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La simpatía adversa
Ventana Mágica
Nuevos aspirantes a un premio viejo.

Severo Ochoa fue un eminente investigador español cuya carrera científica (Escuela de
Medicina del George Washington University e Instituto Roche de Biología Molecular en Nuttley,
New Jersey) lo llevó a obtener el Premio Nobel en Medicina (y Fisiología, que estaba contenida
originalmente). En 1987, al final de su carrera, abandonada definitiva y ejemplarmente tras la
muerte de su esposa, recibió el Premio Ramón y Cajal de la Real Academia Española de
Medicina.
El aragonés Santiago Ramón y Cajal también había sido galardonado con el Premio Nobel en
Medicina por sus estudios sobre la composición del tejido nervioso. Aunque dicen que Ramón
y Cajal abusó de su autoridad científica para demandar respeto por cuanta cosa se le ocurría
opinar, lo cierto es que tanto él como Severo Ochoa forman parte de una selecta lista de
hispanoamericanos que han dedicado su vida a la investigación.
Sin embargo, donde más premios Nobel acumula Hispanoamérica es en el aérea de la
Literatura (una decena) y esa otra más indefinida que es el Premio Nobel de la Paz (cinco).
Como todo el mundo sabe, al Premio Nobel no se llega sin un buen manejo de influencias. Es
tan enrevesado el asunto, que incluso ese cabildeo puede terminar siendo contraproducente;
dicen que Castro lo hizo para anular a Guillén y después a Carpentier de las listas de
candidatos.
Dado que el famoso canon literario cubano parece una galería escrita con más “necro” que
“bibliofilia”, no existe ningún candidato de fuerza en la cultura cubana para aspirar al premio. Si
alguna puertecita hay a la Academia Sueca, es la del Nobel de la Paz. Como se sabe, los
amigos de Castro le han propuesto en varias ocasiones, y ya se murmuran otros candidatos.
De cualquier modo, no creo en la conveniencia de un galardón como este. En primer lugar,
porque el bando ganador se creería en posesión de un reconocimiento internacional ficticio
que, más que estimularlo a pensar correctamente el futuro de la isla, pudiera anestesiarlo. En
segundo, porque implicaría reincidir en una cultura vieja desde una política que trata de ser
nueva. Sería, en el mejor de los casos, un premio a la voluntad, a la vocación de justicia, al
quijotismo político y no, como debería ser, un premio al trabajo y la investigación.
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Miércoles 20 de septiembre, 2006