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| ¿Por qué no salen a la calle? “Cuba te espera”, decía un viejo lema del Instituto Nacional de Turismo. “Cuba espera”, sería un eslogan más adecuado. Cuba resiste, es decir, aguanta. Cuando escuchamos hablar de pensamiento jamaiquino, de diálogo coreano, de transición en Ruanda y oposición iraní, apenas podemos entender qué virtud tienen los más complicados países que todavía nos falta a los cubanos. No existe un acuerdo en torno a las causas, pero sí ante los resultados: el castrismo es un desastre; una suerte de castigo histórico más difícil de vivir que de pensar. Y, sin embargo, la gente sigue durando y el tiempo alargándose en esa rara paz. ¿Por qué no acaban de salir los cubanos a la calle?, me preguntó hace unos días un amigo nicaragüense de Jinotega. Para encarar esta pregunta lo que primero debemos aceptar es la imposibilidad de contestarla. No podemos saber “el ser”, “la verdad” de los eventos sociales ya que las sociedades totalitarias son inescrutables por el pensamiento científico positivo. Por esa razón, la pregunta titular tiene que ver más con lo propagandístico que con lo sociológico. La cuestión entonces se reduce a lo siguiente: ¿quién tiene una respuesta más convincente ante la opinión pública acerca del hecho de que los cubanos no han salido a las calles a protestar como en Europa del Este, China, Chile o incluso Oaxaca, el gobierno cubano o sus críticos? Evidentemente, el gobierno de Castro. A nivel propagandístico, el castrismo se define como un sistema cerrado de proposiciones simples; lo que lo hace tan estúpido como persuasivo. Las “verdades” del castrismo son veloces, compactas, caben en los sitios más disímiles: en un cintillo de Time Square, en el margen de un libro, en la mente de un niño, en la voluntad de un ingenuo, en la solapa de una camisa, en una ilusión. Las verdades del exilio, en cambio, son sofisticadas y complejas, lo que es bueno para la literatura pero malo para el marketing político. De ahí que Miami pierda la mayoría de las batallas propagandísticas con Castro; no por falta de dinero en el mercadeo o del cruce al idioma inglés, sino por algo más intrínseco: por la naturaleza de las verdades que quiere hacer creer. Recordemos el “caso Elián”. Una cadena de TV nacional pregunta: ¿debe el niño estar con su padre? Respuesta de un partidario de Castro: “Sí”. Un “sí” que ni siquiera es una ráfaga sino un disparo certero. Respuesta de un anticastrista: “En principio sí, pero…”. Lo mismo ocurre ahora. A la propaganda oficial castrista no le es difícil decir: “Los cubanos no salen a la calle porque aman a su comandante.” Los oponentes están obligados a vertebrar un largo discurso, un “teque”: “Bueno… si no salen no es porque no quieran si no porque… la doble moral, usted sabe… y Freud y Gustave Le Bon y Elías Canetti…” Y lo de nunca acabar. La oposición al castrismo debe venir del sentido común. Quizás debamos conversar y preguntar más a la gente. Un futuro lleno de argucias, por muy culto e interesante que sea, no será nunca un futuro confiable. |