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| Los apodos de los héroes. En el año 1998 el Departamento de Promoción Cultural de la Biblioteca Nacional de Cuba, entonces dirigido por la Licenciada Marcia Medina, organizó una exposición fotográfica con el tema de la guerra cubana por la independencia. Los documentos expuestos desmentían, o por lo menos relativizaban bastante, algunas tesis de la historiografía oficial acerca de esa etapa histórica; en particular, aquella que considera que el Ejército Libertador fue un ensayo de democracia criolla, donde se corrigieron las diferencias raciales y clasistas de los cubanos. Durante un tiempo, el historiador Jorge Ibarra fue uno de los grandes entusiastas de esa idea. Las imágenes expuestas, que aún se conservan en los fondos de la Biblioteca Nacional, muestran curiosas escenas cotidianas donde se percibe la estratificación racial de la vida castrense. Una fotografía memorable capta el asado de un lechón en la manigua; en ella, un negro descalzo atiza el carbón con una yagua mientras dos altos oficiales le miran trabajar desde las monturas de sus caballos. Atrás, aparece una tropa jovial y despreocupada esperando el festín. Se me ocurre pensar que el cubano de trato, ese del vivir y sobrevivir diario, tiene que ver con la soldadesca del fondo; siguiendo los estereotipos, supongo que ese cubano debe ser irreverente, de espíritu burlón, ingenuo y controversial a la vez. Es de frente a ese personaje que se me ocurre pensar en lo inapropiados que resultan los sobrenombres con que la historiografía oficial ha tildado a algunos de los héroes de la guerra de independencia. Siento, más bien sospecho que son demasiado engolados, almidonados, solemnes para esos “mambises” que tranquilamente charlan y ríen mientras la fiesta se prepara y la historia les pasa por la cintura. Muchos de los sobrenombres que se usan en la escuela cubana son efectivamente enaltecedores; pero por lo mismo distantes, pocos cariñosos, marmóreos: El Titán de Bronce, El Apóstol, El Padre de la Patria, El que nos enseñó a pensar… En verdad, parecen rótulos para identificar lápidas antes que sobrenombres para personas admiradas. Se me ocurre que la tropa (blancos y negros “con machetes y sin encadenar”), aguda y pícara, debió tener algunos apodos alternativos; nombretes reales capaces de definir al paso, con gracia chispeante, la problemática virtud de los héroes. De esta manera a José Martí, Apóstol de Cuba, El Maestro, muy bien pudo habérsele dicho “Pico de oro”, “Lengua fina”, por la tremenda muela que bajaba. El gran martianista Jorge Lozano recordaba con razón la desmesura de su oratoria; José Martí le llegó a lanzar en la propia cara a un grupo de humildes emigrantes: “Yo traigo la estrella. Y traigo la paloma.” Y lo más insólito: le creyeron. Algunos le decían simplemente Pepe, y otros aseguran que se le agregaba un adjetivo de etílica ascendencia al pepaje. Jorge Mañach, en su biografía Martí, el Apóstol, reconoce que en el exilio español llegaron a decirle “Cuba llora”, después que un mapa le cayó en la cabeza en el preciso momento que discurseaba esa frase. Al Lugar Teniente General Antonio Maceo y Grajales se supone que le decían “El Titán de Bronce”, pero me parece más ajustado al proceder cotidiano, al menos a mi gusto, la versión del historiador Ricardo Quiza: “El Titán de Chocolate”, que él pronunciaba graciosamente “en inglés” como “Chócolei Táitan”. Yo creo que sus soldados, cariñosamente, le decían simplemente “Choco”: “Caballero, dice el Choco que el 23 se rompe el corojo”. Aunque se sabe que “El Generalísimo” es un grado (gradísimo) militar ostentado por el dominicano Máximo Gómez en el Ejército Libertador Cubano, el aliento de sainete de Broadway del gesto lingüístico -el superlativo es revelador de algunas maneras cubanas (severísimo, musicalísima, perrísima…- lo acerca al apodo. El calzado de Gómez, conservado en el Palacio de los Capitanes Generales (junto a un bello reloj de oro regalado por las fuerzas norteamericanas), muy bien le hubiera hecho merecedor del apodo “El paticas”, o “El General cordial”, por haber aceptado el agasajo. No sabemos cómo bailaba El Generalísimo, ni siquiera nos consta que lo hiciera, pero es posible que la actividad le hubiera proporcionado unos cuantos apodos, por aquello de “ir echando un zapatico”. Hay al menos dos sobrenombres sospechosos; uno es incoherente, el otro demasiado intencional. Como sabemos, la historiografía oficial bautizó al hijo de El Generísimo, que a la vez era ayudante de El Titán, como Panchito Gómez Toro. Aquí hay una incongruencia: demasiada familiaridad en el nombre (Panchi), demasiada solemnidad en el doble apellido. O Panchito o Gómez Toro, así, como si fuera un doctor o magistrado republicano, pero no ese inconsecuente mejunje de una cosa y la otra; de carne y pescao, de chicha y limoná, de aguacero y chin-chín. Es difícil de tragar también el “Don Tomás”, bautizo para Thomas Estrada Palma, primer presidente de la República (1902-1906), ciudadano norteamericano por más señas. El “Don”, a toda fuerza, busca castellanizar un poco a esta figura, que para la historiografía nacionalista tradicional ha tenido siempre la incómoda sombra de la presencia norteamericana en las definiciones políticas de la isla cubana. Hay muchísimos sobrenombres más que esconden intenciones y funciones de las fuerzas políticas dominantes en la sociedad cubana. Como se dice hoy, Cuba es una sola, su pueblo es uno, ya se encuentre dentro o en el exilio. Pero por desgracia es una también su fuerza de censura, es uno el prejuicio inquisitorial; a veces incluso más organizado en su actuar que las tendencias libertarias. Perucho, Tiburón, El Asno con Garras, El Guerrillero Heróico… el registro analítico de los resultados del arte de apodar, es una vía indirecta pero segura para adentrarnos en las certezas de la historia. |