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16 complicidades para compartir en público
(Una entrevista a Vicente Echerri).


Octavio Paz no logró librarse del tema del amor. Lo negó y afirmó sucesivamente en la cultura
Oriental; en Occidente lo remitió a Provenza; pero siempre creyó fervientemente en él. También
Borges y Buñuel lo exaltaron, a pesar de descreer en muchas otras cosas. ¿Se reivindicaría el
amor en el siglo XXI como utopía? ¿Existe el amor solo en el esquema platónico, como simpatía
hacia un ideal, o hemos amado de verdad, sincera y efectivamente?.

—Por muchos años he creído en el valor y la importancia de los arquetipos: suerte de modelos platónicos que uno
va fabricando en su mente a semejanza de los retratos hablados que hace la policía a partir del testimonio de las
víctimas. Se construyen temprano, de personas y de cosas. Todos tenemos nuestros arquetipos del amante, del
amigo, del enemigo y, tal vez de manera más difusa, de la casa, el hotel, el río, el gato, etc. que común y
sabiamente llamamos “de mis sueños”. De ahí que enamorarse no sea, en mi opinión, nada más que un acto de
reconocimiento: sentirse intensamente atraído hacia alguien que nos recuerda a nuestro arquetipo; por eso
también creo que hay odio a primera vista: gente que nos resulta detestable de sólo mirarla, sin que haya hecho
nada para provocar esa reacción. En uno y otro caso sucede que, en presencia de uno de estos arquetipos,
nuestra mente activa una respuesta: simpatizamos, nos enamoramos, sentimos rechazo, reacciones que
responden a una codificación adquirida que termina por asimilarse a los instintos, previo a cualquier proceso
racional.


El odio no está de moda; por todas partes se percibe una demagogia de la fraternidad, de la
tolerancia, del diálogo. Los ideólogos más violentos dicen amar con un tono bastante bobalicón..
¿Existe el odio ideal, platónico; el odio amador?

—Creo que tener alguien a quien odiar es tan importante, y tan sano, como el estar enamorado. Bueno, no sé si
será tan sano, en términos de salud física, tal vez nos afecte el hígado o el corazón; pero es saludable en
términos de equilibrio, de madurez emocional e intelectual. Si en tu película no hay malos, puede adivinarse un
problema en tu rasero moral, diagnosticarse una amoralidad que es incapaz de hacer distingos entre el bien y el
mal. Detesto ese relativismo que se da también, tal vez más que en ninguna otra parte, entre intelectuales, en el
mundo académico: un escrúpulo de afirmar ciertos valores, algunas costumbres o tradiciones, en detrimento,
desde luego, de otras. De ahí que algunos digan que la mutilación genital de las mujeres en algunos países de
África y entre musulmanes es una costumbre semejante a la circuncisión de los niños en Estados Unidos; y que
entre el palacio de Versalles y las chozas de los bantúes no hay más que ciertas diferencias de estilo y materiales.
Ese criterio es realmente muy peligroso, porque ha servido para defender la existencia de regímenes brutales, que
violan sistemáticamente los derechos humanos, con el argumento de que se trata de  otra clase de sociedades.
Abomino de esas equiparaciones, así como del escrúpulo de usar términos como “inferior” y “superior”,
“civilización” y “barbarie” etc. Me parecen definiciones más claras y fáciles de aplicar hoy que cuando se
acuñaron. Desde luego, tenemos la suerte —porque en esto hay mucho de azaroso— de que nosotros vivimos en la
civilización, en la parte “superior” de este planeta.

Tú escribes cosas que los demás solo se atreven a rumorear. Y publicas otras que algunos
escriben en espacios discretos. Eso te hace responsable. Y te hace enemigo(s). ¿Has pensado
exponer más extensamente esas ideas, ya sea como ensayo o  como obra de ficción? ¿No es la
escritura una continuidad del pensamiento?

—Alguna vez, si la vida me alcanza, pondré juntas muchas de estas ideas en algún ensayo, o ensayos; antes
tengo que escribir otras cosas que, por pereza, he ido aplazando o que están por ahí sin terminar: no menos de
tres o cuatro novelas, y algunos relatos más El año pasado volví a trabajar en uno de esos textos y pude terminar
mi primera novela: fue como quitarme un gran peso de encima. Este año espero hacer lo mismo con otra que,
cercana ya a las doscientas páginas, ha estado engavetada por más de un decenio. A la pereza se alía una
sensualidad que odia el sacrificio y que opta por trabajos pseudoliterarios en procura de una degustación casi
infantil: el tacto de la seda, el tenue olor a cuero de libros de preciosa encuadernación, la fragancia de ciertas
colonias, el aroma de algunas frutas, la visión de algunos cuadros o de algunos paisajes. Todo eso hay que
procurarlo con dinero, y el ganarlo es tiempo que se lo robo a la literatura. Es imperativo, sin embargo, encontrar
un equilibrio entre ambas tareas: las cosas que uno quiere realmente escribir, porque la vida te va en ello; y los
placeres que quieres disfrutar, porque la vida se hace muy triste sin ellos. Hay que ganarse el pan, ya lo
sabemos; pero “no tan sólo de pan vive el hombre”; también hay que ganarse el caviar y el oporto.

Eso es el eterno conflicto entre el arte y la vida, en este caso, entre la vida y la literatura, del
cual tanto se ha escrito, y que tú intentas conciliar. ¿Qué entiendes, pues, por eso de “hacer
literatura”?

—Hacer literatura —y lo digo desde la experiencia de una obra muy modesta aún— es tener una mirada “literaria”,
una manera de percibir la realidad que, sin ser libresca, está ya contaminada por la palabra. A esto se agrega,
en el caso de los escritores de ficción, la capacidad de inventar mundos y personajes. Me parece que los
escritores de ficción que son incapaces de crear personajes, memorables y verosímiles, son en verdad unos
castrati, unos eunucos de la palabra que se conforman con malabarismos verbales; auténticos ejercicios de
pirotecnia literaria que pueden y suelen ser notables pero que, al igual que los fuegos artificiales, no dejan otra
memoria que ese deslumbramiento en que se deshacen asociados al nombre de su autor.

Pienso que el mayor fracaso que pueda tener un autor de ficción es que se le recuerde en lugar de sus
personajes, Y eso, tristemente, le pasa a la mayoría de los novelistas latinoamericanos contemporáneos. Haz esta
prueba, pregúntale a alguien qué obras conoce, o prefiere, de la literatura europea, y te responderá con una lista
de títulos o de personajes: Madame Bovary, Los hermanos Karamasov, El rojo y el negro, Ana Karenina, El
gatopardo. Son muchos más, infinitamente más, los que conocen a Sherlock Holmes que los que saben quién fue
Sir Arthur Conan Doyle; para no hablar del enorme abismo que media entre el Quijote y Cervantes. En tanto, si
haces la misma pregunta sobre literatura latinoamericana te van a responder con nombres de autores: Carlos
Fuentes, Vargas Llosa, García Márquez… La diferencia no es gratuita. En América Latina casi ningún escritor ha
sabido fabricar personajes; ni siquiera Alejo Carpentier, que era tan buen narrador. Hay excepciones, desde
luego: Villaverde, Gallegos, Jorge Isaac. Es verdad también que hay algunos personajes de Cien años de soledad
que podemos recordar (pero son insólitos en la obra de García Márquez); como también se acuerda uno de
Casandra Alejandra, la protagonista de Sobre héroes y tumbas, esa extraordinaria novela de Sábato. Por eso creo
que la novela latinoamericana por excelencia es La vorágine.  En América Latina el paisaje termina por devorarlo
todo. Tal vez se trate de la infancia de una literatura, en que todavía la mayoría de nuestros escritores están
deslumbrados por el entorno y no logran sustraerse a él.

Pero el “paisaje” de América Latina no es sólo geografía, naturaleza, es también historia,
sociedad, ¿no te parece?

—Claro, el entorno puede ser social, como Señor presidente, ese bodrio intragable de Asturias, o mucha de la
literatura que sale hoy de Cuba en que los personajes, por reales que parezcan, son en verdad “tipos”: la jinetera,
el chulo, el bisnero, el funcionario, que existen ciertamente, y uno los ha conocido; pero en muchos de estos libros
se vuelven genéricos, en lugar de asumir individualidades literarias. En Cuba hemos vuelto al costumbrismo por
otros caminos, un género caricaturesco que no hemos trascendido y al que ahora se le agrega violencia,
plebeyez, promiscuidad sexual, jerga soez, como aderezos para actualizarlo. He leído alguna de estas cosas con
prejuicios en contra y acaso una infortunada selección. Tal vez en medio de todos esos libros que revelan la vida
cubana de hoy, haya alguno bueno —me afirma un amigo, cuyo juicio respeto, que El rey de La Habana vale la
pena; quizá, pero no quiero arriesgarme a leer otra novela que tenga el nombre de La Habana en el título.

Entonces, ¿qué prefieres leer?

—Prefiero leer clásicos, lecturas consagradas, o a veces simplemente releer. Libros que me he leído en español
hace una vida y que ahora leo en inglés.  Por ejemplo, este verano se cumplieron 46 años de que leí por primera
vez Las mil y una noches, en una edición en rústica de la Editorial Sopena, de letra menuda a dos columnas.
Pervive en mí aún la impresión de aquella deliciosa lectura de infancia. En estos días he intentado reanudar la
aventura —abandonada por cinco o seis años— de leerme los 17 tomos en que Sir Richard Francis Burton tradujo
Las Noches. Desde luego, es tarea mucho más ardua, pero no menos apasionante; también he vuelto a leer los
cuentos de Thomas Mann, y los Cuentos de la Alhambra de Washington Irving, y La rama dorada. Acabo de
terminar, entre mis nuevas lecturas, la Historia de la cruzadas, en tres volúmenes, que escribiera hace medio siglo
Steven Runciman y que ya algunos consideran un clásico. A que negarte que compro más libros de los que
puedo leer; casi viciosamente; pero siempre me acuerdo de que Churchill decía: “los libros que no puedas leer,
manoséalos”.

Ahora podemos ser menos librescos, es insuficiente saber todo sólo de libros. Es pecado no ser
feliz, ¿recuerdas aquel poema de Borges?, así que busquemos un tópico de vida. ¿Has sido feliz
alguna vez? ¿Puedes recordar algún día, alguna circunstancias de particular felicidad?

—El momento más feliz de mi vida bien pudo ser el 31 de diciembre de 1991 cuando, en la televisión, vi
descender del Kremlin la odiosa bandera de la hoz y el martillo. Era un gran sueño, que muchas veces pensé
que me moriría sin ver cumplido. El símbolo de una sanguinaria utopía que se desplomaba en beneficio de la
cordura, del sentido común, de la felicidad del hombre de carne y hueso. Suelo decir que el capitalismo ha
triunfado, frente a los que se proclamaron sus enterradores, no porque fuera un sistema más justo —que
ciertamente no lo es— sino por ser más real, por responder mejor a la naturaleza codiciosa de los seres humanos.
Tal vez tú podrías decirme quién fue el filósofo de la antigüedad —no me acuerdo ahora si de los clásicos o de los
presocráticos— que dijo “la esperanza de poseer hizo al hombre”. Es decir, somos animales ambiciosos y
avariciosos, y esas motivaciones —que, dejadas sin control, pueden ser muy dañinas— han sido el motor de la
civilización: la búsqueda de las necesidades y del lujo, que siempre es lo sobrante, lo excesivo, lo superfluo, lo que
solo existe como una bella ostentación.  El día que salí de Cuba —7 de octubre de 1979— también pudo ser feliz;
pero lo enturbiaba la agonía del desarraigo, la separación de tanta gente querida, a algunas de las cuales no
volvería a ver.

Tal vez conozco los nombres de alguna de esa gente; de momento, lo dejamos a la especulación
del que lea esta entrevista. Ahora bien, si ha habido un día particularmente alegre, ¿cuál ha sido
el más triste?

—Mi día más triste, más aciago, fue, sin duda, el 1 de enero de 1959, cuando se paralizó la vida cubana y yo me
quedé congelado en la niñez, como en el cuento de La bella durmiente, con la desgracia añadida de que no he
dejado por eso de envejecer. Aunque, con mis diez años de entonces, reconocía, y me agredían, los desmanes de
la policía de Batista y la corrupción que ciertamente había en muchos de los organismos del Estado; todo lo que
vino después fue peor. A mí me sorprendió el triunfo de la revolución en La Habana y, desde el primer día, me
pareció repugnante aquel entusiasmo que llevaba a las turbas a romper los parquímetros y a asaltar los casinos;
si bien reconozco que el entusiasmo era muy general y que muchas personas decentes, asqueadas de la política
tradicional, pensaron que llegaba la hora de sanear la república. Lo único que hicieron fue romper los diques de
contención para que la chusma inundara y sepultara la sociedad cubana. Ése es el efecto más permanente y
pernicioso de este régimen y del que tardaremos más en reponernos, si es que alguna vez ocurre. Aunque todas
las dictaduras son nefastas y desmoralizan a los pueblos al inculcarles la abyecta sumisión a un poder absoluto;
hay algunas que no agreden directamente la belleza de las convenciones, los modelos de refinamiento; antes
bien se distinguen por edificar palacios y crear dechados entre sus clases altas. Si en Cuba hubiera ocurrido así,
habría sido menos grave, porque, a pesar de la dictadura, el cubano habría conservado un prurito de excelencia,
una finesse, que incluso podría haber sido impuesta o acentuada desde el poder. Eso no justificaría el secuestro
de la democracia, pero compensaría un poco sus estragos. El castrismo no tiene ninguna justificación; es un
desastre de unas proporciones que todavía no hemos tenido tiempo de calcular bien, una desgracia que lo ha
contaminado todo, que lo ha corrompido todo, que lo ha afeado todo. Jesús Díaz, que fue nuestro Saulo de Tarso,
me dijo el día que nos conocimos una frase que nunca olvidaré: “yo puse muchas esperanzas en esa revolución;
una revolución que no necesitábamos”. Es la confesión más sincera y radical que le haya oído decir a alguno de
los entusiastas que luego terminaron en el exilio. En verdad no necesitábamos esa revolución; sin ella, y a tumbos,
habríamos avanzado muchísimo, y de Batista nadie hoy se acordaría; sería algo tan remoto como lo era Menocal
en mi infancia. Con todos sus defectos, prefiero aquella Cuba, incluidos los lamentables matones de la policía. Un
cura amigo mío me contaba que el 1 de enero de 1959, en la primera misa de la mañana en la parroquia del
Vedado, una de aquellas burguesas revolucionarias de los primeros días le comentaba llena de entusiasmo la
fuga de Batista y de algunos de los connotados sicarios de su régimen: “Padre, y también se fueron Pilar García y
Carratalá y Ventura…”  Y él le había respondido con la sabiduría de un oráculo: “¡ay, hija mía, ya verás lo que es
un país sin ventura!”.


Hay quien dice que si falló el médico chino, a Cuba solo la puede salvar Dios. El problema es que
ya, a esta altura, la mayoría de los cubanos —aunque se afanen a veces en decir lo contrario—
no cree en Dios ni en la Virgen, ni en Santa Bárbara, incluso cuando truena. ¿Crees tú en Dios?

—Insisto en creer en Dios, o en decir que creo en Dios. La sola afirmación es una “acto de fe” intelectual. Me
apego, además, a las convenciones del culto cristiano a través de una de sus más hermosas confesiones: la
Iglesia Anglicana, que aporta la liturgia más exquisita de la cristiandad occidental. En ese contexto seguiré
repitiendo el Credo, con seriedad y con unción, pese a no creer ya en la mayoría de sus cláusulas. Algunos
amigos consideran que soy un ateo vergonzante; pero yo creo que hay un imperativo estético en afirmar la
existencia de un absoluto, al tiempo que uno niega o ignora los dogmas particulares de una institución. Nunca
voy a abandonar la Iglesia y, si me da tiempo, tomaré los sacramentos con lágrimas en mi lecho de muerte; a
sabiendas de que no me espera nada después, nada en lo cual pueda conservar la conciencia de este ser
humano que hoy soy. He dejado de creer en el Dios providente, protector, redentor, perdonador, etc. Eso es el
resultado de nuestra vanidad, de no aceptar nuestra finitud y nuestra mortalidad: pensar que, por ser capaces
de escribir tratados de filosofía o de medir la distancia que nos separa de los astros, somos más importantes para
el Creador que otros seres menos inteligentes. Y eso no es más que una desmedida arrogancia. Frente a la
vastedad del universo, el paramecio y el hombre Isaac Newton son casi idénticos, igualmente insignificantes y
prescindibles. La idea de Dios está bien, la equiparo al cero de las matemáticas; pero menosprecio los códigos de
la religión, sobre todo de los tres monoteísmos, cada día me parecen más absurdos y opresivos. El totalitarismo
tiene su génesis en esos códigos que le atribuyen al Ser Supremo un desmedido interés en los actos humanos, y
que sólo sirven para engrandecer al sacerdocio y para generar nuevas y más intolerantes utopías. Lo peor del
marxismo no es su ateísmo, sino su religiosidad, su sentido teleológico que justifica, en consecuencia, todas las
acciones mediáticas. Pese a toda la retacería decimonónica de que se apropia, y a sus harapos de economía
política, el marxismo (incluida su versión leninista) no es más que la última herejía del cristianismo.

Algunos afirman que Dios y la Iglesia son en última instancia una necesidad moral; que ellos nos
salvarán del desenfreno. Compartes, desde un punto de vista conservador, la necesidad de ese
freno?

—Cuando se habla de moral, la mayoría de la gente piensa en el sexo, en la conducta sexual, que inevitablemente
relacionan con Dios. A mí me parece que hacer de Dios el guardián de nuestras entrepiernas, como alguna vez
he dicho en un artículo, es rebajar la dignidad del ser divino, que suponemos atareado en otros menesteres de
mayor alteza. Y suponer que entre humanos la actividad sexual debe reducirse a una acción generativa, a la
procreación, es rebajar nuestra condición humana. Los judíos era una nación muy sufrida y en rebeldía contra la
manera en que el mundo estaba hecho; por eso inventaron un Dios que abominaba el placer, a diferencia de los
pueblos mediterráneos, que concibieron dioses menos adustos y más licenciosos

Pero el sexo, no digo el amor, ¿no necesita de las regulaciones de una moralidad? ¿No es tal vez
eso, según algunos tratadistas, uno de los rasgos que nos distingue del resto de los animales?
¿Tienes alguna idea sobre la monogamia?

—Sin presumir de libertino contigo, te confieso que cada vez entiendo menos la “fidelidad sexual”, que no es
idéntica a la lealtad que debe tenerse una pareja o la que se espera entre amigos; pero imponérsela a los
hombres, a los varones, es todavía más absurdo. Los hombres somos naturalmente promiscuos, como casi todos
los machos del reino animal, y la actividad sexual de cualquier clase —incluidas las orgías y el bestialismo (conste
que este último nunca lo he practicado)— son derivaciones naturales de una criatura innovadora. Me acuerdo
que una vez en Cuba, en una cena de fin de año, a la que asistíamos como veinte personas incluido Reinaldo
Arenas, uno de los invitados intentó convencerme de que el sexo debería  practicarse en grupo, con la misma
naturalidad con que estábamos compartiendo aquella mesa. El argumento era convincente; pero los comensales
no. Seducido intelectualmente por la idea, recorrí con la vista a los presentes y los encontré a todos, mujeres y
hombres, tan poco atractivos que, sin esperar a los postres, me escapé. Nunca supe si la orgía llegó a tener lugar.

Cuando no eres conservador eres “extremista de gandinga”. Pero hay que reconocer que tus
“extremos” son, cuando menos, muy interesantes…

—Bueno, ya hay algunos que me llaman fascista. En un artículo escrito en 1957, Gastón Baquero denunciaba
esa manía de los comunistas de acusar de fascistas a todos los que discrepan de ellos, como si fascismo y
comunismo no fuera casi lo mismo: el baratillo de las ideas políticas. El fascismo es, de alguna manera, más
peligroso por su alianza con el capital; de ahí el temor que me inspira China, donde el maoísmo tradicional —que
los mantenía dulcemente en el atraso— ha dado paso a un estado fascista con una formidable pujanza
económica. China tiene todos los ingredientes del fascismo: partido único, capital, creciente desarrollo industrial,
ambiciones expansionistas, nacionalismo y xenofobia. Si Alemania, siendo tantas veces más pequeña, fue capaz
de poner en jaque al mundo; no quiero imaginar lo que sería un destape de China


¿Por qué no aventuras una autodefinición en política?.

—No me gustan las etiquetas; para algunas cosas soy conservador; para otras, en extremo liberal. Estoy a favor de
la libertad de comercio y de la globalización; pero eso no me hace ni siquiera conservador; todo lo contrario, lo
que no me hace es un idiota de izquierda: el militante convencional que se viste de cierta manera, camina de
cierta manera; sabe muy bien vocear sus consignas y enarbolar sus pancartas y tiene el retrato del Ché donde
antaño tenía al Sagrado Corazón. Detesto a esa gentuza. No tengo remilgos en declararme pro imperialista. Te
confieso que me encantan los imperios; algunos imperios más bien —Roma, Gran Bretaña— y, sobre todo, las
acciones decididamente imperiales, como ésta que acaba de llevar a cabo Estados Unidos en Irak, especialmente
cuando van contra la prepotencia de los tiranos del tercer mundo. Además, cada acción militar norteamericana
contra una tiranía tercermundista, sienta un precedente para Cuba, acerca, aunque sea a nivel premonitorio, el
fin violento del castrismo, que es al que aspiro como la más saludable y justa solución para nuestro país. Me
horroriza pensar en esa mezcolanza entre víctimas y verdugos con que sueñan los portavoces de la llamada
reconciliación nacional. Ésa sería una solución menos cruenta a corto plazo; pero endeudaría moralmente a
Cuba por generaciones. Si bien sería muy triste que, de producirse un colapso de la autoridad, tuviera lugar el
temido “baño de sangre”; sería igualmente lamentable que la justicia no alcanzara a los grandes culpables de
nuestra tragedia nacional

Borges creía que para un escritor era más grave caer en el lugar común que en el error; si es
que existe el error literario. ¿Qué crees al respecto? ¿Tendría lo anterior algo que ver con tu idea
acerca de las “viejitas del idioma”?

—Ciertamente, las “viejitas” no son más que lugares comunes, y el lugar común, que es la forma más constante
del ripio, es también la agresión más corrosiva a cualquier obra literaria, porque la contamina irreparablemente y
la hace trivial. Cualquier escritor que aspire a la excelencia —y ésta debe ser la máxima aspiración de cualquier
artista— ha de huir conscientemente del lugar común; salvado el cual el escritor tendrá todavía que hacer
literatura a partir de lo más esencial: su imaginación y sus ideas, si es que las tiene. Lo más triste, en algunos
casos, es que una vez sorteado el obstáculo con que siempre nos acecha el lenguaje y dominada cabalmente la
expresión, el “gran escritor”, que a veces no es sino un gran escribano, descubre —o más bien lo descubre ese ser
extraordinario que antes llamaban, para decirlo con una viejita, el “amable lector”— que detrás de esa escritura
impecable, ya despojada de lugares comunes, se encuentra el vacío. Tal vez éste sea el “error” más grave de
cualquier escritor, un error básico, de vocación adulterada.


Sé que este tema es un poco incómodo; pero lo legitima el hecho de que, a pesar de todo, entre
la obra de Arenas y la tuya existe una relación de la cual los lectores hablarán y mitificarán. He
leído lo que has escrito sobre Arenas, te he escuchado; pero hay algo más insólito aún, he tenido
acceso, gracias a tu gentileza, a las amables dedicatorias con que te regaló algunos de sus
libros. ¿No hace esto un poco extraordinaria la relación entre ustedes? ¿No crees que haberse
conocido haya resultado a la larga significativo como una suerte de “trato intelectual” con un
importante mensaje cultural?.

—Roberto Valero insistía en que, a pesar de las muchas cosas malas y mentirosas que dijo de mí y las numerosas
menciones, alusiones y caricaturas de que me hizo objeto en varias de sus obras, Arenas me tenía cariño y hasta
una secreta admiración o envidia. Tal vez, aunque esto último no sabría bien por qué. Yo le tuve mucho afecto y
el era pródigo en zalamerías, lo cual explica un poco —si bien no del todo— esas largas y cariñosas dedicatorias
de algunos de sus libros. Si algo de extraordinario tuvo esa amistad es que durara por varios años, pese a ser
nosotros tan distintos, en el aprecio de ciertos valores, en nuestros gustos literarios…

En toda relación humana, cada una de las partes se ve afectada por la otra o las otras, y por mucho que yo no
quiera o que deteste el mundo literario de Arenas —sin dejar por eso de reconocer su ingenio y sus aciertos en
medio de esa avalancha de necedades que era su escritura— algo de ese mundo, alguna idea, algún destello
(Arenas, por lo general no pensaba, más bien echaba chispas) debe quedarme por algún rincón; no sé, no me
interesa ni destacarla ni expurgarla.

Bueno, esta para finalizar. Creo que sabemos bastante acerca de tus ideas políticas, siempre
polémicas; de tus preferencias literarias y religiosas; de tus viajes y de ese mundo vital que,
cuando lo recreas anecdóticamente, es incluso arte cuando algunos dicen que escándalo. Sin
embargo, poco sabemos de tus preferencias musicales, un dato importante tratándose de un
cubano de Trinidad y West New York. Podríamos terminar relajadamente si accedieras a hablar
un poco de esto, ¿te decides?.

— Si quisiera contestarte con una boutade te diría que la única música que me gusta y disfruto de veras es la
barroca —Bach, Hændel, Vivaldi— y en ello no dejaría de haber mucho de verdad; la música barroca es la que
siempre tengo de fondo, aunque no la oiga, la que resuena constantemente en el algún rincón de mi cabeza
mientras camino o leo; me identifico con aquel momento de “Memorial de un testigo” en que el personaje poético
de Baquero se reconoce, en una de sus tantas mutaciones o reencarnaciones, como una suerte de lacayo de
Luis XIV que trabajaba al son de la música de Lalande. Pero aún tengo oído para otras ritmos, para otras
estructuras. En cuanto a música culta, mi disfrute auditivo, puramente sensual, llega hasta Debussy. Todo lo que
viene después ya exige mi atención intelectual y siempre me quedo con la impresión, aun en las obras que me
gustan, de que puedo haber oído mal.

En cuanto a música popular, mi registro es bastante amplio, aunque apenas si rebasa la década del cincuenta. .
Las estridencias que han entusiasmado a las tres últimas generaciones, me ensordecen antes de oírlas. De los
ritmos cubanos, sigo creyendo que el danzón es su expresión más auténtica, punto en que confluyen
magistralmente el salón y el barracón, y el mambo me parece el momento más complejo, el mejor logrado en el
proceso de internacionalización de nuestra música, todo lo que vino después es  parodia o detrito. El son, cuya
importancia en la música popular cubana sería difícil de sobreestimar y que volvió a ponerse de moda con los
viejitos de Buena Vista Social Club, me resulta de una elementalidad intolerable. Sólo el merengue puede ser peor.
En esto no sé en que pueda influir la vecindad de West New York; pero te recuerdo que vivo en Guttenberg,
municipio limítrofe en el que no creo que haya muchos cubanos ni, hasta donde sé, sitio alguno que difunda su
música.



Emilio Ichikawa.
Guttengerg-Miami

Otoño del 2004.