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La simpatía adversa
Ventana Mágica
Una vieja desavenencia.


Nuevamente la mayoría de los intelectuales cubanos con sensibilidad social se querella con la
gente. El affaire estomacal de Castro ha revuelto la vieja desavenencia entre la masa y la
chusma letrada. Dos tipos de vulgo.
La protesta libresca por el recogimiento silencioso de los cubanos de la isla, y por el
complementario festín del exilio la noche del 31 de julio en la calle 8 de Miami, contiene un
capítulo especial referente a dos de las faltas más graves del pensar cubano:

1-La falta de automotivación. Lo que explica el tipo de escritura notarial y policíaca de los textos
dedicados a dirimir problemas públicos. La presencia de un señuelo externo que legitime el
discurso no es un asunto formal, de resolución literaria, sino un posicionamiento lógico
(interno y necesario) para gestar ese pensamiento.

2-El didactismo. Lo que explica que los pensadores cubanos, desde Félix Varela hasta Cintio
Vitier, muestren a cada momento un gran desasosiego con el Ser, pretendiendo subvertirlo
con recursos docentes.

Hay que ser en verdad muy desconsiderado para confesar, como hace la mayoría de los
intelectuales católicos y castristas, que les interesa el pensamiento de ese gran reformador y
pobre filósofo que fue el Padre Félix Varela. Honestamente: ¿de verdad han podido al menos
con treinta folios de esa obra soberbia y melosa titulada Cartas a Elpidio? Sólo Alfredo
Guevara ha tenido el valor intelectual de confesar que, “aunque Luz no vende”, Varela es más
intrascendente como pensador (“provinciano”, para usar su calificativo).
Si no se hace una versión reducida y moderna del lenguaje (no digo ya del pensamiento)
utilizado en esos tomos, será simplemente un descaro seguir asegurando que la juventud se
interesa cada vez más por las lecciones epistolares del Padre Varela.
Para decirlo claramente: entre cubanos es casi imposible pensar si no se regaña a alguien.
Reganándole por no saber pensar, por no saber vivir en democracia, por montar una balsa, por
hablar alto, por chotear, por irse, por quedarse, por cualquier cosa.
Frente a los hechos (y divertirse es un hecho rotundo), el pensamiento puede tratar de
comprender, acaso explicar. Como tareas auxiliares, también pudiera describir y sólo en última
instancia valorar (elogiar o criticar) y buscar el cambio.
Antes de dar la palmadita en el hombro al discípulo agradecido, o molestarse por la fiesta de
una muchedumbre, es necesario probar una reconciliación lógica con el evento. La
incomodidad, el desajuste de la intelectualidad cubana con el mundo que la rodea es el primer
malestar de nuestra cultura. No hay, por eso, una filosofía cubana que exprese la
“insustancialidad” de la isla. Acaso, una suerte de complejo ilustrado entrenado en cotejos (no
siempre favorables) con el resto del mundo.
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Sábado 9 de septiembre 2006