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| Bibliotecas en Cuba (I). Primero una cuestión de partida: para quienes creemos que, a pesar de sus singularidades históricas, la sociedad cubana emergida de los eventos de 1959 aplica para el esquema general que desde Hanna Arendt reconocemos como “totalitarismo”, referirnos a la “dependencia” o “independencia” política de un evento cultural es una cuestión de grados. Y cuando de grados (de cantidades, de proporciones) se discute, el asunto no interesa ya el campus sociológico sino moral. Y de moral es muy difícil, acaso inútil discutir: unos hacen una cosa, aquellos prefieren hacer otra, ?se puede determinar cuál es mejor?. Una vez rebasado el límite, solo importa el equilibrio. Por esta razón, cuando decimos que hay “bibliotecas independientes” (sugiriendo por oposición que hay otras que se constituyen como “dependientes” de la política official), o estamos refiriendo un lugar común o una imposibilidad. En todo caso, la situación nos obliga a indagar analíticamente en el estado de la cuestión. La red de bibliotecas en Cuba es aún hoy bastante diversa. En primer lugar está el sistema de Bibliotecas Públicas, cuyo centro rector es la Biblioteca Nacional José Martí adscrita al Ministerio de Cultura. Hay niveles muy importantes en este sistema, en primer lugar, el correspondiente al de las Bibliotecas Provinciales (algunas con personalidad muy específica, como la Domingo Gener de Matanzas y Elvira Cape de Santiago de Cuba); en la escala de base está el amplio circuito de las bibliotecas municipales, que suele ubicarse en el llamado “pueblo cabecera”, desde donde se imparten servicios a poblados, caseríos, bateyes y demás comunidades periféricas. Algunos de estos últimos enclaves demográficos, por demás, han podido formar sus propias bibliotecas. En el caso de la Biblioteca Antonio Maceo, del Municipio de Bauta, en Provincia Habana, hay una sede en el pueblo de Playa de Baracoa, y extiende servicios a La Ernestina, Pita, Rosa Marina, Corralillo, La Faustina y otras comunidades. Estos servicios de extensión se están prestando incluso en bicicletas, lo que hace meritorio, casi heroico, el esfuerzo de las bibliotecarias. En relación con ellas, pero sin estar verticalmente subordinadas a su estatuto burocrático, están las bibliotecas de otras instituciones; destacan entre ellas la Biblioteca de la Universidad de La Habana, las de sus Facultades y Departamentos, la de Ministerio de las Fuerzas Armadas, la de Casa de Las Américas y un muy extenso etc. Las delegaciones extranjeras acreditadas en La Habana también poseen interesantes bibliotecas, la más conocida de las cuales fue la del polémico Centro Cultural Español, fundado en La Habana por el diplomático de origen vasco Ión de la Riva Guzmán de Frutos. Existe también en Cuba una gama muy amplia de Bibliotecas Privadas acumuladas por bibliógrafos y bibliófilos pacientes y oportunos. Es muy difícil comprender la significación de las mismas ya que la propia censura de prensa impide una divulgación de sus catálogos. Algunas de ellas emulan con creces con las formadas bajo tutela estatal; se ha podido hacer esta comparación cuando han sido donadas a las instituciones, como son los casos de la Biblioteca del Dr. Salvador Vilaseca, donada a un instituto de la Academia de Ciencias de Cuba y la que el Dr. Carlos Rafael Rodríguez poseía en el Consejo de Estado, donada a la Biblioteca Nacional. Otra Biblioteca del Dr. Rodríguez fue donada al Centro de Investigación de la Economía Internacional; existía en ella un ejemplar muy singular: una edición de El Capital de Marx, lleno de interesantes marginalias. Hoy son muy conocidas también las Bibliotecas Independientes de Cuba, un meritorio esfuerzo de la sociedad civil que cumple al menos dos roles de importancia: 1-En el plano político este esfuerzo es una muestra de lo que puede conseguir una sociedad civil con iniciativa; además de mostrar que, aún en el caso de estado ideal de eficiencia, el estado no puede abarcar todos los espacios posibles de un programa cultural. 2-En el área reconocida como “circulante” o préstamo, las Biliotecas Independientes de Cuba ofrecen un indudable servicio: prestan materiales que por censura política o por una decantación que impone cierta concepción aséptica de lo que “debe ser” Literatura, el sistema público excluye; por ejemplo, lo mismo libros de escritores muy críticos de la sociedad socialista cubana como Carlos Alberto Montaner, u obras de Corín Tellado, revistas del corazón, magazines de ocio que promueven un consumo inalcanzable en los marcos del ideal castrista, etc. En cualquier caso, como tratamos con un totalitarismo y no con una dictadura, hay que ser muy sutiles a la hora de considerar la forma del ejercicio de la censura política y no partir solamente del discurso explícito de denuncia, que puede ser muy simple. En Cuba, por definición, no existe una lista notarizada públicamente con autores prohibidos, al menos en los niveles donde yo he trabajado. Históricamente hablando, la aparición del Index de la Inquisición significó una suerte de “liberación” o por lo menos de descompresión en la tirantez social pues ya había al menos una pauta a la que ceñirse. Los inquisidores podían efectivamente utilizar el listado para censurar, pero también podía ser empleado para defenderse. Pero resulta que Cuba, aunque hay ejercicio de poder, no existe, en rigor, sentido político. Se analizan policialmente los casos y después se decide, nadie está per definitionem incluído o excluído de las listas: de la obtención de visado, de la confiablidad, de la censura, etc. La incertidumbre es un elemento básico en el ejercicio del miedo; el peor de todos puede ser absuelto, y condenado el que se cree más fiel. Los autores son considerados o rechazados indiscriminadamente, según los sucesos e incluso el azar. Por demás, como sucede con Reinaldo Arenas, no hay nombres proscritos definitivamente. La política se ejerce sobre el libro: unos sí, otros no: El mundo alucinante sí, El color del verano, no. ?Por qué razón? Bueno, pues… porque El color del verano es más extenso y el bloqueo norteamericano no deja obtener papel y tinta en cantidad adecuada… En fín, siempre existirá una excusa o coartada no política para ejercer la censura. Todos sabemos que en este tipo de jugarreta el gobierno cubano miente, pero son tretas válidas en el juego de la diplomacia y la política internacional. A una trampa política generalmente no se le puede anteponer un verdad artística sino una trampa en sentido contrario capaz de anular la primera. Y esa es la gran ventaja castrista: su juego sucio puede ser combatido (?solo?) si previamente uno entra en la suciedad; con lo que quedaría desautorizado el contendiente. Y aunque no viene al caso (lo digo porque acabo de tartar el tema hace unos momentos): es lo mismo que sucede con el terrorismo: la democracia tiene demasiadas virtudes que le obstaculizan el ejercicio de una lucha en todo el frente contra el terror; entre ellas la propia libertad de expresión. Se trata de una lucha singular en la que el camino más eficaz hacia la victoria pasa por la destrucción propia. “No hay peor cuña que la del mismo palo”, aconseja el refrán, aunque moralmente estamos obligados a rechazar otro terror, aunque busque una defensa legítima. Ese es el punto. En algunas bibliotecas del estado la censura se ejerce también mediante eso que los cubanos llaman “embaraje”. Los autores, por ejemplo, pueden figurar en los catálogos, pero una vez solicitados no aparecen los ejemplares físicos porque están prestados o secillamente porque se los han robado, lo que también puede ser cierto dada la sangría del patrimonio cultural que existe en las actuales condiciones. También pueden enviarse a las bibliotecas libros políticamente incómodos con la seguridad de que no serán rechazados; pero sucede que se envían al Departamento de “Proceso” donde esperan interminablemente por una clasificación que les de salida al público. También se han dado casos de censura explícita, por supuesto. Digamos a modo de ejemplo que en Cuba existió hace unos años la llamada “reserva amarilla”, una sección de libros prohibidos que los aires de la Perestroika y el afán liberal de los mismos bibliotecarios cubanos lograron eliminar. Son censurados también textos de escritores que tienen alguna enemistad personal con otro escritor bien situado en la burocracia cltural; ya se sabe, vanidad de vanidades. Entre todos los subsistemas de bibliotecas cubanas hay dos que se posicionan en relación con la política: el público, que controla el estado castrista, y el de Bibliotecas Independientes que le nace reactivamente, como respuesta a un espacio dejado por una equívoca declaración pública del propio Fidel Castro: “en Cuba no hay libros prohibidos”. Una mentira evidente pero que, como he dejado entrever, es a veces de ardua demostración. Con habilidad, un grupo de activistas le tomaron la palabra y empezaron a poner libros en toda la isla. Libros de todo tipo pues, como se había definido, ninguno estaba prohibido. Entonces, claro está, empezaron los problemas, que han llegado hasta el encarcelamiento y exilio de algunos de esos bibliotecarios independientes. La relación entre estos dos subsistemas bibliotecaros cubanos debe ser estudiado, incluso monitoreado sobre la marcha pues el fenómeno está aún en expansión. Hay que distinguir al interior de ellos a su vez varios puntos: 1-las relaciones políticas, 2-las relaciones técnico-profesionales; y varios sujetos: 1-El grupo de dirección política, 2-El colectivo de personas que ejercen la labor bibliotecaria en sí. El perfil de cada uno de ellos debe ser establecido diferenciadamente y no dejarse llevar por los clásicos estereotipos. Si lo importante es la extensión de la información a la gente, si ese es el fín y no el medio o el pretexto, las relaciones profesionales estarían más que justificadas y el naciente sistema de Bibliotecas Independienes podría tener incluso un rol más allá del castrismo pues, como habíamos dicho, la sociedad civil cubre aspectos que el estado en su calidad de “ogro filantrópico” es incapaz de satisfacer. |