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La simpatía adversa
Ventana Mágica
Razón y prejuicio.

La imaginación del exilio cubano se ha dejado conquistar por algunas seductoras frases que,
sin embargo, no resisten el más simple repaso de la razón. Antes que se nos conviertan en
prejuicios inamovibles, es mejor que conversemos un poco sobre ellas; al menos sobre estas
tres:

1-Según se dice, el marxismo sería algo muy bonito, pero solo en los libros. Esta frase
contiene un presupuesto indebido: los libros son una cosa, la “realidad”, otra. Pero si el
marxismo fuera al menos bonito en los libros ya sería algo, incluso mucho. La bibliografía
marxista tiene un itinerario muy distinguible que abarca desde la tesis doctoral de Marx (un
estudio comparado del atomismo griego defendido en ausencia por la Universidad de Jena en
abril 15 de 1818), hasta sus culminantes estudios sobre economía política. En ese espacio
hay libros polémicos, sistemáticos, pronosticadores, pero lo que se dice “bonito”, e incluso
“bondadoso”, no hay ninguno. La antropología política del marxismo está expresada
claramente en una carta de Marx a Engels: “Debemos sumar a la opresión, la conciencia de la
opresión”. La sentencia es brillantemente cínica, pero no hermosa.

2-Se comenta, y de alguna manera se acepta, que “estamos en este país libre gracias a Fidel
Castro”. Rotundamente falso. Por supuesto, la biografía personal de cada exiliado cubano
puede reproducirse como parte de una cadena de causas y efectos que comienza el 1ro de
enero de 1959, el 26 de julio de 1956, o incluso el 13 de agosto de 1926. Pero el inicio podría
situarse igualmente el 20 de mayo de 1902, el 12 de octubre de 1492, o mucho antes, de
manera tal que el propio Castro fuera otro resultado y no una condición. Se trata apenas de
una elección, de una manera de ver las cosas. Por demás, podría suponerse que en las
nuevas condiciones globales donde es tan normal la movilidad demográfica, una comunidad
cubana en el sur de La Florida sería pensable independientemente de si Castro hubiera
llegado al poder o no.  

3-También se acepta con dudosa resignación que “todos llevamos un Fidelito Castro dentro”.
La proposición es ridícula y ambivalente: por su lado más inocente la frase podría indicar que
en el ser de cada cubano laten tendencias autoritarias; pero eso sería predicable de cualquier
ser humano y tiene que ver más con la naturaleza que con la historia. Tomada por su costal
más tendencioso, la frase sería clemente con el autoritarismo castrista pues, ya que al final
todos somos unos dictadores en potencia, no habría razón para culpar al dictador real.  

Como dijo Edgar A. Poe en una polémica parecida: “el horror viene del alma”; pero aún así, el
individuo que condenado al miedo llega a consumar su ejercicio, tiene sobre el otro la
responsabilidad civil de haberse servido de la maldad de la tendencia.  
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Jueves 14 de diciembre, 2006