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| En tres revoluciones. El futuro cubano se debate en antítesis polares: sucesión o transición, cambio violento o pacífico, venganza o perdón, evolución o revolución. Seguramente tendremos de todo, por lo que la racionalidad del asunto radicará en el balance. En cualquier caso, los protagonistas del proceso serán personas acostumbradas al cambio; sobrevivientes de tres y hasta cuatro removimientos sociales bruscos. Los agentes o pacientes del cambio seremos todos nosotros, hábiles sorteadores de revoluciones. En 1959, con el ascenso de Castro al poder, la sociedad cubana entra en un proceso de dislocación política y social que altera el ritmo republicano; un ritmo que ya había sufrido una notable rectificación revolucionaria en la primera mitad de los años `30. No quiero entrar a calificar el tipo de proceso político encabezado por Castro; ni definir, y mucho menos juzgar, el tipo de sociedad que emergió de los eventos ocurridos a partir del 1ro de enero de aquel año. Apenas constato que de un momento para otro la isla revolucionó: cambió la composición social de los barrios, mutaron los estados de ánimo de las familias, los valores, las ideas que socialmente se compartían, las costumbres, las dietas, los nombres de los recién nacidos y, con el tiempo, hasta el paisaje. Se dinamitaron arboledas, se introdujeron especies invasoras, se desviaron ríos y desecaron lagunas como la de Ariguanabo al oeste de La Habana. Producto del castrismo, personas que corrían sus vidas por carriles sociales distintos coincidieron de pronto en un hotel, ante un notario, en una escuela, campamento agrícola o “misión política” capaz de sellar una alianza, improbable si se hubieran mantenido los cursos republicanos. El castrismo generó también un numeroso exilio que ha llegado a conformar todo un país cubano fuera de la geografía insular. Con esto agrega, al cambio revolucionario inicial, otro sobresalto social (de algún modo también “revolucionario”). En Miami, por ejemplo, se mezclan estratos de la propia sociedad castrista que de haber seguido en la isla hubieran tenido muy pocas posibilidades de conectar; es decir, de trabar amistad, matrimonio, algún tipo de complicidad. Aquí diariamente se junta el guantanamero con el pinareño, el católico con el abacuá, el hijo del comandante con el huérfano, la actriz con el carpintero, el funcionario de Relaciones Exteriores con el taxista, modelo con su peluquero. Entonces sí, ya de una vez, todo mezclado. Pero todavía aguarda una tercera revolución. Independientemente de cuál sea la formalidad política del futuro, vendrá para Cuba un nuevo lance de dados. Se remezclaráan entonces el descendiente castrista con la nieta del exiliado, la locutora de Radio Rebelde con el “homeless” que se ha ganado la lotería, la profesora de New England con el músico de Guanabacoa que satisface su curiosidad étnica, el militar sobreviviente con la prima de Hialeah, el “dandy” de Varadero con la refugiada antichavista de El Doral. Enredada en una saga de microrrevoluciones, la sociedad cubana no ha podido sedimentar una estructura clasista estable. La opacidad de los intereses grupales, la débil definición clasista hace impredecible el futuro cubano; pero por otra parte lo hace más interesante y rico. La falta de forceps también libera de prejuicios y predispone favorablemente a la democracia. |