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| Martí aún. Hace unos años la revista uruguaya Graffiti publicaba una encuesta acerca de los temas de conversación preferidos de los escritores de ese país sudamericano. ¿De qué hablaban los escritores uruguayos? Pues en primerísimo lugar de otros escritores uruguayos. Generalmente mal. Los intelectuales discuten asuntos que tienen valor en su propio ámbito; unas veces gracias a la agudeza crítica del sector, otras, en virtud del sectarismo que los separa de la vida más allá de los (sus) muros. Ni es una insuficiencia, ni es una virtud, solo un signo de profesión. Mientras a los intelectuales cubanos nos interesa, por ejemplo, la crisis del nacionalismo insular, la gente hace profesión forzada de cubanidad. En lo que uno critica el regionalismo, cada exiliado cree firmemente que se ha largado al mejor rincón del mundo. Mientras insistimos en superar el mito de la excepcionalidad, el cubano se resiste a ser considerado “latino” o “hispano” y quiere que le tomen por “raza”. A la vez que tratamos de “deconstruir” el mito martiano, prospera en Miami el negocio de vender imágenes y bustos del Apóstol cubano. El ejercicio de desmitificación martiana es una de las empresas más interesantes que ha (re) emprendido la intelectualidad cubana. Se trata de una rebelión contra un dogma central de la nacionalidad, lo que si no supone valentía, implica por lo menos temeridad. Pero la “desmitificación” martiana se ha salido de su cauce, se ha escapado del círculo o la cámara donde el saber iniciático gozaba de una contención ética. La popularización de los cuestionamientos a Martí, que escandalizaron a los políticos, moralistas, militares y eclesiásticos, ha empezado a preocupar a otros sectores de la comunidad. Los últimos en reaccionar han sido los masones. Una logia de Ranchuelo ha protestado enfáticamente por las operaciones nihilistas practicadas sobre la (su) “realidad” martiana. También algunos disidentes y grupos de ex prisioneros políticos. Los intelectuales debemos tener en cuenta que en esta nueva fase de la discusión sobre Martí ya no se están dirimiendo dos posiciones ante el mito martiano; ahora se trata de un problema entre quienes creen que Martí es un mito (da lo mismo si un mito que debe potenciarse o degradarse) y aquellos que lo consideran un hecho con capacidad para ejercer un apostolado real. Los antiguos rivales tienen la opción de un abrazo en la debacle. . |