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La simpatía adversa
Ventana Mágica
Miami: Cuba first class.

Puedo comprender el desasociego de algunos compatriotas que empiezan a percibir la
sobrevivencia del castrismo como eternidad. Del castrismo, no de Castro, cuya desaparición
fisica ahorita empieza a resultar fútil. Entiendo la desesperanza y el escepticismo: no es un
sentimiento infundado, el futuro siempre es incierto. La revista National Geographic, por
ejemplo, ha publicado sendos artículos en sus ediciones de marzo y abril dedicados a los
resultados de las “transiciones” en el este europeo y en Johanesburgo: hay males del “antiguo
régimen” que persisten. Carlos Alberto Montaner también nos ha hablado, con conocimiento
de causa, del albur postcomunista en Hungría, Slovaquia, Polonia… No constituyen, en
cualquier caso, porvenires ideales.

Pero no son los estados en rectificación política sino las instituciones culturales las que hoy
nos pueden inspirar. Como decía Baudelaire, cuya aptitud profética es incuestionable: “La
experiencia histórica se adelanta como experiencia estética”. Existen en Miami al menos dos
instituciones culturales verdaderamente “first class” que constituyen el mejor “partido” por el
que se puede votar en la política cubana del futuro.

La primera de ellas es la Sala de la Colección Cubana, inscrita en la Biblioteca Otto Richter de
la Universidad de Miami. Se trata de una fundación cultural cubana acometida con fondos
privados provenientes, en lo fundamental, de la familia Goizueta, por lo que el interés cubano
goza de la relativa independencia que aporta la solvencia económica. Pero tiene la ventaja de
estar inscrito en un sistema de jurisdicción norteamericano, lo que funcionaría, llegado el
caso, como una suerte de mecanismo supervisor de pasiones y  compromisos excluyentes
muy lógicos en una cultura hendida por el diferendo político.

La modernidad tecnológica de la Sala Cubana es de primera línea, superior incluso a la de
muchas de las bibliotecas que se pueden visitar en el noreste del país. El personal que allí se
desempeña combina la máxima competencia profesional, la amabilidad y ese sentido del
humor que insistimos en caracterizar como propio del cubano.

A mí me correspondió la atención de la maestra Lesbia de Varona, quien me recordó a la
querida Aracelys García Carranza de mis tiempos en la Biblioteca Nacional de Cuba, una
persona tan sensible que llegó a escribir, en un artículo censurado por Julio le Riverend, que
Reinaldo Arenas era una persona cariñosa, algo que pocas veces se dice del gran escritor. A
diferencia de algunos enfoques académicos, de publicaciones falsamente dialogadoras y,
claro está, de las llamadas “líneas duras”, en los estantes de la Colección Cubana se pueden
encontrar, juntitos, con el único linaje del orden alfabético, a Barnet y Baloyra, Arenas y Arrufat,
Padilla y Padura…

Por si fuera poco resta el disfrute, la razón hedónica: se exhiben allí, al natural, las palmas
reales de entonces, un hermoso cuadro de Humberto Calzada, originales de nuestros clásicos
e incunables de interés; además de un café al mediodía, si la ocasión lo merece.


Señalo por último que el catálogo preparado el pasado año por la Sala de la Colección
Cubana de la Universidad de Miami, cuyos fondos complementan la información de otras
bibliotecas y archivos de interés temático como los que hay en Huston o Princeton, obtuvo el
premio nacional de excelencia.

Otro proyecto cultural “first class” que ha desobado el exilio cubano en (no de) Miami es el
Colegio de Belén. Heredera de una tradición legendaria, esta institución educativa de los
Jesuítas se proyecta con mucho realismo en la concepción del futuro de sus educandos.
Cuenta con un modernísimo teatro con capacidad para más de seiscientos espectadores,
gimnasio, canchas y campos deportivos, excepcional biblioteca y una galería edificada con
fondos de la familia Saladrigas que, en este momento, exhibe obras de reconocidos artistas
como Carlos García, Luna, Vizcaíno y otros.

En cuanto a su excelencia académica solo diré una cosa. Tengo el honor de ser amigo del
joven artista Nick Calzada, graduado de la Universidad de Yale y estudiante de dirección
cinematográfica en NYU (Universidad de New York). Nick es egresado del Colegio de Belén.

La ciudad es uno mismo. El mundo comienza de la piel hacia dentro y el paraíso, si existe, se
abre con la puerta de casa. Bienaventurados los balseros que aún en el exilio siguen
bregando contra el resentimiento, el complejo, la envidia y la amargura. Piedad para los otros.



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Abril 2004