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La simpatía adversa
Ventana Mágica
Arte, música y deserción.

El socialismo del siglo XIX no se presentó como una realidad positiva sino como un modelo,
una ''utopía'' interpuesta ante el orden que ya se consagraba: el capitalismo multinacional,
descrito con perverso júbilo por Marx y Engels en el Manifiesto comunista. Perverso e insano,
pues Marx celebraba el desarrollo del capitalismo precisamente porque podía conducir a su
propia desaparición.

El socialismo moderno, por tanto, no debuta como política, ni siquiera como arte sino como
''diseño''. Marx deseó una estética de la producción antes que una economía política del arte. El
socialismo no dirá propiamente ''mentiras''; insisto: no se trata de una confesión sino de una
promesa. Permanecerá prisionero de su dimensión utópica ya que debe ''persuadir'' la opinión
a favor del sueño, en contra de la realidad.

La realización histórica del socialismo debe ser entendida entonces como la concreción del
paraíso anunciado. Así se interpretó la Comuna de París, y se han autointerpretado
posteriormente otros ensayos comunistas como la Rusia soviética o la Cuba castrista.

Por tratarse del paraíso, la fuga de los residentes de las sociedades comunistas era ya, en sí
misma, un argumento en el marco de la competencia ideológica. Escaparse, romper el velo
rojo significaba un irracionalismo lógico o una traición política: una ``deserción''.

Con la extinción gradual de la Guerra Fría, en la misma medida en que el comunismo
abandonó su autocercioramiento utópico y empezó a apiadarse de sí mismo con
rebajamientos críticos (''No vivo en una sociedad perfecta'', ''Cometemos errores como
cualquier ser humano''), la ``deserción'' se fue convirtiendo en una acción racional, incluso en
un sobrentendido.

Este cambio de sensibilidad ha sido expuesto por Milán Kundera en su novela La lentitud
como pérdida de la sublimidad histórica y en su ensayo El telón, donde compara al desertor
con otras figuras políticas como el disidente o el opositor. Tras el fin de la Guerra Fría el
antiguo ''desertor'' rueda por una falda de pérdidas: pierde carisma histórico, soporte legal,
intensidad heroica, dignidad moral y compostura estética; aunque gana en evidencia lógica.

Pues bien, es en este nuevo ambiente de futilidad política donde se ha producido la
''deserción'' del músico Isaac Delgado. ¿Desertó? Bueno, ¿y qué? Ahora no se trata de la
discreción del músico sino del cansancio político. Irse de Cuba ya no es irse del paraíso sino
del purgatorio, y eso no es noticia. No presenciamos la fuga de un héroe, sino el ejercicio del
sentido común por parte de una persona inteligente.

Conocí a Delgado en Tulane University hace cinco años. Su conferencia fue interesante y,
todavía entonces, valiente. Dijo aquella vez: ''Hace dos días trabajé en La Habana y anoche en
Miami. Para mí se trata de un mismo pueblo. Soy músico y los he visto bailar. Es la misma
gente''. Después, una queja acerca de la programación de ciertas radioemisoras y lo de
siempre: ``Soy músico. No hablo de política''.

Y tiene razón Delgado: los cantantes, pintores o actores no hablan de política. Los artistas sí:
Celia Cruz, Paquito de Rivera, Olga Guillot o Amaury Gutiérrez han podido hablar de política
porque son artistas plenos, indiscutibles. Otros, sólo son muy buenos, incuso excelentes
músicos y tienen que atenerse a la estrategia de sus empresas porque, si bien el arte no es lo
mismo que la política, la política es una nota decisiva en el mercado de arte contemporáneo.
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31 enero, 2007