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| El frente abisinio. A mi hermano Carlos Manuel Estefanía: por “hacerse el sueco”. Antes de fugarse con las maletas repletas de dinero, Mengistu Haile Mariam fue también (como Batista, Castro, Chávez y Uhmala) un joven militar revolucionario inconforme con la desigualdad existente en su país y los estratos del ejército profesional. Mengistu tuvo la suerte de erigirse sobre la extravagancia de un tirano como Haile Selassie, quien se automanifestó en la entrevista que le realizara Oriana Fallaci como un ser inescrupuloso, más encariñado con sus mascotas que con su familia. Ni digamos ya su pueblo. El joven Mengistu entró pues con fama de salvador en la familia mundial de revolucionarios profesionales, inventándose una Somalia agresora a través de la cual se le oponía virtualmente el imperialismo. La relación anticapitalista del líder etíope era, por decirlo de alguna manera, más católica que la de Castro, quien como protestante político no necesita un mediador en el enfrentamiento. Mengistu también recibió la “ayuda desinteresada” del movimiento revolucionario internacional, parte de la cual era el “intercambio académico” con la isla cubana. Fue así que empezaron a llegar estudiantes etíopes a La Habana, y así fue que llegó a la Facultad de Filosofía de la Universidad, en el año 1980, un “frente abisinio” integrado por cuatro estudiantes: Hailu Dama, Belae Kasaye Haye, Mandrefo Hailu y un cuarto cuyo nombre no puedo recordar. Los cuatro decían ser militantes de la revolución de Mengistu, eran bilingues (hablaban amarico e inglés), tomaban té casi todo el tiempo y amaban el fútbol. Fueron casi siempre, digamos que siempre, excelentes amigos. Y si alguna vez riñeron, fue entre ellos mismos. Hailu Dama era lo que se dice “un brain”. Jugaba excelente ajedrez, tenía un fino sentido del humor y al terminar el primer año de la carrera de Filosofía Marxista-Leninista hizo un viaje de visita a su hermana en los Estados Unidos del cual no regresó. Dije que era un cerebro. Como casi siempre sucede entre camaradas, de Hailu Dama no se habló más; ni bien ni mal. Desapareció de nuestras vidas hasta hoy. Era el más abisinio de todos, incluyendo grandes ojos negros cercados por esas sombras que han hecho de la mujer etiope un canon de belleza en el mundo. Belae era simpático y en cinco años no llegó a hablar correctamente el idioma español. Con él la Facultad de Filosofía pudo ganar un par de veces la medalla de oro del fútbol universitario, frente a facultades enormes como Derecho, Economía y Biología. No era fuerte en el terreno, pero sí hábil y hasta elegante. Tuvo buenos amigos. Me consta que Juan Carlos Bérriz (quien vive en La Coruña) y Rosario Royero (quien vive en San Juan y Martínez) lo mortificaban en la misma medida que lo querían. Era ocurrente, y llegó a asegurar que la revolución había sido tan buena para Etiopía que el clima había mejorado y hecho desaparecer la homosexualidad. Lucía como un, digamos, “afroafricano”, para ser polícamente correctos. Mandrefo era lo que se dice un caballero. Hizo su tesis en Sociología Agraria con el profesor Ernel González, quien años antes había defendido en Ecuador su maestría en el tema. Me dijeron que murió en un accidente de tránsito mientras trabajaba como funcionario de agricultura en su país. Ese tipo de muertes son noticias raras; ocurre con ellas como el amor a distancia, que es otro tipo implacable de desaparición. Decía que el cuarto etíope escapa a mi recuerdo. Su nombre, no su figura, ni su persona. Era el más hedonista de todos; se asimiló a la vida habanera de baile y sexo y perdió algunos cursos. Finalmente terminó su estancia en Cuba de una manera extraña. Un día se perdió sin más. Entre toda esa Babel de socialismo internacional que tuvo una de sus sedes privilegiadas en la Residencia Estudiantil Lázaro Cuevas, más conocida como F y 3ra, los etíopes fueron siempre unas personas tranquilas y distinguidas. Creo que se merecen una suerte buena. Ya declarado en su reacción, el gobierno cubano insistía sin embargo en tirarle la toalla a Mengistu. Un día, tras un intento de golpe de Estado en Addis Abeba, la propaganda castrista hizo una defensa del dictador que casi mata de risa a mi amigo Leonardo Calvo. Decía el periódico “Granma”: “PL. Calma en Addis Abeba. Hoy en la mañana se veían personas en la calle y hasta se reían y todo. |