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La simpatía adversa
Ventana Mágica
Las memorias de Rafael Díaz-Balart.

El Koubeck Center es una dependencia docente de University of Miami ubicada en la 3 calle y
la 27 avenida del South West. Es una edificación muy bien dotada y, sin embargo, un poco
triste. Lúgubre tal vez. La exhuberante vegetación, que incluye bugambilias fuera de talla, la
disimula demasiado. La mayoría de sus entradas están clausuradas y de su exiguo parqueo
es tan difícil salir como entrar.

En esa plaza, la noche del jueves 20 de abril, se produjo un evento memorable: la
presentación de las memorias del político y tribuno cubano Rafael Díaz-Balart, en memoración
del primer aniversario de su muerte.

Nunca el Koubeck Center estuvo tan colmado. Varios centenares de personas (amigos,
familiares, periodistas, personalidades de la ciudad, estudiantes...) elegantemente vestidas,
más bien engalanadas (a pesar de que dos horas antes Miami había llegado a los 90`F), se
congregaron en un salón de actos que fue literalmente desbordado, haciendo necesario
instalar una sala alternativa para seguir el evento a través de una pantalla.

Las memorias de Rafael Díaz-Balart fueron publicadas por la casa editorial de Juan Manuel
Salvat y se titulan “Cuba: Intrahistoria. Una lucha sin tregua” (Edic. Universal, Miami, 2006);
cuentan además con un prólogo del congresista federal Lincoln Díaz-Balart (Republicano por
el estado de La Florida).

El concepto de “intrahistoria”, interpuesto desde el mismo título, anuncia un libro revelador; la
mirada de alguien que estuvo durante más de 60 años muy cerca de los niveles de decisión
de la política y enconsecuencia, según el juicio más tradicional, de la historia cubana. En el
libro hay testimonios extraordinarios sobre personajes protagónicos de la  vida insular como
Gastón Baquero, Fidel Castro, Fulgencio Batista. Revelaciones sobre la vida universitaria
habanera, sobre el golpe de estado, sobre el exilio. Y, por supuesto, recomendaciones para
encarar lo que solemos identificar como “el problema cubano”.

El primer presentador fue el Sr. Orlando Fondevila, cubano exiliado en Madrid y director de la
revista de la Fundación Hispano-Cubana. Fondevila inauguró su discurso con una conocida
referencia a  Orwell: “quien controla el pasado controla el futuro, quien controla el presente
controla el pasado”. Se refirió en ese contexto discursivo, sin mencionar nombres concretos, a
ciertos “amanuenses intelectuales del castrismo”, que habrían dejado el pasado en un estado
irreconocible. Apuntó que en esta operación de tergiversación histórica han participado incluso
algunos enemigos de Castro que se han dejado confundir y, trazando una línea de
demarcación un poco riesgosa, añadió: “para no mencionar a las generaciones de cubanos
que han nacido y se han educado en el horror”.

Lo que había demarcado Fondevila acabó por escindirlo con nitidez la escritora Zoe Valdés,
quien contrapuso el legado intelectual de Díaz-Balart a lo que llamó interpretaciones marxistas
de filósofos graduados en la Unión Soviética. Como el Sr. Fondevila, tampoco mencionó
nombres.

Aunque Valdés confesó que no conoció al autor de las memorias, se basó en referencias de
amigos (incluyendo las del propio Fondevila) para certificar meritorios ragos personales de
Díaz-Balart como la sencillez, la humildad y la rectitud moral. Es cierto, en la comunidad
cubana exiliada suelen comentarse esas virtudes del autor, así como una vertical conducta
antirracista (Rafael Díaz-Balart consideraba al racismo uno de los mayores males cubanos)
que le hacía rechazar incluso chistes y comentarios discriminatorios.

La escritora poetizó, señalando que la lectura le había dejado la impresión de un “hombre de
palabras como árboles, de ideas maduras como frutas”. Y confesó algo sobre la huella
personal del libro: “confieso que me hallaba en un momento pesimista respecto a Cuba, un
poco cansada”, hasta que leyó, de un tirón, estas memorias. Valdés apuntó además que
reconoció en el programa de “La rosa blanca” un documento de valor efectivo para afrontar el
presente cubano. En particular consideró a La rosa blanca como un antecedente del
documento programático “La patria es de todos”.

El tercer y útimo orador fue el locutor Armando Pérez Roura. Fue presentado con mucho cariño
por José Díaz-Balart, quien le agradeció al presentador, y de paso al periodista Agustín
Tamargo, haber sacado a su padre del silencio en que parte del exilio lo había sumido nada
menos que por considerarlo precisamente “batistiano”. La interrogante no se hizo esperar:
Entonces, ¿cómo llamar “batistiano” a un exilio que censuró precisamente a los “batistianos”,
que jamás dio espacio al propio Batista y que obligó a su familia a residir entre Daytona y West
Palm Beach?.

Aparte de la reiteración de su posición política de no negociación con el gobierno de Fidel
Castro, y la reafirmación de un patriotismo republicano radical (“Esa república que no fue
perfecta, pero que era lo que más se acercaba a la perfección”), en la intervención de Pérez-
Roura conmovió la lealtad a la amistad (“Yo también extraño a Rafael Díaz-Balart”), esa entrega
incondicional a los fieles de causa que esa noche mostró una mezcla inconfuncidble de
orgullo y dolor.

Por último habló el congresista Lincoln Díaz-Balart, quien se refirió a su padre como amigo y
consejero ejemplar; contó algunos pormenores de la gestión del libro y agradeció la
colaboración de todos los que participaron, en particular su equipo de trabajo congresional
que laboró en horas extras y a Ana Carbonell, una abogada de prestigio en la comunidad y su
ayudante principal en la oficina.

La historia cubana se levanta en vivencias, las historias personales y los recuerdos más
íntimos comienzan a erosionar la historia oficial. De esas ruinas con seguridad emergerá algo,
una esperanza, una certeza, o una resignación.
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Abril 2006