En un cuarto solitario el artista deshace ensoñaciones; expira una
cabeza cuya nariz debiera ir en retroceso.

                                                  X. Demócrito.
Los átomos. Figuras vírgenes que no pueden zanjar ni la centella ni el lobo que se alimenta de nieve.  Un ladrillo
seduce a otro, se engarzan buscando alteridad y, sin puja o llanto, estallan  músculos con sangre. Las almas
también, pero más livianas y lisas; almas suaves que protegen las manos de sus propios intentos de caricia. La
muerte no es entonces muerte sino derrumbe; almacenamiento de composturas, retardo en la materia que
espera una posibilidad.

                                                 XI. Protágoras.
El yo. Nací con la mala costumbre de mandar sobre los hombres. La única asignatura que enseño es la
consolación de esclavos. Hombres en fuga que siguen los parámetros y llevan la adoración más allá de sí
mismos. Todos los existencialismos creerán en mí, incluso los que confunden el mundo y el infierno. La miel es
lenta cuando se derrama; el mar es un mago que me destroza misiones. Si los dioses existieran... Por cierto que
he muerto sin saber qué pensaba el pintor de los diablos, los ángeles y los ibelles. Cerca de su estudio crece un
árbol donde yo discuto y reclamo el destello. La consecuencia. Derrama predominancias carmelitas, mientras el
olivo le abastece de vino, hiel y vinagre.

                                                XII. Diógenes.
La obstinación. Aquí estoy, solo estoy. Desesperado. La tierra de mi biografía incluye a Theu famoso, y me florece
en cada puerta que cierro. Yo tuve el mundo a mis pies, pero no le di importancia. ?Qué será más importante
después, el Olympia, Bellas Artes, Yeko Space?. He tirado el vaso, la alforma y el manto. Un fantasma pasa junto
a mí y me ofrece un huracán sobre las palmas. Yo solo pido la media luna, dulce, pinta, herida de colmillos.
Corre por mis labios el jugo verdoso abandonando al paso cáscaras de suerte.
¿Acaso, pintor sin cruz, los ojos pones donde debía sedimentar el aguarraz?, ?en pro de quién edificaste en tu
ciudad la rosa?.