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La simpatía adversa
Ventana Mágica
Por una cuba trivial.

Una amiga acaba de regresar de un viaje a Cuba y trae noticias de nuestro pueblo en La
Habana. Los vecinos están bien; algunos incluso más bien de lo pudiera esperarse. Ha
visitado la Universidad y los colegas, como siempre, preparan sus clases y “luchan”  los
dólares a su manera. La vida continua y las ausencias dejan solo vacíos relativos.

Me segura que a pesar de esa sobre vivencia, todos tienen una visión muy crítica de la
situación. Y me cuenta alarmada que incluso los más radicales, esos que el propio gobierno
pudiera considerar contrarrevolucionarios, culminan sus objeciones con un “pero” que se
puede resumir así: “El castrismo es una basura, pero ustedes no se salvan: ¿cómo pudo Bush
mandar a derrumbar las torres gemelas?”.

Es uno de los milagros de la propaganda oficial y del control de la información: en Cuba no
sólo los imbéciles y los ingenuos, personas muy decentes e inteligentes creen que el atentado
del 11 de septiembre fue un golpe auto infligido por el propio gobierno norteamericano para
conseguir legitimidad política bajo el pretexto de la amenaza terrorista.

Está claro que en una democracia la unanimidad (sobre todo política) es imposible. Aún
cuando exista una representación del mal tan diáfana como la que se mostró aquel 11 de
septiembre, siempre habrá personas que discrepen y maticen el evento.

Yo me encontraba en Washington DC aquel martes tremendo, pues me había quedado unos
días después de la reunión del Latin American Studies Association (LASA) que había
culminado el domingo. Recuerdo que un profesor cubano residente en New York me escribió
unas horas después de lo sucedido: “Es una brutalidad. Han quebrado el perfil de mi ciudad.”
No obstante, poco después acotaba: “Pero no hay que olvidar tampoco que los americanos
son unos arrogantes.” Empezaba así una de las recuperaciones ideológicas más
impresionantes en la historia de la izquierda internacional.

Lo que quiero advertir con este recuerdo es que entiendo una interpretación como la de este
profesor y otras personas que aquí mismo piensan que hubo una conspiración en torno a
aquellos sucesos. En una sociedad libre la unanimidad supondría un contrasentido;
equivaldría a una “subjetividad objetiva”, a la aceptación de la posibilidad de una “opinión
absoluta”.

Mientras la mayoría de la sociedad se conduzca según el sentido común, no importa que un
porcentaje se mueva por encima o por debajo de los hechos: una sociedad sana puede
funcionar normalmente con sus idiotas y con sus genios. Lo que pasa en Cuba, ¡una vez más!,
es que la propaganda ha logrado que la media  piense a contracorriente del sentido común.
Incluso en el mejor de los casos se trataría ahora de una sociedad donde la mayoría,
embarcada en una enfermiza genialidad promedio, logra ir más allá de lo que naturalmente
indican las evidencias.

¡Elemental Castro, elemental! Una nación saturada de lumbreras que saben matemática
superior pero se equivocan en la cuenta de los días. Ese puede ser un legado interesante de
tu revolución.
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Jueves 14 de diciembre, 2006