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La simpatía adversa
Ventana Mágica
Después de la Historia, ¿Dios?.

-¿Me puede decir el rol de su generación en la historia de Cuba?
-Clarito: nos cogieron de punto.

                                                                                     (Anónimo).

La libertad es una práctica. Un reflejo. Supone gestos automáticos y sedimentación de
costumbres. De ahí que sean altamente sospechosos los constantes alardes de tolerancia y
amor que uno encuentra en los aprendices de la democracia. Hace unos años, cuando todavía
seducían en Miami los intelectuales de la isla (yo diría que la muestra última de esa relación
fue el Festival de Monólogo organizado por Liliam Manzor y Alberto Sarraín en Miami-2002), la
gente se obligaba a ir a las cenas y almuerzos donde asistían artistas y profesores de la isla
para, como un dijo un amigo que debió tragar unos bocados junto al profesor Aurelio Alonso,
“evitar que me digan intolerante”. De más está decir que los convites eran tremendamente
incómodos.

Por estos días, la prueba de intolerancia mayor que he visto por parte de algunos proto-
políticos cubanos tiene que ver con la reprimenda a parte del exilio de Miami por celebrar el  
affaire digestivo de Fidel Castro.

Aunque mucha gente no lo crea, la mayoría de los cubanos no ha tenido una “relación
humana” con Castro. Es decir, no lo ha tratado personalmente. La mayoría de los cubanos ni
le ha estrechado la mano al Comandante, ni ha paseado con él, ni se ha sentado a la mesa ni
reunido en un parque. De ahí que la única realidad que de él poseen es su imagen y las
consecuencias de las decisiones de esa imagen. La virtualidad de Fidel Castro explica la
distancia y jolgorio con que en Miami se ha recibido la noticia. Es un personaje que cae en
coma, no una persona que muere. Si máscara significa ya, de por sí, persona, personaje es la
fachada en función. Un trapo con objetivo. Y nadie llora porque se muera un trapo, menos si es
un trapo televisado. Los cubanos comprobarán que se trata de una persona real si, llegado el
caso, les dejan percibir su cadáver.

El Dr. Sardiñas, por ejemplo, se apresura en desear buena salud al “Presidente” soslayando
que, si de verdad desea ser tolerante y amoroso, debe tolerar y amar también la fiesta de los
cubanos de Miami. ¿O es que el Dr. Sardiñas desea una democracia política en combinación
con una dictadura moral y emocional? Cambiar el trabajo voluntario por la misa, los discursos
castristas por La Biblia, el hombre nuevo por el cristiano redimido, la utopía roja por un Edén
sin meretrices y sodomitas, ¿es eso lo que quiere el Dr. Sardiñas?.  

Su partido debería ser tan sincero como el Arzobispado de La Habana (ojo, no digo los
católicos cubanos), quien en boca de Monseñor Carlos Manuel de Céspedes ha tenido el valor
de confesar su racismo y su clasismo. Más de una vez miembros de la alta jerarquía católica
de La Habana han confesado (dizque siguiendo al italiano Orestes Ferrara) que “los cubanos
no somos suizos” y que, cualquiera que sea el próximo gobernante cubano, debe ser un
mandador fuerte para encauzar a un pueblo “de café con leche y pan con mantequilla”.

Se dice que hay que tener calma y resolver la cosa entre cubanos. Mientras, los aspirantes a
premios de la paz repiten su cháchara moralizante bajo el amparo de un vocabulario
nacionalista que paradójicamente no hace más que plagiar a la Madre Teresa, Gandhi y el
Dalai Lama.

El Dr. Sardiñas viene a la sociedad cubana en nombre de Dios; otro salvador lo había hecho
antes en nombre de la historia. Ojo con las instancias. Exige calma, pero, ¿quién está más
cerca de la paz, una juventud que baila y canta en las calles de una ciudad o los moralistas
visionarios que se juntan en aulas y comedores a determinar la declaración más correcta?
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Domingo 6 de agosto, 2006