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La simpatía adversa
Ventana Mágica
La Jiribilla, NY Times y las “medidas”.

La última expropiación que ha hecho Fidel Castro es la expropiación del discurso. El
Comandante es famoso como “antimperialista”, cuando es en Miami y no en la isla (ni siquiera
en Guantánamo) donde se planta la cubanidad como contraparte de la cultura anglosajona. En
lo que esto sucede, mientras la famosa identidad se sostiene en la calumniada ciudad
floridana, con tensiones sociales y políticas incluidas (la tirantez de las relaciones de la
comunidad cubana con la comunidad afroamericana es notable, por poner un ejemplo), él
permanence protegido en su hueco habanero.

Fidel Castro ha usurpado también el discurso de la víctima. No son el Comandante ni sus
escritores quienes están al margen de los grandes poderes editoriales; ni es su política el
objeto de cuestionamiento de la gran prensa norteamericana; la víctima real es, una vez más,
la comunidad cubana de Miami; que ni es intolerante, ni está vendida a nadie.

?No censuraron acaso en Cuba las imágenes donde algunos grupos de civiles cubanos eran
apresados por la policía de Miami (muchos de ellos cubanos tamnbién) cuando se les
enfrentaban durante los sucesos del “caso Elián”?. ?Quiés es capaz de desafiar
verdaderamente, más allá de las palabras, al “vecino poderoso”? El televidente promedio de la
isla estaba muy confundido: no eran los milicianos sino los gusanos de Miami quienes daban
acá la más visible y problemática batalla contra “el imperialismo”.

La propaganda castrista ha convencido a la gente en Cuba de que la gran prensa
norteamericana está en su contra. Es algo que hasta algunos propagandistas creen. La
misma La Jiribilla ha mentido respecto a esto en nombre de Ramonet, quien pasando por alto
sus grande poderes editoriales trata de aparecer como una víctima del monopolio de la
información. No son pocos los jóvenes intelectules españoles que piensan esto de Ramonet,
quien, como se suele decirse en Cuba, “se ha mudado con los poderosos”.

En el presente número de La Jiribilla, por ejemplo, se cita un editorial de The New York Times
donde se asegura que hasta ese periódico ha tenido que reconocer el punto de vista del
castrismo respecto a “las medidas de Bush”. Una mentira más: todo el mundo sabe que,
desde los propios orígenes de la revolución hasta hoy mismo es frecuente la sintonía entre el
editorial de ese periódico y el punto de vista de Fidel Castro.

Reportando para Granma este 27 de de junio la agencia PL asegura desde Washington que el
NY Times considera “ultrajantes” las medidas adoptadas por la administración Bush. Se
editan declaraciones que, efectivamente, casi reproducen el punto de vista oficilista cubano;
con la ventaja de que no habla Castro ni alguno de sus voceros, sino esta prestigiosa
publicación norteamericana. Es como haber rentado esa voz, aceptando de facto la falta de
credibilidad de la propia.

La Jiribilla debiera destacar más que hay fuerzas importantes en este país, en el Congreso, en
la prensa, en las Universidades, que están en contra de la política de la dministración Busch;
por lo que no se trara de una diferencia entre pueblos, sino entre gobiernos. De un lado y de
otro.

Cuando La Jiribilla echa mano de la evidencia de que el gobierno de los Estados Unidos no es
lo mismo que el pueblo la convierte en una media verdad, en una falacia. Debería haber
puesto al menos dos cotas:

1-Que si bien no es lo mismo el pueblo Americano que el gobierno, este está electo por el
pueblo; bajo un acuerdo que de forma tácita acepta que, en esa partida, hasta los que se
abstienen de votar deben reconocer a quien ha ganado la jugada electorialista cuatrienual.

2-Que si bien el gobierno no es el pueblo, esta tesis debería aplicar también para el caso
cubano, dejando claro que una política contra el gobierno de Fidel Castro no es una política
contra el pueblo cubano; lo que aplica también cuando el gesto es a favor.

La Jiribilla debería hablar también de lo familiarizados que están algunos de los “intelectuales
orgánicos” de la revolución con el modo de vida norteamericano, con su confort capitalista.
Estos intelectuales del gobierno (funcionarios del partido, como tuvo a bien rectificarle J.R.
Balaguer a uno de nuestros “reformistas”) dicen estar contra el anexionismo de Cuba a los
Estados Unidos porque ya se han anexado ellos previamente como individuos. En algunos
casos esta anexión se da incluso a nivel de pasaportes y prestaciones de “inteligencia”.

Entre los propagandistas oficiales cubanos puede haber alguien engañado; pero, en mi
opinión, le están mintiendo a sabiendas a las gentes. O, en todo caso, les están engañando
porque es una exigencia de la propia revolución. Cumplen así con un cuestionable precepto: la
revolución justifica los medios.
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Junio 2004