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| Los presidenciables. La isla de Cuba también tiene una geografía del poder. La Habana, por ejemplo, ha sido parca en su aporte a la historia presidencial; el norte oriental, por el contrario, pródigo en vocaciones de poder. Que apellidos tan sobresalientes como Batista, Díaz-Balart y Castro puedan ubicarse en torno al mismo vecindario, resulta muy significativo. No se trata de fatalismo, sino de sentido común: el poder empieza a percibirse como algo cotidiano, como una instancia accesible, asaltable. Entre vecinos, los mismos hechos se expresan con palabras distintas; la historia, esa cosa que absuelve, se rumora con familiaridad: “!Oye Cuca, ¿te enteraste? Dicen que el mayor de Lina llegó a La Habana encarranchado en un tanque.” Hay un momento, que casi nunca se puede determinar con precisión, en que una persona empieza a considerar seriamente que puede llegar a la presidencia de un país. Un minuto imponente en el que un individuo deja de escuchar el ya tremendo “Tu nombre está sonando”, y comienza a oír (y sobre todo a creerse) el casi fulminante “Oye, tú eres presidenciable”. Resulta curioso que siendo la política el primer pasatiempo nacional (con muchísima ventaja sobre la pelota), la mayoría de sus practicantes se detenga en su portal: ¿no es sospechoso que nadie quiera ser Presidente de Cuba? Es necesaria una mayor transparencia para poder hacer un nuevo mapa de la política cubana. No debe temerse el ridículo; a fin de cuentas, la presidencia es casi siempre un sueño frustrado. El profesor Ignacio Gómez de Liaño recordaba que de repente, durante la transición española, empezó a aparecer el rostro de un jovencito que nadie conocía. Salía del anonimato fotografiado junto a los políticos más importantes de la Europa de entonces y confesando sin rubor que sí, que quería ser presidente de España, de todas juntas. Era Felipe González. Hace poco Osvaldo Payá tuvo la honestidad de confesar que estaría dispuesto a ocupar cargos políticos en Cuba. No importa si ese cargo es la presidencia, como no importa tampoco si al final lo que Payá está pidiendo es un chance a Raúl Castro. Lo valioso del gesto es que por lo menos tenemos un nombre para comenzar a imaginar la nueva geografía del poder cubano. En el exilio, uno de los casos más curiosos es el de Carlos Alberto Montaner. Pareciera que todos, excepto él mismo, creen en su "presidencialidad". Hace unos años Montaner convocó a una reunión en un club miamense a la que asistieron muchos de sus entusiastas. La gente esperaba la fundación de un partido político con todas las de la ley, y Montaner salió con la idea de crear una sociedad de lectores. Hace unas semanas, en el programa A mano limpia que conduce el periodista Oscar Haza por el canal 41 de Miami, Montaner hizo dos revelaciones importantes. Una de rigor: estaría dispuesto a trabajar en una Cuba futura en el puesto que sea necesario. La otra, insólita: elevó su relación con el ex funcionario Alcibíades Hidalgo a rango de “ejemplo” de lo que puede ser una amistad entre gente de dentro y de fuera. Algunos objetaron que Montaner olvidaba la cantidad de maldades que hay que hacer en un país como Cuba para llegar a los puestos que ocupó Alcibíades en el aparato castrista. Otros, más convincentes, argumentaron que cómo se puede creer en una persona que no sabe reír. Un poco en broma, un poco en serio, el legislador floridano David Rivera dijo en una entrevista radial, sin ningún tipo de complejo, que él sí quería ocupar cargos en Cuba. Preferentemente, el de Alcalde de Cienfuegos, pero que reconocía que para eso habría que hacer algunas reformas legislativas. Para que el mapa se siga perfilando, es necesario que la gente confiese, si lo tiene, su sueño presidencial. Recuerde que si bien es cierto que hay cosas que para lograrlas han de andar ocultas, es cierto también que en una profesión pública como la política, niño que no llora, no mama. |