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La simpatía adversa
Ventana Mágica
La feria de la objetividad.

Así como nadie tiene suficiente talento como para desafinar en todas las notas, se supone
también que a un tirano le resulta imposible el ejercicio absoluto del mal. Por esta razón, si un
periodista quiere ser objetivo ante una tiranía, no sólo deberá informar de sus cárceles, sino
de las grandes fábricas de acero que modelan los grilletes y las escuelas que ha construido
para investigar el silencio.
Los médicos, que hicieron el famoso juramento hipocrático, deben guardar las pociones. El
tirano es un ser humano y están profesionalmente obligados a velar por su salud.
El profesor no deberá usar su aula para imponer doctrina, sino para enseñar a pensar
libremente. No dirá entonces que el tirano es un asesino sino que posee una manera muy
peculiar de considerar la muerte.
El cura no condenará a la Bestia. Eso es cosa de Dios, ante quien deben responder todas las
criaturas que habitan… ¿la isla?
El taxista no llevará al tirano a una dirección equivocada. Aunque le desprecie, como
profesional deberá cumplir fielmente con el itinerario más corto.
El peluquero le hará un buen corte de pelo. Ante todo, es un especialista y no debe usar su
sillón ni sus tijeras –ni siquiera su afiladísima cuchilla– para dirimir pasiones.
El meteorólogo no lo dejará mojarse impunemente. Primero debe cumplir con su trabajo en el
observatorio. Lo demás es pronóstico.
El repostero no lo envenenará. Su compromiso es hacer un buen pastel. No es ético adulterar
recetas antiguas para alcanzar ventajas políticas, por muy urgentes que estas sean.
El editor no puede censurar los elogios. Si la pieza está bien escrita, su deber es publicarla;
los lectores serán los encargados de juzgar.
Solo el bufón es parcial ante el tirano. Su función es hacerlo reír con la verdad, aunque el tirano
goce también con la mentira.
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Viernes 22 de septiembre, 2006