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La simpatía adversa
Ventana Mágica
Política y cansancio crítico.
(“Pamphlet” para navidad).


¿De qué hablaba hasta la saciedad el exilio español? ¿De qué hablaban Gaos, Jiménez,
Imaz o incluso Ortega, tan cerca y tan lejos?. Pues de España, una y otra vez de
España. Del dictador Francisco Franco. Una y otra vez. Mil veces sobre Franco. Cuando
uno de ellos moría lleno de anhelos y recuerdos, a nadie se le ocurría decir: “Ha muerto
un tío que no hacía otra cosa que hablar de lo mismo”; en ese caso se advertía: “Ha
muerto un gran español, para quien España siempre fue lo más importante.” Por
supuesto, tampoco se burlaban del ejercicio hedonista de la memoria, que es lo que
significa la nostalgia frente a la melancolía.

Los cubanos debemos aprender a sentir admiración hacia los que no dejan de sentir en
cubano. Incluso aquellos que se imponen una comprensible vocación de universalidad,
que alardean de haber transcendido el asunto (lo que no es más que otro ardid, otra
estratagema “kubishe”) deberían tener en cuenta aquel precepto hegeliano que gustaba
citar un colega de la Universidad de La Habana y que habla de la posibilidad de ser
universal desde un posicionamiento íntimo: “A mundos anchos, por caminos estrechos.”
O aquellos versos de Machado que un par de generaciones memorizaron en la voz de
Juan Manuel Serrat: “A distinguir me paro las voces de los ecos/y escucho solamente
entre las voces una.” Bien: “algunas”.

Hablar de Cuba y hablar de Castro, lo acepto, puede cansar. El hastío es una experiencia
comprensible cuando se adjunta a una fórmula política que lleva casi medio siglo en el
poder. Una fórmula muy simple: un hombre, una imagen, un tirano, una voz, una mueca,
una dentadura. Como cien cabezas piensan más que dos; frente a once millones, que es
el número de cubanos, un cerebro apenas piensa algo. No es política: es matemática. La
imaginación política de Castro se reduce; sus ideólogos no acaban de poner un punto de
brillantez en su propaganda y sus intelectuales ya aburren con el tema del apoliticismo y
eso de que la pelota, el verso y la comida no tienen nada que ver con la política.

Decía que lo entiendo, que sé que el castrismo es aburrido y lo es también su crítica.
Apenas erotiza ya enfrentar a sus turbas, y sus milicianas y milicianos no tienen la
sexualidad de hace décadas.

Pero Castro nos debe demasiadas cosas. Y cada día embarca a más gentes en su
política represiva, que ahora busca lanzar pueblo contra pueblo. Es un enfrentamiento que
no solo diseña para la isla, también lo hace en el exilio. También lo hace en Miami:
proyecta antologías para enfrentar a los que publican contra quienes quedan fuera;
promueve teatro y cine para que los actores que se excluyen del casting resientan a
quienes trabajan en la obra; inventa congresos y diálogos no para que los cubanos se
unan, sino para que la misma cercanía les obligue a odiar cuerpo a cuerpo.

Mas a pesar de todo el cansancio crítico que puede generar la política cubana, hay que
seguir intentanto un desmontaje del castrismo. Del castrismo como poder y del castrismo
como cultura, como hábito, como estilo, como trato y hasta como gesto. Hay que hacerlo
según las aptitudes y actitudes de cada quien, en todos los niveles. Como podría haber
dicho el gran Baruch Spinoza: al castrismo hay que socavarlo en su Substancia, en sus
atributos, en sus modos y en sus accidentes. La tarea no siempre es interesante, pero si
se enfrenta con sinceridad puede reportar gratitud  y dejar forjadas en el empeño grandes
y buenas amistades.
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Diciembre 2005