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La simpatía adversa
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Bibliotecas (II).


Escribí el artículo Bibliotecas (I) para ganar claridad en la confección de un mapa actual de las
“bibliotecas cubanas”. El tema, no obstante, rebasa el posicionamiento de “bibliotecas en
Cuba”, que es al que básicamente me ciño en el texto.

He percibido en algunos una desubicación que es directamente proporcional a la convicción  
que se profesa en el análisis del lugar del libro en Cuba. Yo mismo formo parte de ese
desconcierto.

Si las profesiones generan una ética y un sentido de pertenencia, debo decir que la que  
acompaña a la del oficio de bibliotecario es sumamente enfática y a veces hasta sectaria. El
bibliotecario es muy celoso de su gremio, por eso mi primera recomendación para
presentarse ante el mismo es posicionarse desde abajo y entrar reconociendo humildemente:
“Bueno, yo no soy bibliotecario pero…”.

Eliades Acosta Matos, quien es director de la Biblioteca Nacional de Cuba, puede atestiguar lo
que digo. El ha sorteado un par de obstáculos, “murallas” diría mejor, para ganarse un
prestigio en esa institución cubana: el de ser santiaguero y el de no ser originariamente del
gremio.

Mis amigos se ríen cuando afirmo que algunas bibliotecas donde he trabajado son
“endogámicas”; lo digo, en efecto, un poco en broma, pero también en serio. La bilbioteca es
un universo, se torna autorreferente  y hay gente que no consigue otra forma de ver la vida sino
entre libros, y entre otras personas ligadas a esos mismos libros.

Por todo esto lo primero que hice cuando terminé el artículo Bibliotecas I fue circularlo entre un
grupo de amigos dedicados profesionalmente al oficio pidiéndoles opiniones, en cualquier
caso más autorizadas que la mía.

Entre los mensajes recibidos me interesó mucho el de una amiga habanera, bibliotecaria y
además escritora, que satisface con creces lo que yo estaba tratando de significar: que el
mundo de las bibliotecas tiene una lógica muy específica y que su tratamiento político, de un
lado y otro de la cubanidad, no es suficiente.

Bibliotecas II es entonces esta carta, de la cual han sido censuradas un par de notas y la firma
de su autora, por razones que cualquiera conoce.

Hola Emilio:

He leído atentamente tu escrito sobre las bibliotecas. Lo he leído, incluso, varias veces. Y me
parece que en él mezclas dos cosas que, aunque tienen que ver, deben tratarse por separado.
Porque me parece que, como diría Eco “estás hablando fuera del vaso”. Una cosa es la
censura política sobre la literatura y otra es la literatura en sí y el funcionamiento de las
bibliotecas.

Para empezar te diré que aquí no se oye hablar demasiado de las "bibliotecas independientes"
que tú mencionas. Y eso que aquí todo se sabe. Tanto tú como yo sabemos que La Habana es
una ciudad pequeña. Y el dicho puede extenderse a toda Cuba. Con esto no quiero decir que
no existan. Sólo que no son muy conocidas. Por eso me parece válido que, si vas a hablar de
ellas en tu artículo, empieces por definir qué es eso, y a qué se dedican, y qué libros guardan
en sus fondos. Y te lo digo porque, según mi opinión, hay muchas "bibliotecas" ahora mismo
que, según tus criterios, entran dentro de la categoría de "bibliotecas independientes"
(entiéndase no adscritas al sistema de Bibliotecas públicas) pero que no pretenden actuar, y te
cito: "reactivamente, como respuesta a un espacio dejado por una equívoca declaración
pública del propio Fidel Castro: “en Cuba no hay libros prohibidos”.

Estas bibliotecas independientes de las que te hablo las tienen los propietarios de sitios
donde se venden libros usados. Y me parece que son las más conocidas y visitadas por la
gente. Y no tienen ningún objetivo político. Ni altruísta. Al menos hasta donde yo sé. Son gente
que se han hecho, de alguna manera, con fondos que ellos consideran best- sellers. Y los
alquilan. Por dinero. Los libros que ofertan no tienen que estar, necesariamente, excluidos de
la red pública de bibliotecas. Ni ser "políticamente" problémicos (aunque tampoco tienen por
qué no serlo). Basta con que haya mucha gente que quiera leerlos. Es el único criterio. Por eso
te puedes encontrar en esas bibliotecas lo mismo El Alquimista de Coello, El Manual del
Perfecto Idiota Latinoamericano de Carlos Montaner et al., El Chacal de Frederick Forsyth, Del
Amor y otros Demonios de García Márquez, o Eva Luna de Isabel Allende. Por citar sólo
algunos. Libros, en fin que mucha gente quiera leer. Y que, por tanto, dan mucho dinero. Es el
mismo criterio de selección, dicho sea de paso, que se emplea para la compra de los libros
que forman parte de los fondos en los Clubs Minerva, que tú y yo conocemos tan bien. Mención
aparte merecen los propietarios de impresionantes bibliotecas de Corín Tellado y revistas del
corazón. Estos ofertan (también en calidad de alquiler. ¡Faltaba más! de algo hay que vivir)
tanto novelitas a la antigua usanza iguales a las que venían como suplemento de las revistas
Romances y Vanidades; como fotonovelas que cuentan historias del mismo corte amén de
revistas mexicanas, venezolanas, españolas y un largo etcétera (jajaja) con un grado de
actualización que ya quisieran muchos estanquillos gubernamentales. Esos llegan más lejos
todavía que los otros. Hay mucha gente viviendo ahora mismo de ese próspero negocio. Están
los dueños, por supuesto. Y una amplia red de mujeres sin empleo a las que les pagan por
distribuirlas. A domicilio, por así decirlo. ¿Qué te parece? Y llegan lejos. Lejísimos. Y a una
cantidad de personas que ya quisiera el mejor programa de extensión bibliotecaria. Las leen
las vendedoras de los agro mercados, las amas de casa, las mujeres que cuidan los baños
públicos, gente que viaja en guagua y yo he visto al menos a una ¡lo juro! funcionaria que
atiende la Sala General de la Biblioteca Nacional leyéndolas también. Y la gente que las
reparte son los mejores promotores de lectura que conozco. Te lo puedo asegurar.

Esas, te digo, son "bibliotecas independientes" que, según mi punto de vista, también vale la
pena tomar en cuenta. Ellas son las que están haciendo contracultura. Y los que están
poniendo algo de civilidad en una sociedad tan centralizada y gubernamentalizada como esta.
Son las que están llegando a la gente. A le gente de verdad. La de pie. Porque está claro que ni
este sistema, ni ningún otro, se funda sobre la base de los poquitos que están al tanto de la
existencia de las “bibliotecas independientes” de las que tú hablas.

Por otro lado, está la red de bibliotecas públicas. Y ahí sí me parece que "te has pasao, tío" -
como dirían los españoles. El problema de las bibliotecas públicas no es la censura. No creo
que valga siquiera la pena comentar sobre este particular. Mucho menos a estas alturas.
Sobre todo porque en Cuba como tú mismo dices "La incertidumbre es un elemento básico en
el ejercicio del miedo; el peor de todos puede ser absuelto, y condenado el que se cree más
fiel". No hay pues, libros prohibidos. Cualquiera puede leer cualquier cosa. Desde la Bella
Durmiente hasta Albert O. Hichkmann. Basta con que lo consigas. Eso lo hace legal. ¿Qué no
están en las Salas cubanas de la Biblioteca Nacional los libros de Cabrera Infante? Tampoco
en la sala infantil están muchos de los discursos de Fidel. Hay que ir a pedirlos a la Sala
General. Y no porque estén censurados ¿no? Eso es lo de menos. Ya lo de la Reserva
Amarilla pasó de moda. Aquel llamado “Infierno” ¿recuerdas? En el que estaban
supuestamente encerrados los libros políticamente incorrectos. Y el “Infiernillo”, su acápite
respectivo pero de los libros infantiles (increíble pero cierto. Libros infantiles censurados. Yo vi
dos de ellos. Incluidas las notas que habían provocado la censura: uno era de Enid Blyton, la
famosa escritora de la saga de los Siete Secretos, censurado por hablar de Dios a través del
personaje de un pastor protestante. El otro un libro de Física recreativa, donde se sugería, muy
ambiguamente, en la Introducción, que los rusos sabían con antelación, del lanzamiento de
las bombas en Hiroshima y Nagasaki. Cosa que la historia ha demostrado con creces que era
cierta). Ya eso no existe. Ahora esos libros simplemente no se compran. Y muerto el perro, se
acabó la rabia. Como dice el refrán.

Te lo digo de corazón. A la Biblioteca Nacional le debo yo un artículo que cuente las
atrocidades que allí pasan. Es una deuda que tengo que saldar.
Los problemas en la red de bibliotecas públicas son otros. Muy otros.
Son, por ejemplo, que la Biblioteca del Municipio 10 de Octubre, estuvo cerrada tremendo
tiempo por no sé qué razón. El tiempo suficiente para que le quitaran el local que tenía y le
dieran otro. Por supuesto, peor. Que el antiguo Instituto de la Víbora René O. Reiné fundado
por Grau San Martín tenía una de las mejores bibliotecas que yo he visto (con escaleritas para
acceder a los estantes más altos, como en las películas) y se ha ido perdiendo desde que su
bibliotecaria, Herminia Escardón, se retiró y en esa escuela hicieron un tecnológico de
estudios automotrices.

Y es que no hay en Cuba un respeto real hacia las instituciones culturales (bibliotecas o de
otra índole). En esto, como todo, sólo importan los números: tantos libros publicados, tantos
comprados, tantos vendidos en La Feria del Libro de la Habana. Sabes que eso así en todos
los ámbitos: tenemos una esperanza de vida que alcanza hasta los tantos años de edad, la
mortalidad infantil es de tantos por cada mil nacidos vivos, y un largo etcétera (jajaja) A nadie le
importa a dónde van a parar los libros publicados, ni los comprados, ni los vendidos en la
Feria del Libro. Como a nadie le importa para qué quiere un viejo vivir un puñado más de años
si esos años va a tener que pasarlos yendo de la casa a la bodega, a ver qué vino. Qué le
dieron. Cómo nadie le pregunta a un niño (de esos que se salvan en cada mil que nacen) si
prefiere ver una hora y media más de programación infantil o la Tribuna Abierta.

Pero no estábamos hablando de esto. Sino de los libros. Y de las Bibliotecas. No hay respeto.
Te decía. Por que si no, ¿cómo puede entenderse que en la Biblioteca Nacional de Cuba los
salarios sean tan bajos, tan irrisoriamente bajos, que nadie que aprecie un poco su talento
quiera trabajar en ella, salvo, claro está, honrosísimas excepciones? Y es que ahí es, según
mi punto de vista, donde empieza todo: en el irrespeto.

Es absurdo que en una institución de carácter nacional falte presupuesto para los empleados
de limpieza. Es absurdo que un bibliotecario tenga que limpiar su área de trabajo si quiere
trabajar en un lugar limpio. Que se cierre una sala de servicios porque los bibliotecarios tienen
que limpiar es algo que a nadie le cabe en la cabeza. Al menos a nadie con dos dedos de
frente. Es absurdo que a la gente que trabaja en los fondos les paguen 198 pesos de salario.
Y que a veces el elevador esté roto por largos períodos de tiempo y, además de lo poco que
les pagan; tengan que subir varias veces al día (cuando van al baño o a almorzar, pongamos
por caso) por una escalera llena de polvo hasta un décimo piso, por ejemplo. Te pagan poco y
te tratan mal. Esa es la verdad. ¿Cuál es entonces el resultado? Pues que todo el mundo
trabaja mal excepto, vuelvo y te repito, salvo contadas y respetadísimas personas. Es por eso
que tú pides un libro un día y al otro día lo vuelves a pedir y el libro desapareció. No porque la
censura haya descubierto de pronto que es un libro "políticamente incorrecto", no porque esté
siendo víctima de un largo e interminable procesamiento bibliográfico, no porque el escritor al
que ayer estabas leyendo haya caído súbitamente en desgracia en relación con otro "escritor
bien situado en la burocracia cultural". No. El problema es que, sencillamente, tu libro se
perdió. Lo pusieron en el sitio equivocado. A la hora de cerrar, loca por irse a montear un
camello para llegar a su casa; que puede estar en cualquier lugar imaginable; la bibliotecaria
puso el libro donde mejor le pareció. Y ya hoy no recuerda dónde fue. O a lo mejor te toca otro
turno de trabajo que no era el de ayer. Y esa que trabaja hoy menos que menos sabe dónde
metió la de ayer el bendito libro. Tú sabes que eso pasa.

Como pasó también que, en la primera prueba de agua para la famosa "climatización" de la
Biblioteca, se mojaron miles de ejemplares. Y que el departamento de Restauración tuvo que
cerrar su plan de encuadernación y conservación de libros para repartir guantes, formol y
brochitas por todas las salas. Y enseñar a la gente cómo se sanea un libro mojado para que
después no coja hongos. ¿Estabas tú en la Biblioteca cuando eso? Yo no recuerdo. Lo que sí
recuerdo es que la Sala Infantil estuvo cerrada varia semanas por ese chiste. Había,
literalmente, tendederas de libros cruzando la Sala de lado a lado. Eso pasó. Y no sólo en mi
sala. Es que las tuberías por las que debía pasar el agua fría para climatizar, tenían las juntas
de goma que sellan las uniones calcinadas por estar tanto tiempo sin usarse (de hecho no se
había usado nunca. El edificio se construyó para que funcionara de determinada manera
pero... casi acabado de inaugurar vino el "accidente"). Por eso, a la primera agüita que pasó
por ahí, ya sabes, no había hermeticidad ninguna. No es serio, la verdad, ni respetuoso. Como
no es serio ni respetuoso que haya un piso entero lleno de libros provenientes de bibliotecas
privadas sin catalogar ni clasificar. Metros y metros de libros amontonados sin orden ni
concierto. Nadie sabe lo que hay entre esos libros. Y no porque sus ex-propietarios hayan sido
personas de dudosa conducta política. Es que sencillamente no hay quien lo haga. Quien los
ordene. Y es que, quien haya entrado una vez a los fondos de la Biblioteca Nacional, sabe de lo
que estoy hablando.

Estoy hablando Emilio, tú lo sabes bien, de un salón enorme lleno de estantes. Donde las
ventanas de cristal llenas de churre casi no dejan pasar la claridad del día. Donde, y eso no sé
si tú lo sabes, en Período Especial las bibliotecarias de los Fondos tenían que andar con un
bombillo y una silla a cuestas. Y encaramarse en la silla y poner el bombillo en el lugar donde
suponían que estaba el libro que andaban buscando. Los fondos estaban concebidos para
que fueran lugares ordenados y limpios. Con cada libro en su lugar. Como debe ser. Por eso
se concibió un sistema de alumbrado automático que debía funcionar de la siguiente manera:

Una de las bibliotecarias que trabaja en los Fondos recibe el pedido de un libro cuya
catalogación es:

U863
Qui
C

Por ejemplo. Ella sabe que su sala contiene la literatura latinoamericana y que los ocho
sesenta y picos están en el tercer estante a la derecha. En la Sala, que es bastante grande,
hay varios interruptores de luz. Cado uno enciende una lámpara sola, que ilumina una porción
del recinto. De esa manera se enciende sólo el pedazo que se necesita. C'est fini. La
bibliotecaria sabe (utópicamente) dónde está el libro. Sabe cuál es el interruptor que enciende
esa parte de la sala, eso se lo enseñaron desde su primer día de trabajo. Así que, enciende la
luz, el libro está donde debe de estar, lo toma del estante y lo lleva al elevador que lo bajará
hasta las manos del público. ¿Tiempo total? Diez minutos, digamos. En diez minutos la luz se
apaga. Automáticamente. Sin que se gaste ni un sólo kilowatt de más. Sin que la bibliotecaria
tenga que virar para atrás a apagarla. Ella solita se apaga y la bibliotecaria puede seguir
buscando los otros pedidos sin perder tiempo en semejantes menudencias. Pero esto es
sólo, repito, en condiciones ideales. ¿Qué es lo que pasa en la más vil y vulgar realidad?
Vamos a suponer que pides el libro "Cuentos amor, de locura y de muerte" de Horacio Quiroga
con la clasificación que te dije antes. Vamos a suponer que no quieres cualquier edición, lo
cual no es problema porque en el catálogo dice que la edición que tú quieres está. Quieres la
Edición del Tercer Festival del libro cubano porque estás haciendo un trabajo sobre las
características editoriales de los libros que se publicaron en ese Festival. Y lo pides, repito.
Aparentemente no debe haber ningún problema. Tú eres un funcionario del Instituto de Arte y
Literatura, que trabajas acorde ¿quién lo duda? con la política oficial. El libro que has pedido
no está censurado. De hecho fue publicado para un Festival popular. Para que la cultura
llegara a todo el pueblo. Sin embargo, ¿que pasa? Que después de haber esperado media
hora te traen el libro. Sí. Pero te traen una edición hecha en España. Sí. Muy bien
encuadernada. También. Pero que tiene un sólo defecto. No es la que tú quieres. Tú quieres la
rústica. La que se parte en dos por el lomo cuando la abres. La de las páginas amarillas. Ah,
pero esa no está. Y no está porque en los fondos ha pasado lo siguiente:

La bibliotecaria tiene experiencia en esta sala (Te la voy a poner suave. No te voy a poner a una
bibliotecaria nuevecita. Puede pasar, pero no quiero que pienses que exagero). Sabe que el
libro debe estar en el tercer estante a la derecha. Y enciende la luz. Pero la luz que alumbra
esa sección está fundida hace tres días y no han venido a cambiarla. No importa. La
bibliotecaria entiende bien el problema del bloqueo y el imperialismo yanki. Así que enciende
la luz que ilumina la sección más cercana. Esa sí sirve. Y la luz fría parpadea y enciende. Sin
bateos. Sale a buscar el libro al estante donde debe estar. Donde están todos los libros de
Horacio Quiroga. Y llega. Pero los títulos están desparramados. Empieza a buscar uno por
uno. No ve muy bien pero no es su culpa, recuérdese que sólo le llega un resplandorcillo de la
luz fría y casi nada de la luz del día porque las ventanas están llenas de churre. Con mucho
trabajo va leyendo los títulos y entonces... plop. La luz se apaga. Automáticamente. El
resplandorcillo desaparece y la bibliotecaria tiene que virar para atrás. A encender la luz otra
vez. Después de dar el viaje tres o cuatro veces aparece esta edición que tienes ahora en tu
mano. "Esta no es la que él busca" -piensa ella- pero está bonita y bien conservada. Total.
Todas dicen lo mismo". Y de lo más ufana te lo envía. Con todo su amor. ¿Y el libro que tú
estabas buscando dónde está? Sólo Dios lo sabe: encima de una silla junto con otros que
estaba revisando ayer un estudiante extranjero. En el departamento de Restauración. En la
casa de un bibliotecario. En la Biblioteca de Holguín como parte de un enorme préstamo
interbibliotecario. En fin un Cuento de amor, de locura y de muerte mucho mejor que el de
Quiroga. Aunque, desgraciadamente, estas cosas suceden. No son ficción como los cuentos
de Quiroga.

Y todo eso en el mejor de los casos. Que también puede pasar que haya habido un acto
público en La Plaza de la Revolución y hayan puesto, en la fachada, desde el último piso hasta
el primero, y desde la derecha hasta la izquierda, un enorme cartel que tiene una pintura a lo
Raúl Martínez con Fidel, Camilo y el Che puños en alto ellos, que tapa del todo ¡ahí sí! la
poquita claridad y el poquito fresco que entra por las ventanas llenas de churre.  

¡Vamos, Emilio! Si es para echarse a llorar. Una medalla es lo que hay que ponerle a cada una.

Claro que también están Aracelis García Carranza, y Tomasito y Eliades y hasta Walterio
Carbonell. Pero coincidirás conmigo en que son los menos. Y si somos justos ¿quién tira la
primera piedra?                    

Esto es lo que tengo que decir sobre las bibliotecas. Me parece mucho más importante hablar
de esto y también de por qué una pila de veces el reloj de la Sala General de la Biblioteca
Nacional no está en hora. Esto dice más, a mi juicio, que todas las reservas amarillas y los
Infiernos y los Infiernillos juntos.

Y no lo he dicho ni lo diré todo. Por supuesto. Llevo escribiendo varias horas y no termino. ¡Me
vienen a la cabeza tantas experiencias! La Biblioteca de Jagüey Grande, por ejemplo.
Chiquitica y limpia. Y linda. Y con un personal que da gusto. Está ubicada en una casa antigua.
Con un patio lateral precioso. Y me viene a la cabeza también “El Juro”. Un viejo abogado que
vive en San Juan y Martínez, un pueblito de Pinar del Río. Que tiene una biblioteca en su casa.
Modestísima: apenas un librero de cinco o seis tablas nada más. Imagínate los libros que
llegan hasta la librería de allá. Pero así y todo su casa está abierta para todo el que quiera
pedirle uno prestado.  ¿Qué te cuento? Puede que esta “opinión” que me pediste haya
resultado un poquín larga. Puede que la que me haya “pasao” haya sido yo. Pero me ha salido
todo como un chorizo: desde el principio hasta el final.
Espero que te sirva.

Es posible que a veces suene un poco resentida. Lo cual no quiere decir que mienta. Y es que
estoy resentida. Y mucho. Entre otras cosas porque me habría gustado, en vez de escribir,
conversar estas cosas contigo en el patio de tu casa de Bauta. O en algún lugar de la Unión.

Un beso.
Una amiga
e m i l i o  i c h i k a w a / All rights reserved.
Julio 2004