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La simpatía adversa
Ventana Mágica
Baklava y Pastelito de guayaba.

Hace unos años, en medio del tremendo berro que montó Miami por su comportamiento en el
caso Elián González, la Secretaria de Justicia del Presidente Clinton (quien, por cierto, se lavó
las manos en su “Autobiografía”), Srta. Janet Reno, afirmó que la cosa no era grave, que ella
podía restablecer su amistad con los cubanos a través del pasaporte estomacal a un “pastelito
de guayaba”. Algunas personas se indignaron asegurando, en la más grave de las amenazas,
que le virarían la cara a Miss Reno en el “Publix” de Kendall, donde ella solía realizar las
compras. Y aunque no agregaron lo siguiente, lo cierto es que algunos de los nuestros sabían
que incluso “La Reno” solía pagar por la línea #3.

La instantánea sensibilidad de nuestros compatriotas impedía comprender que el Pastelito de
guayaba equivale al pan cristiano, a la pelota de arroz nipona, a la paella levantina, a la Baklava
greco-judía: es un camino teofágico que conduce a la salvación. Este dulce cubano, una suerte
de manjar geodésico, superpone finas capas de crujiente hojaldre y se vale de la mermelada
para no repetir la miel, de trozos de frutas y semillas ajenas al nopal pero inspiradas en
palmas, de una desbordada alianza de sacarosas y otros polvos... como la Baklava.

En la película “Munich”, de Spielberg (2005), un funcionario de alto rango en el servicio de
inteligencia israelí insiste al protagonista (un “post-agente” encargado de eliminar a los
palestinos implicados en el atentado olímpico) que pruebe la Baklava; esa única e irrepetible
pieza de Baklava que se forja en una exclusiva región del país hebreo.

El Pastelito de guayaba de Miami es igual de irrepetible, de simbólico, de identitario; por eso
“La Reno” percibió que podía tener una gran significación diplomática. La Baklava tiene una
historia muy extensa; dicen que su nombre pudo haber venido de una fiesta antigua, de una
celebración que los historiadores colocan en medio de una algarabía mongola, otomana,
azerbaijana o de otro lugar lejano.

El Pastelito de guayaba puede deber también su nombre a un tipo específico de diversión. En
Cuba la palabra “pastel” puede significar una fiesta. Por lo que cuentan algunas personas, se
trata de un convite de muy alto voltaje erótico que, al llegar a la cúspide, roza la desmesura
bautismal: “pastelón”.

El Pastelito de guayaba es mejor que el Pastel de guayabita; sabe mejor, es más confiable e
interpone una complicidad. Y por supuesto es más caro. La guayaba de Ceballos, actual
provincia de Ciego de Avila, que sirve de base al ungüento del tripaje, es muy difícil de entrar
por el Miami International Airport; los riesgos de que sea decomisada por agentes del
restaurant “La Carreta” infiltrados en el servicio de aduanas es grande. De ahí que una libra de
guayaba avileña haya alcanzado ya los setenta dólares, contribuyendo a ello las mafiosas y
bloqueadoras medidas de la administración republicana que solo permiten un guayabazo
cada tres años. Por si fuera poco, los congresistas cubanoamericanos preparan un proyecto
de ley donde aseguran que los santos afrocubanos lo que comían era coco y platanito, mango
cuando la cosa se ponía fea y chirimoya porque de paso se usaban sus semillas en los
collares, pero guayaba no. No obstante, a pesar de la obstinación del imperio, algunos
académicos se arriesgan a visitar la isla y se las arreglan para seguir metiendo guayaba.
Gracias a ellos, tremendas guayabasas alimentan el diálogo intelectual con los poetas de
Castro.

Igual que la Baklava a la del pueblo judío, el Pastelito de guayaba está ligado a la historia
cubana. Dicen que Martínez Campos, el general español varias veces enviado a pacificar la
isla, llevaba el Pacto del Zanjón, con sello real y todo, escondido dentro de un pastelito de
guayaba para que Maceo no se lo ripiara en la jeta. Se rumora además que Jorge Mañach
utilizó el manuscrito en tinta verde del programa del ABC para hacerle maniguiti a unos
Pastelitos de guayaba triangulares que solía ostentar Martínez Sáenz para hacerse pasar por
masón, y que Castro fue sacando la Historia me Absolverá de la cárcel bajo pastelitos
ordenados en ristras de a cinco, que cocinaba Almeida después de memorizar alguna página
de “Colmillo blanco”.

En esta gloriosa historia del “embalaje” (¡no chino, “embaraje” no, no narra, narrita!), como
siempre, tenemos una manchita de carpenteriana cubanía. Alejo, como le decían sus
enemigos, preparó una solicitud de aumento salarial al canciller Raúl Roa y en vez de usar un
Pastelito de guayaba la “embalajó” dentro de un mousse du chocolat. La pegostera que se
armó corrió la tinta y el Padrecito Rojo comunicó al Comandante que (Alejo, por supuesto)
había enviado una carta apoyando la entrada de los tanques en Praga.

Pero bueno, no quiero decir que Cuba e Israel sean como de un pájaro las dos alas, porque a
base de hermanamientos el totí ya es casi una mariposa; solo digo que el Pastelito de
guayaba y la Baklava son postres de una misma mesa.
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Junio 2006