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La simpatía adversa
Ventana Mágica
La política como salvación.

Yo no sé de quien me advino esta propensión a mentir. A mentir todo el tiempo. Cuando uno
es chico y se come el postre del almuerzo, echándole la culpa a otro, aún no es un tipejito
mentiroso; una travesura no alcanza para tanto. Ahora bien, cuando uno se come el dulce y
dice que fue el hermano menor, quien al comérselo quería llenarse de energía para así poder
matar mejor a Mamá, entonces estamos ante un problema. Mi problema.

Yo mentí desde que tengo memoria. Mentí desde siempre. Decían que era imaginación; pero
hoy, que he fundado un Partido para liderear la transición democrática en Cuba quiero decirles
la verdad: yo soy un mentiroso.

Y esto es una revelación, no es un sofisma. Sé que los griegos antiguos veían una paradoja en
esa sentencia. ?Es realmente mentiroso alguien que con toda franqueza acepta que es un
mentiroso? Bueno, yo creo que sí. Al menos yo lo soy y es mejor que me tengan por tal para
evitar desilusiones. Es mejor así.

Mi dimensión mentirosa, en cambio, no me ha impedido salvarme. He sido consecuente; a
medida que la mitomanía crecía en mí, me desplacé a las zonas más legítimas donde,
suponía, podía vivir más o menos decentemente con mi arbitrariedad.

Primero quise ser poeta. La poesía, según me había dicho el bardo de Orígenes a quien un
día pedí consejo, no era repaso sino virtud. ?Virtualidad? ?Dimensión asida más allá de la
tercera? ?Invento? Nada de eso: virtud, ante todo virtud; y como he dicho, yo era incapaz de eso.
Así que, engañando en todo menos en lo que yo mismo soy, decidí buscar una arista más sutil
pero menos definiva en el ejercicio de la palabra. Quise entonces hacerme trovador.

No soy tonto y puedo percibir mis estados de ánimo. Detectaba con facilidad aquellas
canciones de mis amigos que correspondían a mis desniveles de cada hora y hasta lograba  
interpretarlas con alguna gracia. Pero era incapaz de concebir alguna. Me inventé, ya que
estaba de moda aquel problema de la autoría, que una canción no tenía dueño y que
cualquiera podía atribuírsela siempre que la identificara bien. El embullo alcanzó para decirle a
mi novia que le había musicalizado unos versos, unas estrofitas que me habían acontecido en
la mañana.

La jugada salió un poco mal. Ni el vago “te quiero” con que mataba el cuarto verso me
pertenecía, y ella descubrió que la había compuesto su primo.

Quizás yo había nacido para algo más serio, aunque más manipulable; más acorde con mi
naturaleza mentirosa, de la cual, como puede notarse hasta el momento, jamás he renegado.
Estudié durante un tiempo la filosofía. Y lo hice en serio. Mis profesores vieron en mí un
alumno ejemplar, con ciertas inclinaciones al servicio y la diligencia administrativa. Como era
bueno conspirando me hicieron buenas ofertas; es decir, me compraron, o se me abrieron
puertas, que es como se dice ahora. Fue así como terminé de guardian intelectual del jefe del
departamento, regalándole una brillante tesis sobre Marx, un pensador que no me interesaba
en lo absoluto, que no comprendía ni en lo relativo, pero que estaba de moda en el
departamento de policía del pueblo donde yo vivía.

Cuando me comprobé mentiroso una vez más no lo pude soportar y evité la infamia
corriéndome a la carrera de historia. Los historiadores no echan de menos la verdad:
“Ministros de la fama”, les decía Gracián. En la historia lo fundamental para el éxito es localizar
el comprador y después (dándose por vendida el alma) vender el tema. Se puede ir diciendo
una media verdad de ciudad en ciudad, de gobernatura en gobernatura, de redacción en
redacción, sin que esto afecte el prestigio del que vocifera. Yo lo hice: he dicho en la Habana lo
contrario de lo que he dicho en Miami, y en Madrid la mitad de lo que dije en ambas partes y
me han aplaudido por igual.

En la historia todo me hubiera ido de maravillas si no fuera por esos malditos historiadores
locales, polillas provincianas que se la pasan en archivos y son incapaces de aventurar una
hipótesis por aquello de que debe ser probada. !Uh!.

Pero como había confesado, padezco el mal de la mentira, pero intento ser digno respecto a él.
Así que abandoné la tribu (!le dicen escuela!) de los historiadores y me fui a la ideología. El
papel del ideólogo es sencillo: beneficiar las ambiciones de alguien con evidencias; si están
bien escritas y elegantemente dichas, pues mejor. Yo empeñé poemas, sentencias morales,
fechas y genealogías para justificar algunos poderes que me rebasaban.

Lo hice con eficiencia y pude quedarme toda la vida prestando ese servicio; pero mi puesto de
ideólogo me permitía diferenciar, sopesar, calcular, y me seducía traicionar a mi jefe cada vez
que descubría a otro más lúcido, más ambicioso, con más poder.

Esas ansias mías de ir por todos lados diciendo lo que me conviene; esa enérgica tendencia
que me hace traicionar y este maldito talento que me hace conciente de cada una de estas
traiciones casi me pierden. No me quedaba entonces otra alternativa, tenía que dar el paso
definitivo, el único paso salvador. Y me fui a ese lugar donde mentir no es un defecto sino una
técnica; o si se quiere un medio: la política.

Ya no tengo que avergonzarme de ser lo que soy. He encontrado el lugar adecuado a mi fe y a
mi conducta: estoy libre de culpas. He sido honesto, abandoné todo aquello donde mis
capacidades para fingir afectaban la dignidad del gremio y varé en un sitio que puedo
reconocer como mi destino.

Mi salvación depende ahora de ser capaz de concebir un gran fin, una meta honesta y
verdadera a la que pueda servir mentirosa pero fielmente. Toda la fuerza de mi falsedad será
puesta al servicio de la causa, mis sombras harán fructificar las más santas conspiraciones  y
desde mi espalda no solo me salvaré yo, sino que me habré salvado para salvarlos también a
todos ustedes.
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Septiembre 2004