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| La feria de la objetividad. Así como nadie tiene suficiente talento como para desafinar en todas las notas, se supone también que a un tirano le resulta imposible el ejercicio absoluto del mal. Por esta razón, si un periodista quiere ser objetivo ante una tiranía, no sólo deberá informar de sus cárceles, sino de las grandes fábricas de acero que modelan los grilletes y las escuelas que ha construido para investigar el silencio. Los médicos, que hicieron el famoso juramento hipocrático, deben guardar las pociones. El tirano es un ser humano y están profesionalmente obligados a velar por su salud. El profesor no deberá usar su aula para imponer doctrina, sino para enseñar a pensar libremente. No dirá entonces que el tirano es un asesino sino que posee una manera muy peculiar de considerar la muerte. El cura no condenará a la Bestia. Eso es cosa de Dios, ante quien deben responder todas las criaturas que habitan… ¿la isla? El taxista no llevará al tirano a una dirección equivocada. Aunque le desprecie, como profesional deberá cumplir fielmente con el itinerario más corto. El peluquero le hará un buen corte de pelo. Ante todo, es un especialista y no debe usar su sillón ni sus tijeras –ni siquiera su afiladísima cuchilla– para dirimir pasiones. El meteorólogo no lo dejará mojarse impunemente. Primero debe cumplir con su trabajo en el observatorio. Lo demás es pronóstico. El repostero no lo envenenará. Su compromiso es hacer un buen pastel. No es ético adulterar recetas antiguas para alcanzar ventajas políticas, por muy urgentes que estas sean. El editor no puede censurar los elogios. Si la pieza está bien escrita, su deber es publicarla; los lectores serán los encargados de juzgar. Solo el bufón es parcial ante el tirano. Su función es hacerlo reír con la verdad, aunque el tirano goce también con la mentira. |