El diablo no se llama Guillermo Tell
Es cierto, María Zambrano solía decirle “el innombrable” a Francisco Franco. Pero en ella no
era un embaraje bautismal sino una continencia inspirada en el pensamiento sufí.
“Tranquilizador e insuficiente”, como calificaba el escritor Naguib Mahfouz a esta gimnasia
espiritual. Para el sufismo, nombrar es delinear, precisar, “poner costas”, por eso Zambrano
prefería dejar zozobrar al Caudillo en las aguas indefinidas, que cederle la fuerza ontológica
del nombre. Más aún siendo “franco” el nombre del dictador.
Durante mucho tiempo la crítica cubana utilizó perífrasis, pseudónimos y eufemismos para
referirse a la sociedad totalitaria y sus amigos. Algunos definitivamente erráticos, como aquel
de “Fifo”. Una amiga chilena me decía: “Es difícil ver un asesino en una persona a la que se le
llama 'Fifo'.” Cierto: “Fifo” es nombre para un osito de peluche, no para un tirano.
En una entrevista realizada por el periodista checo Petr Placák al músico cubano Gorki Aguila,
leemos que esa época de las metáforas ha pasado. Como decía Lydia Cabrera en uno de sus
Cuentos negros, para que se abran los caminos es menester empezar a abandonar los
atajos. “Se hace camino al andar” no es sólo un verso; es también un axioma de la ingeniería
civil. (Un verso de Machado, querido Robertico Robaina, y no de Serrat).
La entrevista a Gorki se titula justamente “Llegó la hora de llamar las cosas por su nombre” y
fue publicada por Encuentro en la Red el pasado martes 29 de agosto. Entre otras cosas, el
líder de la banda Porno para Ricardo apunta al nombre del responsable en jefe de los males
cubanos: “Ya no necesito ningún recurso poético para decirlo.”
Este tipo de obra con mensaje descarnado resulta siempre incómoda para la crítica. En
literatura, cuando aparece algún pamphlet (en inglés no tiene ningún sentido peyorativo), los
comentaristas de arte se apresuran a descalificarlo en nombre de “la calidad de la escritura”;
como si un corpus literario nacional lo formaran solamente las “obras bien escritas”. Un
calificativo un tanto estúpido, además, pues la bondad es una categoría moral y no artística.
Pero con Gorki Aguila y Porno para Ricardo se fastidiaron; los músicos ni son ingenuos en el
uso del texto ni son improvisados en la ejecución vocal e instrumental de sus piezas. Ya Gorki
había aparecido en el filme Habana Blues de Benito Zambrano haciendo comentarios
audaces entre el grupo de músicos que lanzaba sus tesis a la cámara. Esa audacia artística y
un hábil manejo de los referentes se puede constatar también en uno de los trabajos recibidos.
Me refiero al número “El Comandante” que, más allá de la letanía textual, tiene al oyente en vilo:
descubriendo citas, inventando enlaces, evocando alguna cifra que dispare la comunicación.
La canción satisface todos los resquicios del programa “pop”. La interpretación, cabalmente
burlona, termina con un coro que desborda la gravedad de los “comandantes” de Mejía Godoy
y Alberto Falla. Después de escuchar esta canción uno siente más simpatía por el grupo Los
Yoyo que por toda la saga política que milita en eso que José María Vitier ha calificado como “la
banda sonora de la Revolución”.
2006.