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La simpatía adversa
Ventana Mágica
El trono, la escalera, la silla.
(Miami: exégesis de una caída).

                               
No tengo trono ni reina…
pero sigo siendo el Rey.
                               
Hace un par de días Fidel Castro sufrió un lamentable accidente durante un acto de
graduación efectuado en Santa Clara; en una de las escaleritas del complejo arquitectónico
dedicado (literalmente) a “enterrar” la imagen de Guevara. Esta obra es, con todo derecho, una
de las “ejecuciones” más feas en la historia del arte cubano.

Mirando desde el suelo, asustado como un niño que ha roto el pantaloncito de “muselina”
comprado por el padre en tiempos de miseria, el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz
(Secretario General del Partido Comunista de Cuba, Primer Secratario de los Consejos de
Estado y de Ministros) le pregunta a una estatua del Ché Guevara inspirada en el peor
realismo socialista: “?Voy bien Ernesto?; a lo que el argentino parece responderle: “!No seas
boludo Fidel!”.

Hace poco tiempo, decía, sucedió este lamentable accidente. Y voy a explicar ahora la
intencionalidad y descarrío con que utilizo ese matrimonio de adjetivo con sustantivo.

Es “lamentable” porque, en fín de cuentas, se trata del destarre de un viejo. La caída fue
realmente espectacular, estrepitosa, llegándole a rebotar la rodilla izquierda como si el piso la
despreciara.

Como a la hora de la emulación nacionalista no hay distincinones políticas, por ahí andan
diciendo ya que el papelazo del Comandante estuvo a la altura de la ridiculez cubana, que ni
Franco, ni Trujillo, ni Pinochet, e incluso que ni Porfirio Díaz, les hicieron pasar una venguenza
semejante a sus compatriotas. Desgraciadamente, el ridículo del llamado “Presidente cubano”
es una cuenta que se nos pasa a todos.

Hubo gente que, teniendo suficientes motivos para odiar a Castro, sintió un pasajero
sentimiento de compassion. Esa refrescante sombra confirma dos cosas:

1-Que hay capacidad de perdón en la gente.

2-Que si no fuera por la cantidad de prisioneros y muertos que este medio siglo acumula, el
castrismo pudiera ser repensado como una de las etapas más cómicas de nuestra historia.

Es también “lamentable” porque evidencia que el gobierno de Fidel Castro ni siquiera es ya
una dictadura, es una suerte de tiranía gerontocrática donde los sets se suceden sin guión
preciso ni seriedad. ?Es realmente esa cosa verde que rodó por el suelo, quebrada ya su pata
flaca y su brazo tembloroso, el tirano que los cubanos hemos pretendido poner a emular con
Hitler, Mussolini, Stalin, Alejandro Magno, Atila y Gengis Kan?.

Hay que ver que somos descarados.

Desde una perspectiva “determinista”, que Laplace formulara sin conceciones, podemos
establecer este principio general: todo evento tiene una causa. De ahí que la accidentalidad
tiene un sentido relativo: hay, pues, una “causa” del derrumbe de Fidel Castro: el diseño de la
escalerita, los astros, la CIA, vaya usted a saber. El evento sucedió por algo, o simplemente
sucedió; las implicaciones que va a traer, si las trae, es otro asunto.

La prensa reportó las reacciones de la comunidad cubana de Miami no de manera falsa sino
parcial: acertó en lo que dijo, erró en lo que omitió.

El suceso tenía bastante riqueza simbólica, incluso a nivel linguístico, pues se podía jugar con
la polisemia de la palabra “caerse”: en sentido físico y en el sentido político. Se imaginaron
decenas de anécdotas; gente que daba la noticia de “la caída” y su interlocutor lo tomaba por lo
político, desencadenando entonces supuestas reacciones como: salir a la calle, llorar de
susto o alegría, empezar el saqueo de las tiendas de los hoteles habaneros, zarpar desde los
cayos de la Florida, etc. Algunos de estos relatos fueron aprovechados por periodistas, o
sencillamente no dejaron pasar la oportunidad de hacer malabares con las palabras.

Bien, lo anterior vale; pero es necesario rectificar la visión extrema (simplista) que se divulgó
generalizadamente como si fuera “la reacción de la comunidad cubana de Miami ante la caída
de Fidel Castro”. Según varios medios, esta reacción estuvo caracterizada por dos estados
extremos:

1-La solemnidad (de carácter politico).

2-El júbilo.

Excepto una emisora, y un representante de una muy específica organización del exilio que
habló “del día depues”, y la necesidad que habría de estar preparados para la transición
cuando “lo que esperamos suceda”, excepto esas dos voces muy aisladas, repito, lo cierto es
que la comunidad cubana de Miami dió muestras de gran madurez al tomarse todo esto con
mucho sentido del humor. Un reportero recogió testimonios de personas que decían haber
rezado y pedido a Dios esta caída de Fidel (aunque el Señor se haya quedado corto). Otros
aseguraron que lo habían visto en los astros y en las cartas; pero lo que se vió fue gente muy
simpática bromear con el asunto; no gozar, sino sencillamente chotear al Comandante por el
papelazo. En fin de cuentas, no hizo más que “sacar un boniato” histórico; el boniato más
grande que se ha sacado en la historia cubana y vaya Ud. a ver si más allá.

En la televisión, en programas como Despierta América, el Tiki-Tiki del Mediodía, en El Gordo y
la Flaca, en los noticieron de todas la horas, los conductores no hacían sino bromear con el
destartale; se bromeó con la caída en la radio de AM y de FM, en el Mikimbín, en El Vacilón de
la Mañana y en cuanta reunión familiar y de amigos se produjo.

No es cierto que “Miami entero” empezó a hacer planes como si esto fuera el fin de Castro. La
gente es más madura, más divertida y ya no se deja arrebatar la alegría cotiana por falsos
eventos de la historia; así sea una historia que es como una metástasis de la comedia. No se
formó un gobierno provisional, ni se hiceron maletas: la gente se rió, se divirtió. Es una de las
pocas veces que Castro logra hacer feliz a su pueblo, por eso no debió pedir disculpas por
caerse: es lo mejor que ha hecho en su vida, ojalá no muera nunca, quiera Dios que sea
eterno para que se caiga una y mil veces más.

Cierta vez Felipe González quiso convencer a Fidel Castro para que se hiciera Rey y se
inventara un trono. Como Rey, Castro hubiera tenido menos poder que como Comandante, asi
que no aceptó. Ahora, por culpa de una escalera, podría estar largo tiempo en una silla. La
distancia histórica que hay entre la Revolución mexicana y la cubana es la misma que puede
haber entre la Silla de la Presidencia del Zócalo y la silla de ruedas del Comandante.

Que a nadie le quepa duda que desde ahí, sublimado por escaras y grietas supurantes,  
continuará su leyenda de guerrero antinorteamericano. Ahora sí, como quería González, Castro
será un Rey, y por los fríos pasillos de su Comité entral cumplirá finalmente su destino, dicen
que estoico: rodar y rodar, rodar y rodar…
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Octubre 2004