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| Sobre la utopía exiliar. El nacionalismo (mi referente inductivo es el cubano) tiene formas variadas de manifestarse. Enumero tres: 1-La forma ordinaria: es el nacionalismo narcisista, de argumentación positiva, que fija éxitos y virtudes en escala ascendente y reconoce defectos solo como “dressing” que ayuda a dar credibilidad a una suficiencia que de ser expuesta de manera absoluta generaría más dudas que aceptación. El yerro y la carencia es aquí una “desviación”, mancha e incluso desnaturalización de la sustancia nacional. Por eso el nacionalismo ordinario o positivo se apresura a llamar “mal patriota”, en este caso “mal cubano”, a aquella persona que se “desvía” de la línea ascendente provocando cierta vergüenza y hasta negación. 2-Existe también el nacionalismo perverso: aquel que se envuelve en una retorcida admiración negativa y opera a través de una metamorfosis en odio del material que se adora. Se trata de una forma política de la iconoclasia. Isaiah Berlin consideraba que la noción de “pueblo elegido” tenía como presupuesto el “juedischer Selbsthass”, un término creado por Theodor Lessing para referir el “auto odio judío”. En la sensibilidad cubana existe también ese odio, disfrazado de discrepancia política y religiosa la mayor de las veces. El cubano, tan “parejero” según Jorge Mañach, contiene en su fuero un animal profundamente clasista; la suerte radica en que, como las clases cubanas han podido acumular tan poco por el descabezamiento histórico a que periódicamente son sometidas, esa discriminación social, que incluye la racial, es una cualidad “leve” y bastante fácil de sobrellevar (la mayoría de las veces). Por demás, en la dinámica social cubana existen canales de general acceso que desesclerosan las estructuras, generando una suerte de promiscuidad democrática con fundamento cultural: el baile, el sexo (Deep Throat siempre se está pasando en La Habana), el béisbol, la política, San Lázaro y la Virgen de la Caridad del Cobre, que son deidades unánimes. Las demás admiraciones, así como los odios de los cubanos, están desconcentrados. Incluyendo aquel que se le debiera profesar (sin disensión) a los inclementes tiranos de su historia. Quisiera referir aquí el hallazo del Sr. Dagoberto Valdés en su último libro, quien fue capaz de hablar de una importancia práctica de la Caridad del Cobre en el proceso de construcción de una Cuba futura. Hábil, refinado y práctico. 3-Y refiero por último, al menos por ahora, el nacionalismo centrífugo, aquel que se expresa evasivamente pero que, en compensación, opera con zonas de re-encuentro a veces monstruosas, descomunales por su intensidad. Tan intensas las comuniones como las fugas. Nieve, de Julián del Casal, sería la obra maestra de esta forma de encarar lo nacional. Lo que implica además la biografía de su autor. El nacionalismo cubano se ha reproducido en el exilio con fuerza similar. No solo porque el cubano es capaz de recrear elementos territoriales y culturales en cada lugar que vive (la casa del Dr. Emilio Cueto en Washington DC. es una Cuba “quásar” que contiene la isla completa), sino porque cada cubano cree que está exiliado en el mejor lugar del mundo. Es decir, se transfiere al país receptor toda la sensitividad apologética y utópica que un día albergó respecto a su patria natal. En esa transferencia, la actitud respecto al país abandonado se recicla entre la primera y la segunda forma de nacionalismo. Cubanos en Chile, en Miami, en Barcelona, insluso en Providence, creen que les ha tocado la mejor nueva tierra que ojos humanos han (re)visto. En La Habana, algunos insisten en que, a pesar de todo, se trata de la ciudad más bella del universo; mientras otros aseguran que la más detestable, que, como decía, es una variante negativa, ahora elusiva, de expresar admiración. Detrás de esas reafirmaciones de identidad, que a veces son búsquedas concientes, late la certeza emocional de la existencia de una fuerza disolvente. Es decir, de una amenaza. Lo que, como se ha dicho, conduce frecuentemente a “conflictos de lealtad”. El riesgo induce a la traición, a la aventura de la nueva entidad dadora de sentido; que en el caso del exiliado es el país receptor. La “lealtad”, que por definición es un vínculo que linda con lo irracional, resulta insoportable en un horizonte no dogmático. Aquello que no necesita un fundamento argumental nutrido, la confianza, comienza a exigir requisitos en el nivel de lo pensado y se sujeta a intereses con diseño. El exiliado, en medio de sus traumas, pierde espontaneidad pues debe empezar a moverse en el sentido de la sobrevivencia física. Este conflicto es más marcado aún en el intelectual, digamos que en el creador, para hablar en sentido más general. La necesidad de ejercer la crítica (crear ya expresa, por lo menos, una discrepancia cuantitativa con el mundo) entra en conflicto con la necesidad sincrónica de insertarse en las estructuras prexistentes a la voluntad hacerlo. Aún cuando se termine siendo crítico con el orden instaurado en el país receptor, el primer paso debe ser necesariamente de posicionamiento. Obervar y describir: dos momentos conservadores del método. Esta es la tensión clásica; acepto que en el mundo actual, específicamente en el caso del flujo demográfico hacia los Estados Unidos, la crítica precede “anómalamante” incluso a la simple llegada al país destinatario. Se trata del masoquismo demográfico que representa la “inmigración antiamericana”. Al moverse entre dos nacionalismos, el nacionalismo originario y su versión exiliar (de diferente objeto pero de igual contenido), el exiliado puede convertirse en una criatura autodesgarrada en una bipolaridad de admiraciones; partida en tránsitos vertiginosos; este tipo de exiliado debe auxiliarse desplegando una gran piedad hacia sí mismo. La arrogancia performa las admiraciones, que a veces resuenan como infundios. Torcer el lenguaje facilita la vivencia dentro de esos sentimientos, y se resemantizan palabras que, una vez invertidas, permiten la dualidad sensitiva de rebajar en el halago y exaltar en la ofensa. La declaración de la excelencia de sí mismo, así como el rebajamiento del compatriota en la errancia, se compensa con la necesidad de la evasión momentánea. Se diseñan fugas temporales, ausencias amañadas donde la sensación de distancia es desproporcionadamente mayor al tiempo físico en que se propuso ese autosecuestro utilitario. Cada cierto tiempo una personalidad en crisis telefonea a otra asegurándole: “Te llamo para decirte que te quiero. Ya sé que me he perdido.” Esto ocurre cuando en verdad hace solo un par de semanas, a todo durar un mes, que no se le localiza en un acto público. Pero como se trata de una acción forzada, fuera de control, la sensación se ausencia está dilatada. El exiliado siente que comienza a pretender un reconocimiento en un medio extraño y que, por alguna razón, el contexto exiliar valora intrínsecamente su éxito en la misma medida en que se aleja de su juicio. La comunidad exiliar vive el desprecio como una posibilidad de salvación en el éxito ajeno. El exiliado que muta en emigrante (hoy es casi una regla, de ahí que lo tratemos indistintamente) se llena de una enorme ansiedad por insertarse en una nueva herencia. Puede reinventar el pasado, pagar falsas genealogías, facilitar matrimonios que garanticen una “limpieza” de la memoria con tal de creerse que el país adoptivo es una patria destinal a la cual, de una forma u otra, debía algún día llegar por necesidad. Tiene prisa en el reconocimiento. Y esa desesperación le trae amargura. El exilio puede llegar a ser, de hecho es, una nueva utopía. Un reencuentro desnaturalizado con lo mismo; es decir, con la adoración nacional que se renueva y presenta en las formas menos esperadas. En los hacedores de utopías (el exiliado es uno de ellos) hay mucho de apartamiento, de necesidad de búsqueda fuera del grupo al que naturalmente debió pertenecerse. La patria original le queda ahí como “adhocismo”, como remiendo a ese proceso de inserción que se operará en las primeras instancias de una manera incompleta. El agente exiliar que experimenta extrañeza en el nuevo medio desarrolla simpatías y antipatías extremas (y simultáneas) hacia los valores dominantes de esa comunidades que no les ofrece la realidad sino la posibilidad de un estatus de privilegio. Este ser desplazado de una zona de conveniencia debe invertir energías en el diseño de una fantasía social de raíces aéreas. Esto, como se sabe, es la utopía. La utopía del exilio. |