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La simpatía adversa
Ventana Mágica
La polémica.


Frederick Hayek objetó dos poses básicas del intelectual de nuestro tiempo:

1-Exagerar la importancia del debate, quizás por la apariencia democrática que exhibe. Con
esto la deliberación, que es una institución política, se infiltra dentro de la ciencia, la cual se
deja sobornar porque infla gratuitamente su mérito incorporando a su arsenal axiológico un
valor externo. Este prejuicio conduce a reincidir en una sobrestimación injustificada de la
polémica como gesto espiritual.

2-Tener una posición nihilista o por lo menos escéptica ante el progreso, lo que garantiza al
pensamiento la dimensión de la suspicacia y, por añadidura, genera cierta compasión; esa
compasión de los pensadores tristes, los lobos esteparios de cualquier bestiario espiritual.

Los cubanos tenemos un ejemplo definitivo para convencernos de la esterilidad de la
polémica. Se trata de la llamada “Polémica filosófica del siglo XX”, protagonizada entre José de
la Luz y sus discípulos por un lado, y el bando descabezado de los seguidores insulares del
gran pensador francés Victor Cousin por otro.
La interpretación oficial de dicho careo es el siguiente: los seguidores de Luz y Caballero,
apoyados por Varela, eran buenos. Se inclinaban al materialismo y al empirismo, por lo que
estaban del lado de la ciencia. Luchaban en contra del orden vigente, es decir, eran dialécticos
y por inferencia independentistas en política. Los seguidores de Cousin eran malos.
Idealistas, oscurantistas y querían “en última instancia” el mantenimiento del status colonial en
la isla.
Una vez más apelamos a la honestidad intelectual de quienes afirman la grandeza de este
affaire decimonónico, entre los que hay gente tan poco tonta como el querido profesor Eduardo
Torres Cuevas.
La referida polémica fue publicada entre los años 1946 y 1948 por la Biblioteca de Autores
Cubanos de la Universidad de La Habana y su reedición comenzó en el año 2000 por la
solemne Casa de Altos Estudios Fernando Ortiz (en francés suena muy bien pero lo que nos
viene a la mente es la vacante de Einstein en Princeton). La edición original recoge cinco
tomos de papelería dispersa entre los años 1838 y 1840 en periódicos que abarcan de La
Habana hasta Camaguey. La pregunta es: ¿quién se ha leído de verdad los cinco paquetes de
ejercicio de vanidad que constituye la afamada querella? Quizás Alicia Conde, prologuista de la
nueva edición.
Quisiera estar equivocado pero no me hago ilusiones. Lo que estaba en juego en dicho debate
no era la libertad de la patria ni el método en filosofía, era el ego de jóvenes pujantes,
ansiosos por publicar e imponer su prestigio. Un perfecto linaje. Si alguien lo duda, puede
revisar los temas página por página. Es delicioso ver cómo nuestros pensadores invertían su
tiempo en alardear del último título europeo en su escritorio, y se descalificaban mutuamente
por determinar quién era el verdadero autor del Système de la Nature ou des loix du monde
phisyque & du monde moral (1770).
Una polémica tiene sus reglas. Una de ellas es reconocer que uno se enrola en ella por ego.
Básicamente por ego. Es deshonesto inventar motivos más altos. En todo caso, es mejor el
ataque. Si se vence, entonces es saludable callar y tener piedad para no rematar al
contrincante.
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Sábado 9 de septiembre 2006