Ramón Fernández Larrea (Preguntas).
1-Recuerdo que a principio de los `80 alguien me pasó dos números de la revista Espiga, que se
hacía en Jaguey Grande, provincia de Matanzas. Recuerdo un texto de García Márquez sobre los
Beatles, sobre Lennon, y unas ilustraciones de Servando en sus páginas. Eran apenas unos
trazos horizontales que semejaban un acople de cuerpos desnudos.
¿Qué añoras, si añoras, de esos tiempos?.
-He llegado a aprender que la nostalgia es sólo un pretexto para detenerse. No me gusta la nostalgia; siento, a
veces, eso que los gallegos llaman “morriña”, y los portugueses “saudade”, que es como una ligera apretazón
inexplicable en el pecho, fácilmente confundible con un infarto, pero pasa, como un relámpago, y sé entonces
que estoy vivo porque me acuerdo de cosas del pasado, como fogonazos, no como un guión de película o novela.
Te digo todo eso porque no añoro nada de todo aquello, y si me pides que salve algo, salvaría tal vez el candor
con que pensábamos y hacíamos las cosas. Candor e ingenuidad, los defectos que prefieren quienes nos
engañan. Esa mezcla se llama inocencia, que unido a desinformación y al ímpetu juvenil, produce una clase de
anormal muy bonito, con mucho entusiasmo. Salvaría el candor porque explica un poco algunas partes de mi
vida. Y del candor salvaría la honestidad con la que creíamos entonces que podíamos cambiar todo un
concepto de la cultura, sin darnos cuenta que la cultura es una manera más de la política, y sin cambiar una
cosa tampoco cambia la otra.
Espiga fue una propuesta, un haz de rebeldía, con la insolencia típica y mesurada de los jóvenes, en una región
donde creímos podía hacerse. Cuando uno es inocente, todo desafío es rebeldía. Cuando ya comienza a
preguntarse por qué no cambian las cosas o a quién le interesa que no cambien, y se pone peligroso, ya está
rozando la disidencia. Cuando se sabe bastante, lo suficiente como para actuar con cinismo y determinación, sin
candor, entonces ya uno es un insurgente. Creo que quiero mucho a aquel rebelde que fui, porque de allí salió
el insurgente que soy ahora. Fue una etapa rica en tropezones y en sueños. Hay algo más enrevesado que la
burocracia cultural y política, y es la burocracia cultural y política de provincias, con todos los complejos que
lleva. De aquellos enfrentamientos nacieron cosas, un despertar de conciencia para preguntarse qué había
detrás de todo.
Cuando recuerdo el lenguaje de pastor bautista que llevaba el primer editorial de la revista, me avergüenza.
Estábamos imbuidos por el mesianismo de los líderes.
¿Es verdad que los dibujos de Servando sirvieron como pretexto para censurar la revista?.
-Los dibujos de Servando solamente fueron eso, un pretexto, uno de los pretextos; pero les preocupaba más que
no hubiera un aparato superior que tamizara los textos, un control. No podían soportar la libertad con la que
hacíamos una publicación como aquella. Todo murió porque descubrimos que podíamos realizar otras cosas en
otros sitios. Ya nos ahogaba la concepción guerrillera de la brigada cultural donde trabajábamos. El estilo de
cultura de guerrilla, de hacer brigadas para llevar la luz y el arte a sitios donde tradicionalmente ningún
mecanismo los acerca, era típico de la sociedad cubana de esos años.
Los dibujos de Servando, pura línea sugerente, eran como el test para los descocados: tú veías lo que querías
ver. Podían ser caminos que se cruzaban, carreteras, mapas del destino, torrentes de la sensualidad. Pero los
aberrados –que suelen ser siempre los más incultos, esa raza que le interesaba al Partido Comunista- sólo vieron
infames actos sexuales. Es como el cuento del doctor , el niño y el padre con los dibujos de palitos en un papel.
Y aquel texto sobre Lennon, firmado por García Márquez, era uno de nuestros pequeños desafíos –entonces
pensábamos que éramos terriblemente provocadores- pues no lo había querido publicar El Caimán Barbudo. En
esa etapa aprendí a hacer radio, y mira todo lo bueno que me trajo más tarde.
2-Durante un tiempo los amigos decían (con buena intención, lo aseguro) que eras el poeta “más
mentado” en Cuba, por aquello de que recibías muchas menciones y se trababan los premios. De
verdad, ¿crees que había algo incómodo en tu poesía que persuadía a los jurados de llegar
hasta las últimas consecuencias en el reconocimiento?.
-Los jurados no entendían mi violencia verbal. No decían directamente que les molestaba, pero nadie quería
comprometerse con un lenguaje que sonaba desafiante, sobre el filo de una navaja. Estaba aún muy cercano el
caso Padilla, y su fantasma deambulaba como una culpa sobre muchos intelectuales temerosos, aun entre los
que en ese momento mantenían sus empleos de “defenestrados”. Era el momento de agradecer y no de
confabularse con un poeta joven que les parecía insolente, verbal y vivencialmente.
Había una especie de rito con los concursos, sobre todo con el Premio David, para los jóvenes inéditos: quien
agarraba mención, al año siguiente era primera mención. E ineluctablemente –o irremediablemente- tras ser
primera mención, te correspondía el premio. Conmigo se rompió esa cadena.
Fiel a la tradición – o a la superstición- al año siguiente de ser primera mención, volví a enviar ese libro,
mejorado; y no solamente no me dieron el premio, sino que lo escondieron, como si nunca lo hubiera mandado
al concurso. Y todo por uno de los poemas sobre el che, que cuestionaba a todos los que se entusiasmaban en
los aniversarios y el resto del año se olvidaban. Era un poema “revolucionario”, pero con un ángulo incómodo. Y
no era el más terrible del libro. La prueba fue que meses después, mientras estaba en una absurda aventura en
Angola, le dije a mi hermano que quitara ese poema –que tampoco me parecía bien logrado- y lo enviara de
nuevo a otro concurso nacional. Fue premio, por fin. El libro es El pasado del cielo.
3-¿Qué le debe tu poesía a la nueva trova cubana?, ?se acabaron por fin los recitales de poesía
como aquellos que hacían Alberti y Guillén, incluso Benedetti y Fernández Larrea?.
-Sería mejor preguntar qué tiene la nueva trova cubana que te lleva a hacer esa pregunta. La nueva trova
intentó usar el lenguaje cercano a la poesía, o lo logró en algunos casos, como antes también lo hicieron los
trovadores con otro lenguaje. Sucede que los de antes, los trovadores populares, tenían muy pocos estudios,
porque eran carpinteros, barberos, sastres, estibadores, gente humilde, que componían esas letras casi de oído.
Hay que ver lo enrevesado que es a veces Sindo, y lo claro que también es en su acercamiento emocional. La
nueva trova, como movimiento artístico negó todo un lenguaje muy manido –a veces demasiado simple como en
el filin- y se lanzó a buscar otro. Por ahí debajo estaba Manuel Corona y Eusebio Delfín, pero también Bob Dylan,
el country que relata historias, el blues con su dolor, y el rock sicodélico de Jim Morrison con The Doors, con el
desafío de no acatar las reglas. Tal vez mi poesía le deba a ese movimiento –el artístico, no al que luego hicieron
político- cierta oralidad, sonoridad, y deseos de comunicación. El verso como conmoción e inmediatez. Y una
confrontación diferente: yo no iré a ti, tú vendrás a entenderme.
En ese plano me siguen interesando muchísimo los recitales de poesía. Pero he evolucionado, desmarcándome
de la idea poeta-trovador –, que en realidad eran casi lo mismo, con cierta ventaja emocional para el de la
guitarrita, porque ese sabía cantar-. Creo que un poeta puede ser un tremendo comunicador si se apoya en
técnicas útiles del teatro, y se despoja de parafernalias extras. Mucha gente anhela tener solamente el
enfrentamiento con el texto bien dicho, la voz y la sugerencia de la poesía. Un mar de islas individuales bajo el
viento.
Se subestima mucho la posibilidad de que la poesía –ese misterio tan íntimo, esa forja de orfebrería solitaria-
pueda encontrar resonancia leída en público. Y no hay que sacarla de los libros por pura rebelión, sino porque
su misión primera es de vaso comunicante. Yo disfruto mucho cuando puedo leer en público. He llegado a
desdeñar, a rechazar las tertulias y otras maneras de pura autocomplacencia. Como me opongo a leer en
colectivo, porque me suena a feria de predicadores. Y me opongo con mucha más fuerza al binomio músico-
escritor –siempre hay algún estúpido que te pide que le pongas un fondillo musical al poema- porque eso
destruye la importancia del poeta, con su voz como único instrumento. Claro que no todos los poetas saben leer
bien sus creaciones, y hay casos lamentables. Otros, sin embargo, son curiosos: Pablo Neruda, con una voz de
pitido de cocina, como de escape de gas, logra enervar los sentidos con su cadencia. Paladea las palabras de
una manera tan golosa que uno se enamora del lenguaje. Y no hay que olvidar que el lenguaje es nuestro
estandarte, el instrumento primario.
Yo comencé diciendo mis poemas –primero leyendo y luego apelando a la memoria- desde muy joven. Y luego
tuve una escuela tremenda con aquel grupo llamado “Canción y poesía”, que hacía veladas todos los miércoles
en el parque Lutgardita de Boyeros y los domingos en el taller de cerámica del Parque Lenin. Y en decenas de
brigadas que recorrían el país. Escuelas, fábricas, casas de cultura, bateyes, explanadas. Claro que siempre era
con música. Hice recitales con Ireno García, con José Raúl García y con Frank Delgado. Pero ya esa etapa
quedó atrás.
Hoy prefiero un pequeño café, o un auditorio íntimo; algún saloncito de librería. Disfruto más mirando la reacción
de las personas, sentir cómo hacen suya la palabra, y sé que cuando vuelvan a leer el poema, mi voz, o la
cadencia que le di a los versos, le ayudarán a entender el sentido profundo de esas imágenes.
Hace dos años leí un poema en una concentración monstruosa en Santiago de Compostela. Estaba Pablo
Milanés y algunos cantores españoles. Imagínate que me tocó decir mi poema Muerte del tonto de la colina entre
dos canciones de ese mito que se llama Paco Ibáñez. Y delante de cinco mil personas que respiraban en la
oscuridad. Fue otro momento de la magia.
4-Mucha gente te identifica como humorista; mientras, hay en tu poesía un tono muy beligerante,
cierto dolor, o rabia. ¿Marchan bien esas cosas cuando se encuentran en una misma persona?.
-No te diré que esa es mi cruz, porque no sufro llevándola. Puede parecer una dicotomía, un horroroso
desdoblamiento de personalidad, una especie de Doctor Jekill y Míster Hyde, aunque está más cercana a la idea
de Italo Calvino en Las dos mitades del Vizconde, pero no en el sentido del bien y del mal, que se complementan
y se equilibran. Creo que son dos géneros de expresar, de comunicar, de subvertir la realidad o de apresarla. Al
principio también me asombraba esa dualidad. Hasta que aprendí que son dos oficios, dos profesiones muy
serias, dos miradas, dos valoraciones. Y por supuesto que siempre una contamina la otra. No es que uno diga:
esta tarde seré humorista, o viceversa.
Hay prejuicios por los dos lados, por el humor y la poesía; imagina entonces cómo se siente un hombre que
carga esas dos caras en un mismo cuerpo. Por un lado, si bien la poesía es mejor valorada en lo social, como
sigue la idea de que es elitista, sufre esa incomprensión. Eres poeta y se te tolera. “Es poeta”, dicen, como si se
hablara del loco o el inútil de la familia, además de los consabidos clichés de los poetas encerrados en sí
mismos, con su carga de nocturnidad y alevosía, alcohol, sexualidad, romanticismo.
Y no tengo que extenderme mucho para convencerte de la poca valoración que tiene el humorista. Es cierto que
le quieren incluso más que al poeta, lo sienten más cercano, pero víctimas del mismo error: “ese hace reír, es
cómico, es un jodedor”. Y todos esperan que andes constantemente haciendo chistes, sonriente. Que seas la
candela. Cuando el humor es un trabajo de tanta responsabilidad, orfebrería y soledad como la del poeta. Y sin
embargo, en otros casos sucede algo curioso y doloroso: Mark Twain es menos valorado que Tolstoi o
Dovstoievski, cuando llevaban tal vez el mismo sufrimiento pero eligieron volcarlo con sistemas diferentes.
Para mí tienen el mismo grado de patetismo Huck Finn que Raskólnikov.
En mi caso, como sé que estas dos vertientes son como hermanas gemelas, que se apoyan, se abrazan, se
complementan, no tengo traumas. Son mis dos tonos de rebelión, mis dos niveles de comunicación, aunque
tengo que decirte que el humorista se ríe mucho de lo que conmueve al poeta, tal vez porque aprendió a ser
más cínico. Y el poeta necesita de esas sacudidas, para afinar la puntería y limpiar la hojarasca. Si te pones a
mirar, mi humor también es desgarrado, arisco, cínico, rabioso y doliente. Loas dos vertientes parten de una sola
cosa: la pena que me da el ser humano, comenzando por mí mismo.
El humor y la poesía son mis dos autopistas paralelas hacia el infierno.
5-Dime algo de estos dos libros:
a-Matar al último venado.
-Fue el inicio de un nuevo lenguaje. Lamento que ahora, veinticinco años después, no me sacuda como la
primera vez. Queda ahí como un libro de adolescencia, como un excelente comienzo. Cualquier poeta sueña con
entrar a este mundo con un cuaderno así. Osvaldo Sánchez hizo coherente todo un universo de rebeldías
familiares, reflejó cómo comenzábamos a pensar y a hablar, aunque yo no me identificara plenamente con su
totalidad. Pero habrá que volver siempre a ese venado que dejó un rastro de sangre.
b-Todas las jaurías del Rey.
-Uno de los más sólidos testimonios líricos de mi generación. Para mí fue como La náusea, un compendio de
miedos profundos, de rechazos hondos, de finísima burla. Es un libro de madurez, en la voz plena de uno de los
poetas más asombrosos de la isla. Alberto Rodríguez Tosca tensó al máximo el arco. Tiene una carga filosófica
que no lo deja pasar de moda. Es una gran piedra de mármol en el camino de la poesía cubana.
6-Y una pregunta final, una que alguien me ha dicho que debes:
¿por qué las cucarachas se mueren con las patas pa`rriba?.
-¿Será para calentarse el ombliguito?