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La simpatía adversa
Ventana Mágica
OK., soy castrista.


     “Fue castrista para amigos;
       y para enemigos, peor.”

Una persona muy respetable y a quien, de cierta manera, llegue a querer, me ha dirigido a
propósito de un incidente unos reproches realmente muy duros. Desproporcionados, según
mi forma de evaluar el evento. Sé que mi deber es buscar, más allá de cualquier malestar, el
núcleo racional que los animó; pero igual debo decir que nunca, ni siquiera en la Cuba de
Castro donde siempre existen “momentos históricos” expeditos para humillar a las personas,
me habían amonestado así.

No me consuela, siquiera, aquella ejemplar sentencia que Julio Cortázar estrenó en algún
lugar de Rayuela: “Te arriesgás a que te entiendan mal, que es el colmo de las valentías.”
Tampoco me basta confirmar que mi opinión, siempre en algún límite, debe aceptar el riesgo
como un elemento natural en su constitución. Ya estoy un poco cansado de dar explicaciones;
así que lo más probable es que con este acto de consideración al otro culmine la la fase
blanca en que he venido haciendo mi trabajo. Lo gritaba el gran actor Carlos Cruz en aquella
película tan controversial que colmó los cines habaneros de policía contingente: “Yo quiero ser
un hijodeputa.” A veces entro en esa fase de la utopía criolla.

Yo no me siento incómodo ante el enemigo; incluso a veces, las ofensas que de ese lado
vienen me recubren con un aliento balsámico; hasta me erotizan. Pero las discusiones con
amigos y con personas a quienes quiero realmente me desarman. Ellos lo saben, y en amor y
amistad es muy fácil derrotarme porque las peleas me hacen bastante vulnerable. En estos
casos generalmente no ataco, pues la guerra que hago tiene para mí visos de automutilación.
Es lo que ha pasado esta vez.

A esta altura de nuestra historia es muy difícil establecer un consenso acerca de si la sociedad
existente en Cuba es efectivamente comunista, revolucionaria, socialista o castrista. Lo que si
está fuera de toda duda es que existe una sociedad muy peculiar, diferente de la “Cuba
tradicional”, que ha emergido del proceso histórico inaugurado en 1959. Y le digo a esta
sociedad sencillamente “castrista” por razones obvias. Fidel Castro ha sido, en el ejercicio de
una voluntad de poder inconmensurable, la gran constante a lo largo de todos estos años. A
partir de este hecho se me presenta el siguiente problema: ?somos nosotros, los nacidos en
esa sociedad, también castristas?, o para decirlo en la persona más legítima en la perspectiva
postmoderna (la primera del singular): ?soy yo, aún sin saberlo, un elemento castrista?.

Igual que en La Habana se califica de “neoanexionistas” a muchos jóvenes intelectuales,
afirmando que lo son aún cuando no existan pruebas de sus gestiones, ni siquiera de sus
simpatías acerca de esa cuestión, en Miami se suele llamar “comunistas fabianos” a aquellos
que lo serían, aún sin saberlo. Para gente que piensa así, y que cree que por haber nacido en
el castrismo uno es al fin y al cabo también culpable, debería responder sin complejos: bueno,
está bien, pues soy castrista; y a cierta honra.

El castrismo en entre otras cosas una sociedad plebeya, que fundió los cubiertos de plata con
que la burguesía cubana comía la yuca, y plagó de maestros “makarenkos” las casas de
Miramar. Esos jóvenes quitaron los paisajes de las paredes y desprendieron los inodoros
para defecar en cuclillas; lo que, dicho sea de paso, si bien es una falta desde el punto de vista
de la urbanidad, es lo más recomendable desde el punto de vista médico. La revolución de
1959 se confesó rousseauniana, e hizo popular una versión “chusma” del derecho igual.
Emergió de ella una sensibilidad “parejera”, y el país funcionó con la familiaridad de un gran
taxi, para utilizar la conocida imagen de Jorge Mañach.

Gente como yo se acostumbró a la indistinción, y por eso hemos pagado un alto precio.
Deberían existir, pero no existen jerarquías inamovibles en una estructura mental de este
carácter. Apenas las que impone el espíritu, Dios, o ciertas formas de entender la bondad.
Pero no otras; mucho menos la que se establece a partir de la fecha de llegada a Miami.

Si yo a veces le hablé a Miami como si siempre hubiera vivido ahí; si a pesar de ser un
reciénllegado no reduje mi estilo ni experimenté complejos, no fue por faltarle el respeto a las
jerarquías. Fue simplemente por desconocerlas. No me importan. Me da lo mismo un zapador
que un lord (palabra que, por cierto, Borges sorprende en el anglosajón antiguo significando  
panadero).

Respeto a gente íntegra y de éxito en el exilio. Agradezco mucho la existencia en nuestra
genealogía nacional de apellidos como Goizueta o Fanjul; pero en esa “Galería de hombres
útiles”, como diría Bachiller y Morales, mi generación (la “generación Mikimbín”) también tiene
nombres que exponer. Llegará el momento, ya verán.

Además de “parejeros” los castristas solemos ser impuntuales, olvidadizos, insomnes, y nos
conducimos con una campechana insolencia que no alcanza a cubrir nuestra inseguridad.
Pero bueno, ?habíamos quedado en que el socialismo era un desastre o no?.

Yo no creo haber defraudado a nadie. Me he equivocado, pero no he mentido. He hecho sufrir a
gente, pero ellos saben que en eso de sufrir aporto demasiado. Veo que lo de Miami está
dejando de ser un problema político para convertirse en un desencuentro cultural. El exilio
cubano no está desunido por falta de líder; está desunido por faltar el respeto a las diferencias,
por ese aire de superioridad con que el que llegó ayer mira al que llegó hoy, y el de hoy al que
llegará mañana. Tengo la impresión de que la víctima que llegó en los años `60 perdona mejor
a un miliciano que salió detrás, que a otra víctima llegada recientemente. Lo decía Marx: es la
clase contra la función.

Yo soy apenas un estudioso, un escritor; de mi no puede esperarse otra cosa que no sean
palabras o hechos vinculados orgánigamente a la emisión de esas palabras. No tengo la
virtud práctica de Rafael García Bárcena que se rebeló contra un dictador (sí, lo era Batista en
1952, sin lugar a dudas), ni la conciencia cívica de un Roberto Agramonte que aspiró a la
presidencia. Solo me interesa estudiar, leer y escribir; y el único plan práctico en que me
enrolaría en la Cuba futura es en la conducción de una escuela. Si eso hace falta; yo hago falta.
Si no, pues asumo con serenidad mi destino fútil respecto a lo cubano.

Siento mucho que hasta ese lugar lleguen mis espectativas. Y me pesa todavía más que me
digan que estoy obligado a ser castrista hasta el día en que me muera, porque de verdad
había puesto mucho empeño en dejar esos estigmas atrás.
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