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| Walterio Carbonell: desde El Monte hasta La Selva. Nos acabamos de enterar de la muerte de Walterio Carbonell. No directamente sino a través de un artículo que publicó su amigo Juan Goytisolo en El país (Tribuna. “Las bellezas del físico mndo, los horrores del mundo moral”. Madrid. Abril/10/2005) y que a su vez ha enviado gentilmene el Dr. Eduardo Zayas-Bazán. La muerte ha sido noticia en esta temporada; no sé, por tanto, en virtud de qué cultura de la vida se habla. “8”: muerto grande en la charada chinocubana. Muertos grandes: Juan Pablo II, Terri Schiavo, el Príncipe Rainiero, Antonio Benítez Rojo, Guillermo Cabrera Infante y otros más. Un peligro para la elegancia de los sobrevivientes: el mundo, con nosotros, parece decidido a perder un poco de estatura. Pero haremos lo posible. Seguro. Juan Goytisolo ha dicho con orgullo que era amigo de Walterio Carbonell. Y eso era cierto. Al menos es lo que me contaba en las charlas que teníamos en la Biblioteca Nacional de Cuba. Sorpendentes diálogos en su “cubículo”, ocupado primero por demasiado papel y después por nuevas intenciones administrativas. Walterio contaba que al Ché Guevara le había gustado su idea acerca de la fundación de un “black power” dentro de la revolución, así como la incorporación de un área dolarizada dentro de la economía socialista. “Esto de ahora fue idea mía”, se adjudicaba Walterio en sus delirios lúcidos y persecutorios, que siempre acababan certificando que su enemigo era la Seguridad del Estado, no Fidel, ni tampoco Raúl, quien le estaría reconsiderando para encargarlo de la embajada de Cuba en Francia. Cuando a Juan Goytisolo le prohibieron entrar en Cuba, o le hicireon saber que no era agradable su presencia, su hermano José Agustín le visitó; encargándose después de enviarle apoyo y sostener una comunicación a distancia. En efecto, Walterio Carbonell recordó siempre, hasta el final, el viaje a Santiago de Cuba que refiere Juan Goytisolo en su artículo. Le divertía la evocación, y apuntaba que en verdad al español no le había gustado mucho Santiago, especialmente su bahía, porque “parecía un charco”. Aseguraba que “a él le gusto mucho más Bayamo”. La soledad que refiere Goytisolo es básicamente cierta, aunque hay que decir que en la Biblioteca Nacional Walterio podía ironizar (y hasta conspirar) con alguas personas; el estudioso Víctor Fowler y el investigador Tomás Fernández Robaina, entre ellos. Y debe ser dicho también que el Dr. Eliades Acosta Matos, Director de la Biblioteca, le permitió libertades que solo caben en aquellos que ostentan la relativa categoría de “intocables”. Entre ellas, hacer usos muy singulares de las macetas de plantas ornamentales de la Sala General de Lectura. Cada mediodía, en el sótano-cafetería de la Biblioteca, cuando la gente bajaba a ocupar esa dieta de fines de los `90 donde predominaba la lenteja y el arroz blanco (además del “perro caliente” que el Ministro de Cultura envió para “enriquecer” el almuerzo), esperábamos la aparición del séquito de mujeres rusas e inmediatamente después, alborotando la escalera real, el descenso de un Walterio Carbonell que se reía de todo, por encima de todo. El escribió Los orígenes de la cultura nacional (1961), un extraordinario “pamphlet” (sin sentido peyorativo) donde cuestionaba la unilateralidad con que suele entenderse el proceso de fundación de la cultura cubana, así como el predominio blanco en la hagiografia de una nación donde lo negro es un “factor humano” cardinal. No es dificil afirmar que Los orígenes de la cultura nacional es la antípoda de la obra en dos tomos titulada Los orígenes del pensamiento cubano (1945), escrita por ese otro gran polemista que fue Raimundo Menocal y Cueto. Uno miraba a Francia, el otro a Inglaterra, dos polos de influencia metropolitana con diferentes imnplicaciones en nuestra cultura. Walterio, por cierto, escribió una cariñosa dedicatoria en un ejemplar de su libro que dejé en la isla al cuidado del investigador Roberto Zurbano. Waleterio Carbonell fue un intelectual cubano en toda su definición; defensor de sus raíces y, como corresponde a cierto linaje de la isla, muy “afrancesado”: elitista, liberal y elegante aún en la más enconada miseria. Sabía que había sido una gente importante en la revolución, un amigo de Fidel Castro. En la primera parte de La autobriografia de Fidel Castro (2004), Norberto Fuentes ofrece numerosos datos al respecto. Fue “roommate” del Comandante en Jefe, testigo de sus manías y poses cotidianas. Tenía suficientes elementos para desmitificar su figura, pero se dedicaba a otras cosas. Una vez contó que bajaban juntos por la calle Neptuno y Fidel Castro se detuvo a leer un periódico en un estanquillo. Como nunca lo compraba, el vendedor le prohibió darle a las noticias la ojeada habitual. Dijo Walterio que mientras se alejaban Castro le aseguró: “Tú ves a toda esta gente que no quiere ayudarme, algún día me las van a pagar”. Y lo contaba riéndose, y confirmando: “No creas en La historia me absolverá. No hubo programa. !Qué programa ni programa! !Fue venganza!.” Dije que Walterio fue importante en la historia de la revolución. Y debo agregar que él era conciente de que lo había sido y también de que había perdido esa importancia. Recordaba en una ocasión: “Cuando yo era influyente y la gente me buscaba, vino una vez a verme Miguel Barnet y me dijo, como para halagarme: `Walterio, Ud. es el que más sabe de Palo Monte en Cuba`. Y yo le respondí: `Entre los que escribimos Miguelito, entre los que escribimos`”. Me aseguró que estaba temeroso de que le robaran un libro que estaba escribiendo. Su obra maestra. Un poema que dejaría pequeño a The waste land, de Eliot, su preferido. Ese poema debería demostrar el error de Lydia Cabrera, quien creyó que era “el monte” el locus originario del negro. “El monte no, es la selva. Hay que regresar a la selva. Y así se llama mi poema”. No sé si terminó de escribir esa promesa, o si fue apenas el comienzo de su propio mito. Recuerdo haber visto unas páginas; en cada folio cabía apenas un verso, pues el temblor de las manos le hacía dibujar más que escribir las letras. Cada una de esas letras en grafito era como una palabra. Cada palabra como una estrofa. Cada estrofa como un pájaro que después de haber sido madrugado, se covertía en rímel de una mañana antigua y coqueta. |