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| Un vacío de saber. Por alguna razón desconocida (bueno, vamos a decirla: la falta de sensibilidad para aprehender el arte), a algunos periodistas y profesores de literatura les ha dado por la teoría social. Han oído campanas, es cierto, pero hasta ahí las clases. Hace poco uno de ellos, en el colmo de la temeridad, se atrevió a asegurar en un cuarto de Minnesota que iba a estudiar alemán para traducir a Giorgio Agamben; en su opinión, el mejor discípulo de Heidegger. No tengo nada que decir sobre esta intención que no haya dicho anteriormente José Luis “El Tosco” Cortés: “Pa´ la escuelita”. Agamben no escuchó a Heidegger en Friburgo sino en Le Thor; es romano y para traducirle es mejor que estudie italiano. Estos profesores postmodernos no entienden que lo primero que hay posicionar en el postmodernismo es su epistemología. Es decir, antes de “desmitificar”, por ejemplo, el “constructo” de la excepcionalidad cubana, deben entender que la cuestión no está en si los cubanos son excepcionales “de verdad”, “en la realidad”, sino en la “creencia” de que se consideran, de que se “inventan” como excepcionales. Bastaría con limitarse a la epistemología “construccionista” del postmodernismo para alcanzar una rica comprensión del jaleo cubano; sin embargo, tampoco faltan ciertos eventos “correspondentistas” que, bajo una epistemología más clásica, avalarían discernir efectivamente sobre una dimensión excepcional de la cubanidad con alguna inclinación substancial. Veamos un par de estas salvedades criollas. Se le atribuye al ministro de propaganda de Hitler haber dicho, y a muchísima gente haber creído, que una mentira repetida mil veces se puede convertir en verdad. En el caso cubano, para que vean, la cosa parece ser diferente, es decir, excepcional: una verdad repetida un millón de veces se convierte en mentira. Todavía ayer, en el segundo día de los cuatro meses de moratoria fidelicidia y tras hartas pruebas de su mitomanía, un periodista se atrevía a decir que la cualidad que distingue la personalidad de Fidel Castro es la sinceridad. Otro ejemplo de excepcionalidad lo ha captado el escritor Ernesto Hernández Busto: respecto a Cuba las redacciones periodísticas han dejado de querellarse por tener la primicia y aspiran a conseguir la (est) “ulticia”: en torno al affaire gastroenterológico de Castro, habla más quien menos dice. Esa observación complementa otra hecha por el escritor Norberto Fuentes: en Cuba, por primera vez, la prensa dejó de ir al suceso; fue el suceso quien acabó yendo a la prensa para auto reportarse (Asalto a Radio Reloj-marzo 13, 1957). Al no ratificar aún Raúl Castro públicamente su condición de Presidente cubano en funciones, se da en la isla un vacío de poder, además de un vacío de saber. Analíticamente, Fidel Castro solo tiene dos opciones: o está vivo, o está muerto. La prensa cubana asegura lo primero, pero creerle a la prensa cubana es la cifra de la ingenuidad. Nadie debe mortificarse porque no se le crea a Taladrid cuando dice que todo es normal en la isla (por cierto, ¿qué significa que el transporte funciona “normalmente” en La Habana?; y otra cosa, ¿no cuestionaban antes a la gente por hacer el signo de “love and peace”?); ni porque se considere apócrifo el diálogo telefónico entre Randy y Fidel Castro (la conversación inalámbrica entre Randy y Castro solo puede ser emulada por la que se inventó Retamar con Borges). En compensación por el escepticismo, tampoco le creeremos cuando digan que está muerto, por lo que Fidel Castro estaría condenado a una eterna existencia por la poca credibilidad de la acción comunicativa de los voceros oficiales, más habermasianos que sus compadres de difuntas revistas del exilio. El problema entonces no radica en si Fidel Castro está vivo o está muerto, sino en quién tiene competencia epistémica para certificar una cosa o la otra. Mientras tanto, la prensa cubana ofrece dibujos en lugar de fotos, transcripciones escritas en lugar de grabaciones, diagnósticos en lugar de noticias. Hoy en Miami, los comentarios más inteligentes acerca de la dizquevida de Fidel Castro la daban los oyentes del programa Zona Zero, de Omar Moinello y el argentino Javier Ceriani (FM. Clásica 92.3); los textos más brillantes de la prensa plana eran los párrafos entresacados de las cartas de los lectores, y el artículo más convincente, el titulado “Culo”, que escribió Néstor Díaz de Villegas para este blog. . |