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| Graffitis habaneros. A diferencia de la mayoría de las facultades de humanidades de Hispanoamérica, las habaneras no suelen ser prodigas en graffiti, o pintadas, como dicen los españoles. ¿Censura o autocensura? Pues ambas cosas, pues si bien el graffiti no es en Cuba un delito enfático como en los EE.UU., la chivatería roza los limites de la ubicuidad. Durante mucho tiempo la meca del graffiti habanero fue el monumento a José Miguel Gómez, ubicado en el extremo donde la calle G se dispone al abrazo con Zapata, Boyeros y Carlos III (renombrada Salvador Allende). El ingenio escritural de irreverentes autores, procedentes la mayoría del Preuniversitario del Vedado, ofreció frases como esta: “La ideología me provoca desconsuelo, aburrimiento, amnesia, y otras cosas que ya no recuerdo”; o esta otra, quizás perteneciente a un seminarista de las iglesias de la zona: “En Cuba la gula no es un pecado, sino un milagro”. Pero la fama trae mala suerte. En un arranque de puritanismo Eusebio Leal, para congraciarse con los visitantes extranjeros, decidió momificar ese espacio encerrándolo entre cadenas y blanqueándolo con una asepsia mortuoria. La revolución de 1959 cubre así un destino inevitable: del campamento al monumento, de aquí al museo y, finalmente, al panteón. Como parte de un trabajo sociológico de campo resolví recoger graffiti en las paredes de las instituciones culturales de la ciudad, decisión que me proporciono un sin fin de anécdotas. Refiero apenas tres: durante algunas visitas a la escuela de pintura de San Alejandro pude comprobar que había allí otra mina de graffiti, pero cuando me dispuse a recogerlos, cámara y bolígrafo en mano, le habían dado ya unas manos de cal, o de “lechada”, como también se le conoce en Cuba. Recuerdo uno ingenioso, probablemente de connotaciones sexuales, aunque a mi se me antoja político en esta época de conciencia ecológica y pacifista. Decía: “La paloma es el bicho de la paz. Tu eres mas que la paloma: eres la paz de mi bicho.” En una pared de la Facultad de Artes y Letras descubrí una forma activa de practicar el graffiti; a partir de una sentencia inicial se hacían observaciones que a la altura del fin de semana configuraban un dialogo tan pleno como clandestino. Transcribo de mi Diario una pequeña muestra del intercambio. La afirmación: “?Que bien viven los comunistas?”; la replica: “!Que bien se ve que no eres comunista!.” El tercer incidente me sucedió cuando bajaba a apuntar graffiti a un salón del cine Yara. Había una suerte de alerta antiimperialista y me requirieron por merodear por allí. Al contar mi intención recibí la mas completa clase practica para conseguir pintadas y, de paso, un archivo de ellas que algún día compartiré con los lectores. El improvisado y sabio maestro se presento, de la manera mas orgullosa, como ex-sonidista de los Almas Vertiginosas. Para mi que soy de Bauta, y tengo decenas de amigos en Santa Fe y Jaimanitas, se trataba de un titulo suficiente. Todas estas historias me las han refrescado unos amigos, entusiastas de los cuentos habaneros, quienes reflexionaron con gracia e inteligencia sobre algunos de los graffiti mas famosos de los últimos tiempos. Parodias, palimpsestos, paráfrasis de la propia propaganda oficial, todos muestran el alma de una cubanidad ansiosa. Dos muy simpáticos se burlan del antiyanquismo publico que contrasta con la admiración (y hasta fascinación) del cubano medio con Norteamérica. La estructura es simple: se acepta el lema castrista y se le acota irónicamente: “Somos felices aquí… imagínense allá”. Otro: “Señores imperialistas, no les tenemos absolutamente ningún miedo… Lo que les tenemos es una envidia…” Por ultimo quisiera apenas destacar la gran intuición filosófica que existe tras el conocido graffiti: “Abajo quien tu sabes”. ¿Quién es quien tu sabes? Pues sencillamente quien tu sabes. Maria Zambrano le decía a Franco el innombrable, en una finta que recoge la gran saga del pensamiento sufi. Se puede rastrear también en Ibn Arabi de Murcia: no se le deben poner contornos al mar ni al mal. Al primero porque es inútil pretender apresar el infinito, al segundo, porque va y nos “sapeamos” y la maldad acude como en un conjuro mágico. Una vez mas. |