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La simpatía adversa
Ventana Mágica
La otredad cercana.

El historiador francés Ferdinand Braudel dejó escrita una impresionante biografía del
Mediterráneo; es decir, un estudio de esa cuenca en términos de organismo vivo, de
personalidad, de microcivilización en pujante metabolismo con el Africa, Europa y el Oriente
cercano. Abriéndose por Algeciras a las culturas americanas y por Estambul a  Asia y Rusia, el
Mediterráneo es poco menos que un resumen de las historias humanas.

Es en una circunstancia similar, en el marco de esa otredad cercana que significa la
microcivilización caribeña, que a la cubanidad le toca poner a prueba sus pretensiones de
excepcionalidad. El margen de diferencia que nos permiten las culturas vecinas es tan
estrecho que, al fijar unas pocas en el archivo de nuestras fantasías exclusivistas, serán estas
con seguridad más auténticas.

Pero el carácter cultural del Caribe tiene una peculiaridad: está en crecimiento. Se suman al
“Caribe clásico” el noreste brasileño, New Orleans (la “caribeñidad” del delta del Mississippi ya
la destacó Faulkner), el sur de La Florida. Hay también un derramamiento de lo caribeño más
allá de las fronteras de sus costas; algunos hablan, por ejemplo, de cultura caribeña en
Guayaquil y, atrevidamente, en Nueva York. Ahora bien, ?por qué afirmamos que es importante
para Cuba ejercitar una comprensión en términos de pertenencia a este espacio
microcivilizatorio?.

En primer lugar, porque la consagración más convincente de los afanes de grandeza y
excepcionalidad que ha acumulado nuestra sensibilidad discursiva es precisamente el
gobierno de Fidel Castro. El es el producto activo de una megalomanía que en lugar de
exorcizar seguimos invocando con irresponsabilidad. Entre cubanos es tan dificil cambiar, ser
sincero, vivir con transparencia, porque el tremendismo histórico se traduce como miedo
personal a las implicaciones de cada una de nuestras acciones individuales. Mentimos,
chismeamos, vivimos en el lado oscuro de la civilidad proque creemos que el mundo está al
tanto de nosotros, que la historia pende de nuestro comentario más elemental.

Jose Martí dijo una vez que “un error en Cuba era un error en la humanidad moderna”; y lo dijo
con más ansias que objetividad. Fidel Castro gritó que Cuba era el Faro de América Latina, la
esperanza del Tercer Mundo, el último bastión del socialismo; y lo dijo buscando más
efectividad política que veracidad histórica.

Los individuos que habitan un mundo tan exigente debieran tener la sensibilidad congelada, el
alma de piedra, la alegría marchita. Pero, ?es así la sensibilidad, el alma, la alegría de los
cubanos concretos que conocemos a nuestro paso por Miami o por La Habana, por Tampa o
Camaguey?. Pues claro que no, lo que significa que los cubanos han tenido que arreglárselas
para construir una nación al margen de unos discursos políticos que, más que estabilizarla, lo
que hacen es ponerla ansiosa, colérica, irritable.
El cubano común no encuentra sociego en el marco de ningún discurso intelectual; más aún,
la gracia cubana se protege de sus feroces ideólogos.
Tal y como ocurre hoy con la Venezuela de Chávez, la excepcionalidad política de la Cuba de
Fidel Castro garantizó en algun momento un “boom” de los estudios cubanos en España,
América Latina y los Estados Unidos. Esta situación, sin embargo, parece estar quedando
atrás. Con la pérdida de carisma histórico de una revolución que se pliega al mercado y se
muestra diligente en la colaboración militar con los Estados Unidos, se trivializan demasiado
las promesas de la Cubanología y se cierran muchos bolsillos para la fundación de
publicaciones y centros dedicados al estudio unilateral de los llamados “problemas cubanos”.

Lo mismo, por cierto, sucede en las páginas de El Nuevo Herald. No hay más que echar una
ojeada diaria a las Opiniones para comprobar la creciente presencia de los temas argentinos,
colombianos, venezolanos, peruanos y mexicanos; además de la creciente colaboración de
columnistas españoles. Pero esta contracción es positiva, implica una autopercepción más
modesta que nos hace histórica y políticamente más leves, sencillos y, por tanto, mejor
dispuestos para los cambios. Avancemos sin miedo hacia ellos, en fin de cuentas, nada
radicalmente diferente a lo que ya está pasando  acontecerá en la isla o en Miami después de
la muerte de Fidel Castro.
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Enero 2002