volver
menú
Enrico Mario Santí: viene en el siglo.



Estudioso incansable, ejemplo de lo que Emerson definiera como un “american scholar”, Enrico Mario Santí es uno de los
grandes conocedores de la cultura hispánica; además de un sentidor de la literatuca cubana y su engreído contexto social y
político. Su itinerario en las universidades norteamericanas es extenso: Vanderbilt, Yale, Cornell, Duke, Georgetown. Hoy
enseña en la Universidad de Kentucky y escribe en su casa de Claremont, California, junto a su familia y una mata de
aguacates. Los tópicos que se abordan aquí se centran en su libro Bienes del siglo ( Fondo de Cultura Económica México,
2002) que, como él mismo ha dicho, recoge las pasiones de un horizonte existencial: el de ser un exiliado cubano.


1-EI: Dice que en su etapa en Yale University, además del encuentro cubano con José Juan  Arrom, le sucedió el destino de
conocer a Emir Rodríguez Monegal. ?Qué pasaba en sus clases?, ?cómo fue que le convenció para hacer una tesis sobre
Neruda?.

EMS: Emir era lo que en USA llamamos un celebrity. Mitad hombre de letras, mitad empresario cultural. Sus clases eran
divertidas e informativas, pero no rigurosas. En ellas aprendí mucho de cómo conducir una clase sin que los estudiantes se
aburrieran. Pero no puedo decir que aprendí a leer, propiamente. Eso lo había aprendido antes de llegar a Yale, como cuento
en el prólogo de Bienes del siglo. Tal vez fue eso, que demostré en mis trabajos y presentaciones de los seminarios de
Emir, lo que nos acercó. En el departamento de español había grandes fricciones, no siempre académicas, entre los
profesores, y una de ellas era la que rivalizaba a Arrom con Emir. Arrom es un viejo bulldog, graduado de Yale y veterano
profesor. Vive en Estados Unidos desde los años treinta, cuando su acaudalada familia del norte de Oriente le envió a
estudiar a este país y escapar el machadato. Emir, en cambio, era un reciénvenido al mundo académico americano, aunque
había enseñado en Montevideo, París y Cambridge. Pero la fricción entre ellos era, además, de índole política. Arrom
simpatiza con el castrismo, mientras que Emir era su bestia negra, satanizado como había sido por el affaire Mundo Nuevo.
Pronto me encontré en una disyuntiva: Arrom es, o al menos era en ese entonces, una excelente persona y un amable
compatriota; Emir era menos académico, en el sentido profesional del término, y mantenía cierta distancia con los
estudiantes, al menos al principio. Pero sus ideas eran más novedosas (eran los años del boom de la novela y del
posestructuralismo en la crítica) y, francamente, me sentía más cómodo trabajando con él. Todavía recuerdo con angustia el
día en que tuve que notificarle a Arrom mi decisión. Puede que se haya sentido traicionado, aunque su integridad como
profesor y como persona le impidieron criticarla. Mi primer curso con Emir fue un seminario de literatura comparada sobre
Neruda y Whitman. De mi proyecto en el seminario, sobre la imaginación profética y romántica en ambos poetas, nació la
tesis. En ello influyeron, sin duda, otros cursos de Yale a los que asistí durante esa época, con Paul de Man y Harold
Bloom.    


2-EI: En su ensayo Parridiso hace una observación que es un hallazgo, una interpretación sentenciosa de la estética de
Lukács acerca del arte moderno como un reemplazo de “lo típico concreto” con lo “abstracto particular”. ?Comparte esa
tesis?, ?le ha sido útil en el estudio de la literatura hispanoamericana?.

EMS: No soy filósofo, así que seguramente meteré la pata. (No será la primera vez.) Alude Ud. a la segunda nota al pie de
ese ensayo donde me refiero, entre otras fuentes, al “escándalo” del arte moderno”, que Lukács resume en su ataque a
Kafka y la “ideología” de lo que los anglos llaman modernism y nosotros vanguardia. No comparto, desde luego, esa
piadosa diatriba a favor del “realismo crítico”, que es tan sólo una apología velada del realismo socialista. Francamente,
nunca me he planteado extender el concepto a otros textos, pero no estaría mal hacerlo, como Ud. sugiere, sobre todo en lo
que toca a la narrativa cubana de la llamada revolución. Los estudiosos que han tratado el tema—por ejemplo, Menton o
Souza—no se plantean el asunto. Sería interesante aplicarlo a la secuela “carpenteriana” que abarca escritores tan disímiles
como Benítez Rojo, Díaz  y Otero.  


3-EI: Fue editor del ensayo de Fernando Ortiz Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar para la casa española Cátedra en
2002. En esa edición incluye el prólogo de Bronislaw Malinowski para la primera edición, firmado en Yale en Julio de 1940.
Malinowski, después de decirle un par de veces “funcionalista”, asegura que Ortiz trabaja sin “pedantería”, “con vena
volteriana”. ?Se puede entender que el investigador se divierte, que “goza”?, ?que la sociología está aquí cerca del arte, de la
“sabiduría” en sentido amplio?.

EMS: Malinowski y Ortiz eran amigos, aunque la relación entre ellos fue breve—apenas tres años. La introducción, que Ortiz
le pidió, dejó mucho entre líneas, sobre todo el tinglado político que Ortiz debe haberle contado y que, tal vez por acuerdo
tácito, se dejó flotar. (No olvidemos, también, que Portell-Vilá escribió un prólogo por su parte donde sí abordó lo que en mi
edición llamo “la crítica de la caña”). Supongo que Ortiz, y más Malinowski, gozaban de la investigación. Se nota bastante en
el tono de sus obras, a pesar de la veta museográfica, restos del positivismo, que afecta gran parte del contenido de las
obras de Ortiz.  Pero el Contrapunteo, como algunos han notado, es un texto donde Ortiz se esmeró en su estilo, por lo
menos en el ensayo delantero. Al hacerlo, su prosa se acercó, sin duda, al arte literario, en esto tan parecido a Malinowski,  
aunque no creo, como otros insisten, que eso de por sí lo hace un texto artístico, o literario. En cambio, Ortiz sí propone y
practica, y por eso es tan buena su pregunta, una más amplia sabiduría, dado que estaba muy consciente del efecto que sus
observaciones podían tener en Cuba: en la cultura en general y en la política en particular. Más sabía Ortiz por viejo que por
sociólogo... En cuanto a mí me toca, sí gozo de la investigación y, sobre todo, de su organización formal en narrativa crítica.
Es una de mis adicciones.


4-EI: En el texto Periodismo y literatura hace una observación inédita hasta el momento acerca del desplazamiento que en el
interés de la cultura oficial cubana tuvieron los “intelectuales” (profesores, investigadores, ideólogos) a favor de los
“periodistas”. De hecho, al exiliarse, varios de aquellos periodistas no han ido a redacciones sino a universidades en calidad
de doctorandos y profesores de lengua y literatura españolas. ?No puede implicar esto un cambio de perfil o de estrategia
política en el enfoque de las disciplinas en el marco de la academia norteamericana?, ?cómo puede influir en el
planteamiento de un intercambio profesional entre la isla y el exilio?.

EMS: Divido mi respuesta en dos. Por una parte, lo que digo allí es que al menos en cierto momento, el de la llamada
“rectificación,” suerte de respuesta al glasnost soviético, el régimen hizo explícita su preferencia por el periodista por encima
del intelectual. Dada la necesidad de control, la razón era sencilla: el periodista debe describir la realidad, mientras que el
intelectual puede, y en cierto modo debe, decir No. Es decir, el intelectual es crítico; el pediodista no tiene por qué serlo. No
creo, en cambio, que la preferencia haya sido tanto por el periodismo en sí cuanto por cierta anuencia a la política estatal,
que es más fácil aplicar al periodismo. No son los periodistas sino su práctica lo que el régimen desea regular. Por otra
parte, y en efecto, la diáspora forzó a muchos profesionales cubanos a reciclarse como profesores de español en EE.UU y
otros países. Algunos, como Carlos Ripoll, hicieron una gran obra; otros, los más, desempeñaron carreras dignas y, sobre
todo, lograron mantener viva la causa de Cuba en el siniestro mundo académico norteamericano. Conozco sólo un par de
casos que pasaron del periodismo a la enseñanza: Roberto Esquenazi-Mayo y Antonio Benítez Rojo. Pero Roberto vino a EE.
UU. en los años cuarenta, y el periodismo de Antonio fue una de varias carreras que practicó. Por tanto, los casos a los que
Ud. alude son para mí forzosamente hipotéticos. Sí observo que la academia norteamericana es demasiado diversa para
que un grupo, o escuela, domine una estrategia política, o siquiera un intercambio profesional entre isla y exilio. Sin
embargo, la idea de un intercambio yace al menos implícita en los programas de estudio en Cuba que patrocinan
universidades norteamericanas, incluyendo algunas en la Florida, donde enseñan profesores de origen cubano. Pero ni el
Estado cubano permite que ellos enseñen allá, ni a las instituciones cubanas les interesa, con contadas excepciones, enviar
expertos o especialistas, sino policías disfrazados de humanistas. Tal vez en las ciencias duras se dé más ese verdadero
intercambio, sobre todo de allá para acá. Pero en lo que he visto hasta la fecha de las ciencias sociales o las humanidades,
el llamado canje ha sido falso.              


5-EI: En la Introducción a Bienes del siglo aborda el asunto del diálogo entre cubanos del exilio y autoridades cubanas en
1978. Es significativa la presencia de tantos académicos e intelectuales en ese evento. ?Cómo se concibió esa presencia?,
?cómo se eligieron?, ?había algún indicador preexistente al acto mismo de la selección?. Los matices y diferencias que hoy
se observan entre los académicos cubanos en Estados Unidos que participaron en aquel encuentro, ?ya estaban presentes
cuando llegaron a la isla o se forjaron en ese mismo diálogo?.

EMS: Creo que es en el prólogo a Por una politeratura (Edic. El Equilibrista, México, 1997), mi libro anterior, donde aludo al
llamado “diálogo”, aunque en Bienes sí recojo otro texto, “De Hanover a La Habana”, donde hablo de ese momento en mi
itinerario. El tema, por cierto, empata con la pregunta anterior. Hablando del llamado “diálogo”, todavía recuerdo cómo un
eminente profesor, en medio de las discusiones que sostuvimos sobre los acuerdos, le sugirió directamente a Fidel Castro
establecer un intercambio que el profesor llamó “profesional” y que podría empezar, a manera de experimento, con
profesores universitarios. Hasta se ofreció él mismo como primer voluntario. Castro se rió de la propuesta y señaló
(estábamos en 1978) que en Cuba ya no había “profesionales”: se había hecho una revolución de obreros y campesinos.
Esa presencia en el llamado diálogo de profesores e intelectuales de buena voluntad y no poca ingenuidad se debe a que la
idea la había promovido, además del banquero Bernardo Benes en Miami, gente como Lourdes Casal y Marifeli Pérez
Stable, en Nueva York, ambas profesoras que en ese entonces militaban en las filas de la revista Areíto, un grupo de
jóvenes, no todos profesores, que abogaban por un acercamiento a lo que ellos llamaban “Cuba”. Mis comillas ironizan el
concepto porque, al igual que años después haría el grupo de Bridges to Cuba (Puentes a Cuba), nunca se plantearon que
“Cuba” no existía sin pasar por el tamiz ideológico, o mejor dicho la maquinaria policíaca, del Estado. No tengo idea de cómo
se escogieron los que participamos, aunque supongo que debe haber habido una identificación de personalidades abiertas
al encuentro y una disposición que hoy llamaríamos “políticamente correcta”. (Todavía sonrío al recordar una profesora del
grupo que, en la excursión que nos dieron a Tropicana, me señalaba esa noche, extasiada, cómo el show que mostraba una
pelea de gallos eliminaba “la obscenidad” y mostraba ¡el heroísmo del pueblo  combatiente!) En realidad, el “diálogo” nunca
fue tal. La agenda estuvo controlada por el régimen, y si hubo disensiones abiertas no tuvieron resonancia. Hubo dos
grupos: uno que viajó en noviembre, y el mismo grupo ampliado por más participantes que viajamos al mes siguiente. Yo
estuve en el segundo, apenas cuatro días, pero francamente no recuerdo que nadie, ni de una ni de otra parte, jamás me
pusiera al tanto de la agenda, aunque sí se habló mucho de los acuerdos, que para entonces era un fait accompli. Me limité
a escuchar, mitad asustado, mitad esperanzado: era la primera vez que regresaba al país desde mi salida, de niño, en 1962,
y me movía más el “embullo” que la razón.  No creo que el diálogo forjó nada, salvo—honrosa excepción—facilitar el traslado
de los ex-presos y sus familias a territorio norteamericano. Mucho menos posiciones definidas en torno a la cuestión
cubana. A los dos años algunos de los que fuimos esperanzados terminamos desilusionándonos  con el otro gran evento
que le sucedió: el Mariel. Nunca se ha reflexionado, que yo sepa, que el Mariel fue la negación del Diálogo. (Por ejemplo, en
el tema de la reunificación familiar, que los barcos atestados de presos y enfermos mentales echaron por tierra.) Otros
profesores, que hoy abogan por un mayor acercamiento—como Jorge Domínguez, o Alejandro Portes—ni siquiera formaron
parte del grupo del diálogo.              


6-EI: El Epílogo a Bienes del siglo salva con la simpatía y la autenticidad esos riesgos que existen en toda memoria. Su
“mata de aguacate(s)” puede estar ya a la altura de otros árboles literarios, como el almendro, el olivo, la caña, la palma, la
yerba buena y el toronjil... ?Lo elevaría Ud. al rango de árbol de vida?, ?nos dará más cosecha literaria su “aguacatero”, o
“paltero”, como dicen los chilenos?.

EMS: Como muchos compatriotas que han pasado por el exilio, hace tiempo que escribo unas memorias. Pero como
desconfío del yo romántico y siempre lo he visto, con Whitman y Neruda, como un sujeto descentrado o bien por la
inspiración o por la retórica, me resisto a explayarme en el tiempo. (La vida del profesor, a pesar de lo que dicen los
profesores, no es interesante...) Lo que quiero es contar la historia de mi primer año como exiliado, delimitado por dos
eventos históricos: la Crisis de los Misíles (mi familia y yo salimos de Cuba el 16 de octubre de 1962, una semana antes de
que Kennedy proclamara la cuarentena) y el asesinato del propio presidente, un año después. El trauma (no hay otra
palabra) de ese año en mi vida me dejó recuerdos y angustias imborrables que hace tiempo requieren un exorcismo. El
problema para mí ha sido cómo aligerar el tono de este relato. !A veces lo que me sale es un remedo de Pedro Páramo!  


7.EI:  Bienes del siglo se caracteriza, entre otras cosas, por contener ensayos que lindan entre la literatura y la política. Ese
interés suyo por la política resulta, hasta cierto punto, una excepción entre los académicos cubanos que se dedican a los
estudios literarios. ¿Cómo enfoca Ud. este cruce?

EMS: Es cierto que algunos de mis ensayos sobre tema cubano se interesan por la política, pero agregaré enseguida que
se ocupan del tema únicamente en cuanto tocan la temática intelectual y literaria o, como diría un burócrata, la “política
cultural”. No soy ni politólogo ni historiador, pero considero que la política, y sobre todo la moral política, y en el caso de la
literatura cubana actual, que tanto abunda en el tema, es demasiado importante para dejarla en manos de especialistas.
Entre los académicos cubanos dedicados a la literatura, en mi generación al menos, es un tabú escribir sobre política, o
mezclarla con la crítica literaria: es más común un tipo “Roland Barthes” que un “Edward Said”. De hecho, conozco a algunos
que no sólo desdeñan el tema sino que reprochan abiertamente a aquellos que, como yo, nos ocupamos de él. (Uno de
ellos ha llegado a decir, nada menos que sobre el Octavio Paz ensayista, que su obra está llena de “basura ideológica”). En
cambio, mi propia opinión sobre estos colegas es distinta: lamento que no escriban sobre política, pero no los reprocho. Si
escribir sobre este tema es una cuestión de conciencia, ¿cómo exigirles lo que no tienen? Aunque tal vez la situación sea
aún más complicada. Muchos de ellos sí abrigan las mismas opiniones que yo enuncio, pero no las ponen por escrito por
temor a que tengan una repercusión, digámoslo finamente, “profesional”. Prefieren la anuencia hipócrita a la articulación
racional, y sucumben a las presiones de una academia  que se caracteriza por su paternalismo hacia Cuba y América Latina
en general y una actitud cínica hacia su cultura. Murmuran sus opiniones, no las piensan... Con esa complicidad hace
tiempo decidí romper. Me ha costado lo que ellos no están dispuestos a pagar. Pero a cambio he ganado no sólo lectores
que simpatizan con mis ideas; también una conciencia tranquila de la que, tal vez, ellos carecen.                 


8-EI: Y para finalizar, le pedimos una exégesis de una afirmación que desliza con mucho cariño en ese mismo Epílogo, una
hipótesis de “microidentidad”: “me siento más cercano a los cariñosos orientales que a los díscolos habaneros”.

EMS: Nací en Santiago de Cuba, pero me crié en La Habana. Mis recuerdos de Oriente, de donde es toda mi familia, son en
cambio mucho más vivos y enternecedores que los que guardo de la capital. A lo mejor me equivoco—la memoria es
porosa, dice Borges—pero en mi imaginación Oriente es una mata de aguacates, La Habana una guagua; Santiago de
Cuba una sonrisa, La Habana un grito. ¿Son de la loma y cantan en llano?

Emilio Ichikawa.
Mayo-2005.