Menú Principal
Artículos  
Cuba  
Ensayos
Crítica  
Entrevistas
Literatura
Galería  
Libros
La simpatía adversa
Ventana Mágica
¿Pero cómo es posible?.

La siguiente interrogante ha escoltado durante mucho tiempo las conciencias cubanas;
suele formularse con cierta perplejidad, a veces hasta con admiración: “¿Pero cómo es
posible que Fidel Castro se haya mantenido en el poder tanto tiempo en contra de los
americanos que están ahí a 90 millas?.”

Como pasa frecuentemente en el estilo cubano de coloquiar, la interrogante, en lugar de
servir como un estímulo para seguir pensando, para buscar más allá de la evidencia, lo
que hace es funcionar como respuesta. La formalidad interrogativa de la convicción es un
“embaraje epistemológico”. Es decir, nuestra mente se siente más o menos satisfecha
con haber llegado a una encrucijada enigmática, de la cual se resiste a pasar. Le basta
con el desconcierto, que por demás es fuente de genuflexiones y motivo de gracejos muy
caros a los cubanos de todas las índoles.

Por esa razón creo que es pertinente que sigamos adelante; que repitamos, por ejemplo:
“Y bueno, ¿cómo es posible?.”

Como decía, algunas personas se detienen en la pregunta precisamente porque están
sobredeterminadas por un prejuicio político que hace obvia la respuesta. Los castristas,
por ejemplo, al preguntarse “?cómo es posible?” no hacen más que introducir con este
ardid interrogativo un juicio de afirmación: “Ha sido posible porque el Comandante es un
bárbaro.” Los nacionalistas anticastristas, por otra parte, al formular la misma cuestión,
en verdad tratan de pasar la bola al bando gringo: “!Es posible porque estos americanos
están comiendo bolas con Castro!.”

Son dos actitudes sincopadas. El 26 de julio de 1993 Castro afirmaba que si la exUnión
Soviética abandonaba los ideales de comunismo que le correspondía defender como gran
potencia, él los recogería; de forma parecida, hay nacionalistas anticastristas que piensan
que si “los norteamericanos” no se sienten aptos para defender los ideales de libertad de
New England, aquí están ellos para echárselos encima.

Este ejercicio se puede hacer con diversas posturas, y hacer recaer la responsabilidad
del bienestar o malestar de un Castro por casi medio siglo en el poder en el archivo de
culpabilidad de otras instancias. Pero creo que las dos anteriores son las variantes más
diáfanas: la que viene del nacionalismo castrista, y la que procede del nacionalismo
anticastrista. Ambas, por cierto, comparten de algún modo la certeza, de tipo admirativa,
de que si “los norteamericanos” quieren algo es casi imposible de que no lo consigan.

Pero bien, lo que quisiéramos ahora es cuestionar la pertinencia de la propia pregunta
que, sin dejar de ser válida para un autoexamen histórico, posee zonas de oscuridad y
presupuestos cuestionables.

En primer lugar, tenemos que en ella se habla de “los americanos”, decir, de la “política
americana”; pero aunque se les refiere en plural, se está hablando de una manera
monolítica. Lo que quiero decir es lo siguiente: ni Castro ni alguien puede estar contra “los
americanos” porque “los americanos” no existen. Y esto no es un “numerito” literario sino
una evidencia sociológica y existencial.

Situándonos solamente en el campo de la institucionalidad política, en norteamérica
existe una red bastante compleja y diferenciada micrológicamente incluso al interior de
cada una de las instituciones. Castro, por ejemplo, puede estar en contra de un plan de la
CIA, pero también considerar que hay otro que lo beneficia, incluso verle la parte
capitalizable a  esa enemistad; o discrepar de la CIA y planificar intereses en el marco de
una estrategia del FBI, o del Departamento de Estado. Si Castro critica a la Casa Blanca
y apoya al sector del Partido Demócrata que se le opone, entonces, ¿está contra los
Estados Unidos?. Si espía al exilio cubano de Miami y concerta con otros grupos de
exiliados o con compañías capitalistas del centro y norte de los Estados Unidos, ¿está
en verdad contra los Estados Unidos?, ¿está contra el exilio cubano en su totalidad?.

En segundo lugar, se da como presupuesto que, efectivamente, los americanos están
interesados en el derrocamiento de Fidel Castro. El mismo dice que la CIA lo ha querido
asesinar. Dejando a un lado que, por alguna razón, Castro sigue ahí vivito y cojeando,
habíamos quedado en que “los americanos” no existían y que, por esa misma razón
tampoco podían estar o no estar interesados en bloque en la permanencia de Castro en el
poder. Unos quieren, otros no. En norteamérica es imposible por definición un
estiramiento de la unanimidad.

Lo que es históricamente cierto es que, dejando a un lado aquellas prematuras
intervenciones de propiedades norteamericanas en Cuba, durante cuarenta años Castro
no ha tocado un interés gringo en ningún lugar del mundo y la Base Naval de
Guantánamo, para un gobierno que chacharrea tanto en “antinorteamericano”, es poco
menos que un altar.

Algunos excombatientes de Angola cuentan que precisamente su misión era cuidar las
propiedades de empresas norteamericanas en el sur de Africa. Incluso que, cuando había
períodos de prolongada estabilidad, ellos mismos disparaban selectivamente sobre los
objetivos económicos para justificar una renovación de los contratos. Recién ahora la
guerra de Angola comienza a hacer su entrada “como historia” en la conciencia cubana;
existen diarios de soldados (combatientes de a pie, no Generales) realmente
conmovedores (e indignantes) de lo que allí sucedió.

De forma parecida, aunque ataca verbalmente a “los norteamericanos”, Fidel Castro da
garantías de buen comportamiento en los momentos cruciales, como en los días
inmediatos a “september-11” y, dado su pragmatismo político y su ética de condottiero,
es capaz de llegar a pactos responsables mutuamente convenientes. Un ejemplo de ello,
el acuerdo con Clinton sobre la política “pies secos-pies mojados”, que hoy supervive bajo
la administración Bush. Ese sí fue, desde el punto de vista de la gente común (real), un
gesto político contra los intereses del pueblo cubano.

Pero veamos un ejemplo reciente de la pertinencia política de Fidel Castro. El miércoles 7
de diciembre el diario de Miami “El Nuevo Herald” publicó un trabajo del periodista G.
Guillén titulado “Uribe y el ELN verán en Cuba posibilidad de Paz” (p 2B); es decir, que si
bien Castro simpatiza con las fuerzas insurgentes (revolucionarias”) de la región y el
mundo, llegado el momento puede servir incluso como un elemento de control de las
mismas. Esto es satisfactorio según el punto de vista del orden político internacional, lo
que justificaría que no hubiera efectivamente un entusiasmo por quitar a Castro del poder.
No se trata entonces de meras simpatías románticas de una izquierda política por una
revolución y un líder que les recuerda simbólicamente su ya distante e idealista juventud;
existen razones muy prácticas para sostener a Castro, razones políticas y económicas
también.

Como señala el citado artículo, irían a La Habana a negociar bajo el auspicio de Fidel
Castro una comisión del gobierno de Alvaro Uribe presidida por Luis Carlos Restrepo, Alto
Comisionado de Paz del Gobierno, y un “alias”, el comandante Francisco Galán, del
Comando Central del Ejército de Liberación Nacional, para cuya asistencia a La Habana
el gobierno de Uribe debe suspender todas las órdenes judiciales de arresto en su contra
(y de los demás guerrilleros asistentes) y condenas ya enunciadas por los tribunasles
colombianos; así como solicitar a Interpool que suspenda sus órdenes de detención
contra estos dialogadores.

Por último, aquella pregunta inicial desliza una pesimista consideración geopolítica
respecto a la situación de Cuba respecto a los Estados Unidos. A pesar de Juárez y de
cierto Díaz, para los cubanos, incluyendo por supuesto a Fidel Castro, estar cerca de los
Estados Unidos es como estar cerca de Dios; si no en el escenario del mundo, por lo
menos cerca de los camerinos. A pesar de aquella cuasimística e injustificada confesión
antinorteamericana de Fidel Castro en carta a Celia Sánchez (05/06/1958), sus gestos
iniciales fueron solo eso, ademanes de juventud. Rápidamente Castro comprendió que,
con los norteamericanos era mejor cuadrar la caja.

Hace años en los círculos diplomáticos latinoamericanos corría el siguiente chiste: “?Por
qué en los Estados Unidos no hay golpes de Estado?”; respuesta: “Porque no hay
Embajada Norteamericana”. Curiosamente, en la Cuba de Castro tampoco hay golpes de
Estado, porque tampoco hay Embajada Norteamericana. Esa es otra de las trampas del
Comandante: una Oficina de Intereses garantiza una cercanía suficiente que, unida a la
adecuada distancia, hacen de “los norteamericanos” el mejor aliado político del mundo.
Eso sí, si se les cumple bien. No lo olvides Clavez.
e m i l i o  i c h i k a w a / All rights reserved.
Diciembre 2005