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La simpatía adversa
Ventana Mágica
Pa´l medioevo me voy.

                “…y Provenza, con sus sones, siempre va a sobresalir, tu vé…” (PM)

Si como se afirma, todos (Raúl, Esteban, Felipe, Emilio, el par de José Ramones…) llevamos
un Fidelito Castro dentro, entonces, ¿qué lleva dentro Fidel? ¿Acaso otro Fidelito Castro que
exagera el que lleva fuera?, ¿quizás un hombrecito tan ocurrente como él?  

Como quiera que sea, la elementalidad de la frase no justifica la convicción con que muchos
compatriotas la usan.  

La sentencia es ambigua:

1-Si al advertir que todos llevamos un Fidelito dentro lo que se desea es alertar sobre la
necesidad de controlar las veleidades autoritarias que nos recurren, entonces el problema
tiene que ver más con la naturaleza que con la historia. Respecto a la bestia interior hay que
decir como Poe: “No viene de Birán: viene del alma”.  

2-Al aceptar que, en efecto, “todos” marsupializamos un Fidelito, se está trivializando la
responsabilidad que tiene el Fidelito de verdad. Según la frase, en el peor de los casos él no
habría hecho otra cosa que convertir en logro lo que para nosotros es solamente tendencia.

La superación del totalitarismo cubano nos sitúa en una condición de “stillborn” político, donde
rige el clíopragmatismo con que Renán respondió en la Sorbona (1882) a la pregunta ¿Qué es
una nación?. Para salir con ventaja del oscurantismo una nación debería buscar la inculpación
del menor número de personas posibles. Sin llegar a cero. ¿Cuál es ese número? El uno (1),
por supuesto. Considerar que Fidel Castro es el único responsable del problema cubano
puede ser históricamente errado, pero es socialmente moral y eficiente en política.

El pase de cuenta que Dios le ha hecho o le hará a Fidel Castro, al Fidelito Castro que solo
Fidel Castro lleva por fuera, justifica la celebración desde muchas perspectivas religiosas y
filosóficas.  

Fue a Fidel a quien Miami le festejó la muerte. Si te ensayan una mejilla, ensáyale la otra, dice
la versión dramatológica del texto sagrado. Nada tuvo que ver el homenaje con los cubanos
que viven en la isla, ni siquiera con los cubanos que son fidelistas.  

A pesar de esta aclaración, seguimos viendo en las noticias a gente en Cuba que tilda de
salvaje al exilio cubano de Miami por manifestar su complacencia por el poder “cedido”.
Incluso una compatriota habanera se refirió al exilio en términos de chusma previsible.


Ante estas manifestaciones de santurronería filantrópica es necesario establecer algo. Muy
bien, supongamos que estamos equivocados. Que está equivocada la oposición, la disidencia
y hasta la heterodoxia que se esconde en las propias instituciones del castrismo. Imaginemos
que, en efecto, a Castro se le quiere mucho en Cuba, que incluso se le ama y que lejos de
querer salir de él, el pueblo desea obedecerlo hasta alcanzar la gloria histórica.

Si esto es así, entonces, debemos reconocer que Cuba tiene dos orillas diferentes y hasta
irreconciliables, que aman a héroes distintos, que se forjan en distintas comprensiones de la
vida y la muerte, de la alegría y la tristeza. Dos comunidades que, respecto a Fidel Castro y
todo lo que este implica, no se van a poner de acuerdo jamás.

Ante tal evidencia, sería adecuado segregarnos como apestosos medievales. Ponernos una
campanita o una casetera en el brazo con músicas que nos identifiquen en la distancia. En la
mano de unos sonaría Celia Cruz, en la de otros la voz de Sarah González. Con la lógica de la
tuberculosis, trataríamos de no contaminarnos. A pesar de lo que piensa mucha gente de
buena intención, un desencuentro honesto puede ser mejor que un encuentro urgido por el
recelo y la argumentación.






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Viernes 4 de agosto, 2006